La geopolítica del Ártico, hasta hace poco un asunto de cartógrafos y climatólogos, ha entrado de lleno en el discurso político europeo. El ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, aprovechó un coloquio en el Ateneo de Madrid para lanzar una advertencia inusual: Groenlandia, el territorio autónomo danés, no debe convertirse en un escenario de “presiones” estratégicas, y si Dinamarca, como miembro de la OTAN, considera que su integridad está en riesgo, España está dispuesta a reforzar su seguridad junto a los aliados.
Las palabras del ministro llegan en un momento en que el Ártico se recarga de significado geoestratégico. El deshielo progresivo, la apertura de nuevas rutas comerciales y la creciente militarización del norte por parte de potencias como Rusia y China transforman un espacio antaño marginal en un eje crítico de la seguridad global. En ese contexto, Groenlandia, más grande que Europa Occidental y con una ubicación clave entre América y Europa, se ha convertido en terreno simbólico de la competencia entre potencias.
El Ártico como frontera política y mental
Albares fue tajante: “Si hay elementos que ponen en riesgo la seguridad atlántica, todos debemos analizarlos y, si es necesario, reforzarla”. La frase, cuidadosamente calibrada, combina solidaridad aliada y prudencia diplomática. España no plantea una hipótesis de crisis militar, pero deja claro que el sistema de seguridad euroatlántico debe adaptarse a un mundo donde las áreas periféricas han dejado de ser remotas.
La advertencia trasciende lo geográfico. La seguridad del norte, sugiere Albares, es también la seguridad de Europa. Es una manera de ampliar la mirada estratégica española, tradicionalmente enfocada en el flanco sur, hacia un norte cada vez más disputado por la rivalidad entre democracias liberales y potencias revisionistas.
Dependencia y autonomía estratégica
El mensaje tiene otra capa: el debate sobre una Europa de la defensa más autónoma. Albares aprovechó su intervención para subrayar que, tras los recientes movimientos unilaterales de Washington (con el ataque de Estados Unidos a Venezuela como último ejemplo de acción sin consenso occidental), Europa debe “dejar de hablar y empezar a actuar”.
Para el ministro, ha llegado la hora de constituir una “coalición de voluntarios” dentro de la Unión Europea, un grupo de países dispuestos a avanzar en la integración de la defensa común, incluso a dos velocidades. Se trata de una idea recurrente en el pensamiento estratégico europeo, pero reavivada ahora por el cansancio de depender de la visión norteamericana de la seguridad global. En otras palabras, si Europa quiere ser escuchada “en la mesa de los grandes poderes”, necesita un músculo militar propio y una voluntad política que trascienda la fragmentación.
El planteamiento español resuena con las posiciones de países como Francia, Italia o Alemania, que comparten la urgencia de reforzar el pilar europeo dentro de la OTAN y avanzar hacia una capacidad de disuasión autónoma, aunque esto choque con la tradición neutralista de otros socios del Este o del Norte.
Groenlandia, soberanía europea
En última instancia, el cruce entre la seguridad del Ártico y el debate sobre la defensa europea no es anecdótico. Groenlandia, con su mezcla de soberanía danesa, autonomía política y posición geográfica estratégica, es una especie de laboratorio del futuro europeo: un territorio que obliga a repensar qué significa “seguridad común” en un continente cada vez más dependiente de marcos de cooperación flexibles y coaliciones ad hoc.
El gesto político de Albares es menos un aviso militar que una señal de alineamiento diplomático. España asume que su papel en el equilibrio atlántico se amplía más allá del Mediterráneo y que la cohesión de la OTAN depende tanto de la solidaridad institucional como de la capacidad de anticipar tensiones en espacios emergentes.
Al mismo tiempo, la llamada a la acción europea revela una intuición estratégica: en un sistema internacional de bloques, la pasividad es una forma de dependencia. Si Europa no refuerza su arquitectura de defensa, otros definirán su seguridad en su lugar.
Albares ha introducido así, casi sin estridencias, un matiz relevante en la política exterior española. En un momento en que Europa duda entre seguir orbitando bajo el paraguas estadounidense o dotarse de una identidad geoestratégica más fuerte, España se presenta como mediadora natural entre ambos polos: leal a la OTAN, pero convencida de que la UE necesita voz propia.
La cuestión de Groenlandia no se trata de un riesgo inmediato, sino de una advertencia simbólica. En el tablero polar del siglo XXI, donde la geopolítica se difunde desde el hielo hacia los centros de poder, la posición de Albares define una nueva narrativa: la de una Europa que recupera su brújula estratégica antes de quedar congelada en la irrelevancia.