Estados Unidos, la prueba de que la democracia puede generar un futuro fascista

250 años después de la Declaración de Independencia, la democracia más poderosa del planeta afronta una crisis existencial donde el capitalismo de propiedad, la supremacía blanca y la subversión amenazan con desmantelar la obra de los fundadores

10 de Julio de 2026
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Trump estados unidos fascista
Donald Trump en la celebración de los 250 años de Estados Unidos | Foto: The White House

En el momento en que cincuenta y seis representantes de las trece colonias estamparon su firma en la Declaración de Independencia en 1776, el continente americano ya sumaba casi tres siglos de transformaciones traumáticas desde el contacto europeo de 1492. Más de dos millones y medio de campesinos empobrecidos habían desembarcado en el llamado "Nuevo Mundo", huyendo de las garras del feudalismo y del devastador capitalismo agrario inglés que los desposeía de sus tierras ancestrales. Aquel flujo migratorio, motivado por la supervivencia y la ambición, sembró las bases de una entidad política nacida de un cataclismo demográfico y social.

En el sur y en Mesoamérica, el choque inicial consumó la destrucción sangrienta de los imperios azteca e inca. Sin embargo, en el norte, la resistencia de las naciones indígenas resultó sensiblemente más compleja y adaptativa. La Proclamación de 1763, pactada entre la Corona británica y las confederaciones nativas para prohibir el avance colono al oeste de los Apalaches, funcionó como un frágil dique de contención. Por ello, el triunfo de la Revolución Americana representó una catástrofe sin paliativos para las poblaciones autóctonas. Al eliminarse el freno británico, el propio general George Washington ordenó la arrasadora neutralización de los asentamientos iroqueses en Nueva York, ganándose entre los nativos el revelador apodo de "Devastador de Ciudades".

A esta desposesión originaria se sumó el florecimiento despiadado de la economía de plantación en el Sur. La prosperidad del algodón, articulada sobre el secuestro y la explotación brutal de millones de esclavos africanos, financió el despegue capitalista de la joven república y otorgó a la aristocracia esclavista el control efectivo de la presidencia, el Congreso y el poder judicial durante sus primeras siete décadas. La posterior Ley de Expulsión de Indios impuesta por el presidente Andrew Jackson entre 1830 y 1850 despojó a las naciones Choctaw, Seminola, Cherokee, Chickasaw y Muscogee para abrir paso a los latifundios algodoneros, sellando el trágico maridaje entre el genocidio nativo y la esclavización negra.

Para comprender el motor ideológico de esta expansión no basta con examinar los intereses materiales; es imprescindible analizar la devoción casi mística por el filósofo inglés John Locke. Paradójicamente recordado por justificar el derecho a la rebelión contra la tiranía, Locke formuló la teoría de que la propiedad privada nacía en el estado de naturaleza cuando el hombre mezclaba su trabajo con la tierra. Esta noción moldeó la psicología del colono blanco, poseído por una mentalidad de pequeñoburgués aterrorizado por la pérdida de sus bienes y obsesionado con asegurar su parcela en lo que consideraba un territorio virgen.

Aquel "lockeanismo irracional" impregnó la cultura política estadounidense, sofocando la conciencia de clase tradicional y tejiendo un acceso profundamente inequitativo a la propiedad y a la libertad. Al teorizar sobre el estado originario, Locke excluyó explícitamente a los nativos americanos bajo el argumento de que no cultivaban el suelo como agricultores sedentarios, equiparándolos a bestias salvajes incapaces de integrarse en la sociedad civil. Asimismo, en sus textos y en su práctica política —como coautor de la Constitución absolutista de las Carolinas y secretario del conde de Shaftesbury en el comercio trasatlántico—, Locke justificó la subordinación del esclavo negro al "dominio absoluto" de su amo.

Esta contradicción estructural afectó al corazón de la arquitectura fundacional de los Estados Unidos. Figuras como Washington y Thomas Jefferson proclamaron los derechos inalienables del hombre blanco mientras mantenían sometidos a sus propios esclavos. De los cincuenta y seis firmantes de la Declaración de Independencia, solo quince no poseían esclavos, y casi la mitad de estos quince se beneficiaba directamente del comercio negrero o de la logística de las plantaciones. La propia Declaración reflejaba ese terror atávico en su vigesimoseptima acusación contra el rey Jorge III, reprochándole incitar "insurrecciones domésticas" (rebeliones de esclavos) y azuzar a los "despiadados salvajes indios" en la frontera.

Democracia de raza superior

La Guerra Civil estadounidense no alteró de forma sustancial la primacía de la solidaridad racial por encima de la identidad de clase. Mientras el Sur defendía una autoproclamada democracia racista cimentada en la esclavitud, el Norte impulsaba una versión volcada en el trabajo libre del varón blanco, sumamente ambivalente hacia la población negra. Tras la contienda y el colapso de la Reconstrucción, se consolidó en todo el país una "democracia de raza superior" donde la segregación formal, la violencia paramilitar y la discriminación económica dictaron las normas del desarrollo industrial.

A medida que el capitalismo norteamericano absorbía a más de dieciséis millones de inmigrantes europeos a finales del siglo XIX, las élites encauzaron las tensiones laborales dividiendo a la fuerza de trabajo por líneas raciales. La psicología lockeana fortaleció la solidaridad blanca en detrimento de la cohesión obrera. Este mismo patrón de exclusión sirvió como matriz para el despliegue del imperialismo estadounidense en el exterior. Desde las cruentas campañas en Filipinas hasta las intervenciones en Corea y Vietnam, los estrategas de Washington no percibieron incoherencia alguna entre el uso desproporcionado de la fuerza y su misión declarada de democratización global, asumiendo implícitamente que solo los pueblos occidentales estaban capacitados para el pleno ejercicio de las libertades políticas.

Consolidación del resentimiento

El movimiento por los derechos civiles de la década de 1960 desmanteló el andamiaje legal de la supremacía blanca, provocando una violenta reconfiguración del mapa político. A través de la denominada "Estrategia del Sur", el Partido Republicano instrumentalizó los agravios raciales de los votantes blancos del sur, resentidos por las concesiones del Partido Demócrata a las minorías. Posteriormente, las políticas neoliberales y la desindustrialización de las últimas décadas alimentaron las inseguridades de la clase trabajadora blanca del norte, encauzando su malestar económico hacia la estigmatización de la inmigración y las políticas de inclusión.

El triunfo electoral de Barack Obama en 2008, la mutación de los roles de género tradicionales y la llegada de nuevas olas migratorias procedentes del Sur Global avivaron los miedos a la "Teoría del Gran Reemplazo". Este caldo de cultivo facilitó la consolidación de Donald Trump como el catalizador definitivo del nacionalismo blanco. Apoyado de forma sistemática por mayorías superiores al 54% del electorado blanco en tres convocatorias presidenciales consecutivas, el movimiento MAGA ha logrado reescribir el relato histórico nacional, homologando la identidad estadounidense a una gesta exclusiva de colonos, vaqueros y pioneros.

Colapso institucional

En el umbral de su 250 aniversario, el optimismo cívico que acompañó las celebraciones del bicentenario en 1976 se ha disipado casi por completo. El orgullo patriótico roza mínimos históricos del 31% según las principales mediciones sociológicas, mientras amplios sectores de la población contemplan con abierta aprensión la posibilidad de una transición pacífica del poder en los próximos ciclos electorales.

La crisis más severa que afronta la república no radica únicamente en la disputa por la narrativa del pasado, sino en el paulatino desmantelamiento de la separación de poderes. La erosión del diseño institucional, favorecida por la complacencia parlamentaria, la politización del alto tribunal y la adhesión incondicional de una base electoral volcada hacia el autoritarismo, pone en jaque la pervivencia del sistema constitucional.

Frente a esta deriva, el futuro de la nación se debate entre la nostalgia de un modelo excluyente y la emergencia de nuevos liderazgos progresistas que rechazan la mitología de los Padres Fundadores para proponer una alternativa multirracial, democrática e igualitaria. La paradoja planteada por Locke en el siglo XVII alcanza así su punto de máxima tensión: la república debe decidir si completa finalmente la promesa universal de la libertad o si sucumbe ante los fantasmas raciales de su propio nacimiento.

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