Estados Unidos reunirá de nuevo a Israel y Líbano para intentar contener una guerra que sigue matando civiles

Washington convoca una nueva ronda de conversaciones entre ambos países y el alto el fuego con Hezbolá continúa deteriorándose entre bombardeos, proyectiles y miles de víctimas

08 de Mayo de 2026
Actualizado a las 9:54h
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Trump tregua Líbano
Donald Trump en la Casa Blanca | Foto: The White House

Estados Unidos volverá a sentar en la misma mesa a representantes de Israel y Líbano los próximos 14 y 15 de mayo en un nuevo intento de contener una guerra que oficialmente vive bajo una tregua, pero que en la práctica continúa dejando muertos casi a diario.

El Departamento de Estado confirmó este jueves la celebración de una nueva ronda de conversaciones entre delegaciones de ambos países, previsiblemente en Washington, aunque ni Beirut ni Tel Aviv han oficializado todavía su participación. Será el tercer encuentro promovido por la Administración estadounidense desde comienzos de abril, cuando ambas partes aceptaron un alto el fuego que nunca llegó a consolidarse plenamente sobre el terreno.

La diplomacia intenta así mantener viva una negociación cada vez más frágil, atrapada entre el desgaste militar, la presión regional y la incapacidad de las grandes potencias para estabilizar Oriente Próximo.

Porque la tregua existe sobre el papel, pero la guerra sigue respirando bajo sus ruinas.

Desde la reactivación de los combates el pasado 2 de marzo, los ataques israelíes sobre territorio libanés han dejado más de 2.700 muertos y alrededor de 8.400 heridos, mientras Hezbolá mantiene el lanzamiento intermitente de proyectiles sobre posiciones israelíes. Cada nuevo intercambio de fuego erosiona un poco más la posibilidad de una desescalada real.

Washington intenta presentarse nuevamente como árbitro imprescindible del conflicto. Pero la situación revela también las enormes contradicciones de la política exterior estadounidense en la región. Estados Unidos actúa simultáneamente como mediador diplomático y como principal sostén estratégico de Israel, una ambigüedad que condiciona inevitablemente cualquier negociación.

La Administración norteamericana sabe además que el conflicto amenaza con extenderse mucho más allá de la frontera libanesa. Irán, Siria, las milicias regionales y la propia fragilidad interna del Líbano convierten cada bombardeo en una posible chispa para una escalada mayor.

Mientras tanto, la población civil vuelve a ocupar el lugar habitual que las guerras contemporáneas reservan para millones de personas. El de rehenes involuntarios de decisiones militares y equilibrios geopolíticos que se toman muy lejos de sus casas destruidas.

La imagen resulta tristemente reconocible en Oriente Próximo. Reuniones diplomáticas en hoteles de Washington mientras continúan los funerales en Beirut y las alarmas antiaéreas en el norte de Israel.

Las conversaciones de mayo intentarán evitar precisamente eso. Que una guerra de desgaste termine convirtiéndose en un conflicto regional todavía más amplio e imprevisible. Pero nadie parece hacerse demasiadas ilusiones. La desconfianza entre las partes es enorme y el alto el fuego actual se sostiene más por agotamiento táctico que por una auténtica voluntad política de reconciliación.

En el fondo, estas negociaciones reflejan también algo más profundo. La incapacidad de la comunidad internacional para construir soluciones estables en una región que lleva décadas administrando treguas precarias en lugar de paz verdadera.

Y mientras los gobiernos negocian calendarios, corredores de seguridad y fórmulas diplomáticas, el contador de muertos sigue avanzando con la monotonía devastadora de todas las guerras largas.

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