Europa descubre que a Trump sólo se le puede someter por la fuerza

Europa ya sabe que la resistencia, incluso imperfecta, cotiza mejor que la complacencia o el apaciguamiento para tratar con Donald Trump

26 de Enero de 2026
Actualizado a las 10:59h
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La evasión estratégica de Donald Trump tras días de escalada retórica sobre la anexión de Groenlandia fue tan abrupta como reveladora. En Davos, el presidente estadounidense volvió a proclamar su deseo de “poseer” Groenlandia, con la ya conocida máxima de que nadie defiende lo que no le pertenece, solo para anunciar a renglón seguido que no recurriría a la fuerza militar. Horas después, aseguró haber alcanzado un acuerdo marco no especificado y suspendió la amenaza de nuevos aranceles contra Europa, incluidos los países que habían participado en ejercicios militares conjuntos en Groenlandia por invitación de Dinamarca. El giro fue tan espectacular que obligó a recalibrar, en tiempo real, la lectura geopolítica del Ártico.

Los detalles del entendimiento entre Trump y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, permanecen envueltos en la opacidad habitual de esta presidencia. Todo apunta, sin embargo, a un compromiso pragmático que preserva la soberanía de Groenlandia dentro del Reino de Dinamarca, al tiempo que abre conversaciones sobre seguridad ártica, derechos mineros y el estatus de las bases estadounidenses. Para un líder obsesionado con dejar huella territorial, el repliegue es notable. Para Europa, es una señal de que la resistencia, aunque tímida, puede funcionar.

Las explicaciones del viraje abundan, pero no todas pesan lo mismo. El malestar en el Partido Republicano ante la idea de atacar a un aliado de la OTAN y la adulación personal de Rutte cuentan, pero resultan insuficientes para explicar la súbita moderación. La variable decisiva parece haber sido otra: los mercados. Como ya ocurrió tras el fallido día de la liberación comercial de la primavera pasada, la combinación de volatilidad financiera, amenaza de represalias y señales de resistencia europea empujó a Trump a alejarse del abismo.

A los mercados no les conmueve el derecho internacional ni les quita el sueño la soberanía de Groenlandia. Reaccionaron con tibieza cuando Washington actuó al margen del Consejo de Seguridad en Venezuela o cuando amagó con una nueva guerra con Irán. Esta vez, sin embargo, el nerviosismo fue distinto porque Europa dejó entrever que no aceptaría el papel de comparsa. Incluso la insinuación de una guerra comercial transatlántica bastó para enfriar la apuesta maximalista de la Casa Blanca.

Europa no juega con las mismas cartas que China, pero tampoco está desarmada. Su mercado único, su capacidad de coordinación regulatoria y la amenaza creíble de contramedidas constituyen una palanca de poder que había permanecido infrautilizada. Durante un año, los europeos optaron por la genuflexión estratégica: gestos personales, concesiones comerciales, promesas de gasto en defensa del 5% del PIB, sabidamente inalcanzables para muchos, y la esperanza de arrastrar a Trump hacia una postura más firme con Ucrania. El resultado fue un fracaso estrepitoso.

Trump humilló a Kiev, ridiculizó a Europa y evitó presionar a Vladimir Putin. El apoyo militar estadounidense a Ucrania se redujo, y las garantías de seguridad quedaron en el terreno de lo hipotético. Peor aún, la amenaza de anexión de Groenlandia dejó al descubierto la fragilidad del artículo 5 y la naturaleza transaccional del compromiso estadounidense. En Davos, Trump fue brutalmente honesto: la defensa sigue a la propiedad.

Algo, no obstante, ha empezado a cambiar. Europa cerró filas con Dinamarca, respaldó su soberanía, desplegó ejercicios militares conjuntos y rechazó la junta de paz propuesta por Trump. El Parlamento Europeo congeló la ratificación del acuerdo comercial entre la Unión Europea y Estados Unidos, mientras Bruselas debatía represalias que incluyen contraaranceles cercanos a los 100.000 millones de euros y el uso del instrumento anticoerción, el arma comercial más potente del bloque. La mera posibilidad de estas medidas alteró el cálculo en Washington.

Nada de esto es definitivo. La marcha atrás estadounidense ha devuelto una calma engañosa, y la Unión Europea podría volver a su zona de confort: gradualismo, consenso y salidas honorables para todos. Pero la lección de Groenlandia es inequívoca. La firmeza funciona mejor que la subordinación. Trump, como todo hombre fuerte, entiende el lenguaje del poder y poco más. Cuando llegue la próxima crisis transatlántica, y llegará, Europa deberá recordar que la resistencia, incluso imperfecta, cotiza mejor que la complacencia.

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