La XXX Cumbre Iberoamericana, que se celebra estos días en Madrid bajo la atenta mirada de una comunidad transatlántica profundamente tensionada, amenazaba con convertirse en el certificado de defunción de un foro histórico. Con una lista de ausencias tan pesada que deslucía la fotografía de familia, la diplomacia española tuvo que practicar un auténtico ejercicio de encaje de bolillos para rescatar el evento del abismo. Un año antes, la cita de Cuenca en Ecuador, la primera en tres décadas, concluyó sin una declaración final. El fantasma de aquel fracaso planeaba sobre cada reunión previa.
El plantón sonado de los principales líderes progresistas de la región marcó la jornada. El brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. La mexicana Claudia Sheinbaum. Y a última hora, el paraguayo Santiago Peña. Sus ausencias dibujaron una fotografía coja, incómoda, que obligó a los anfitriones a redefinir el guion sobre la marcha.
El desafío no era menor en una época donde la profunda brecha ideológica que divide al mundo ha saltado sin red a los despachos multilaterales. El principal escollo que paralizó la edición anterior y que volvió a amenazar el cónclave madrileño giró en torno al histórico posicionamiento sobre el bloqueo de Estados Unidos a Cuba. Lo que antaño constituía un ritual de condena unánime por parte de las delegaciones latinoamericanas se ha transformado en un vector divisivo. El giro hacia el conservadurismo radical y las derechas soberanistas que gobiernan en varias naciones del subcontinente ha roto la unidad. No en vano, el impacto de estas nuevas corrientes se evidenció días atrás en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Allí, media decena de países de la región votaron en contra o se abstuvieron de censurar las sanciones a La Habana. Para superar este laberinto, los negociadores españoles labraron una fórmula ambigua pero eficaz. Elude la mención explícita a la isla. Permite salvar los muebles diplomáticos de un consenso que parecía imposible.
El fantasma de la polarización
Las asperezas no se limitaron al contencioso cubano. Las fricciones de la denominada batalla cultural de la ultraderecha, un fenómeno global impulsado por la estela ideológica del estadounidense Donald Trump que ha calado con fuerza en Latinoamérica, contaminaron cada rincón de la negociación. Conceptos hasta hace poco asumidos como pilares transversales de la cooperación internacional, tales como las políticas de igualdad de género o el desarrollo sostenible, se convirtieron en campos minados. Se transaccionó literalmente hasta la última coma.
El hecho de que las decisiones en este foro deban adoptarse por riguroso consenso demuestra el grado de fragmentación que padece el bloque. Aunque baste con la no oposición para sacar adelante iniciativas específicas, como ocurrió con la Alianza Iberoamericana de Inteligencia Artificial aprobada con las abstenciones de Argentina y Paraguay. A pesar de que finalmente solo diez de los veintidós jefes de Estado y de Gobierno respondieron a la cita madrileña, la maquinaria diplomática de La Moncloa logró atar un documento político breve pero vertebrado en resultados tangibles. La presencia testimonial de Andorra, Portugal, Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, Guatemala, Honduras, República Dominicana y la propia España bastó para escenificar una continuidad que muchos daban por perdida.
Más allá del valor simbólico de rescatar la Declaración de Madrid, el foro sirvió para blindar herramientas prácticas. La Alianza sobre Inteligencia Artificial fue valorada por la Secretaría General Iberoamericana como la iniciativa más relevante de la comunidad desde su fundación en 1991. En un contexto donde la hegemonía tecnológica se disputa entre los gigantes anglosajones y asiáticos, esta red busca erigirse en una «tercera vía» regulatoria y económica. Una vía que democratice el acceso a la supercomputación y garantice que el español no quede relegado a una mera lengua de traducción.
El ocaso de los consensos
La tensión vivida en los despachos de la capital de España pone de relieve una mutación estructural en la naturaleza de las cumbres iberoamericanas. Ya quedó atrás aquella época dorada donde las divergencias regionales quedaban anestesiadas bajo el paraguas de una retórica fraternal compartida. Las fracturas exhibidas en los últimos años confirman que el foro transita por una cuerda floja ideológica. Desde las disputas en torno a la guerra de Ucrania en la cumbre de Santo Domingo hasta el portazo absoluto en la cita ecuatoriana.
Si bien la habilidad de la presidencia española ha conseguido maquillar la crisis con un acuerdo formal que evita el bochorno de un nuevo fracaso institucional, los cimientos de la comunidad se resienten ante la polarización de sus integrantes. Cuando los líderes abandonen Madrid y los ecos de la cumbre se apaguen, la realidad geoestratégica devolverá a Iberoamérica al espejo de sus propias contradicciones. La constatación de que la región camina en bloques ideológicos impermeables anticipa que las futuras ediciones del foro requerirán de un esfuerzo colosal de ingeniería diplomática. Si pretenden seguir siendo algo más que un ejercicio de retórica vacía.
Salvar los muebles en esta ocasión ha sido un éxito técnico indudable para el anfitrión. Pero el síntoma persiste. En el nuevo orden global, la lengua compartida ya no es garantía suficiente de un pensamiento compartido.
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