Hay una máxima en la política estadounidense que los asesores de campaña susurran cuando nadie los escucha: el dinero compra minutos de televisión, pero no compra milagros. A solo cuatro semanas de las elecciones de mitad de mandato, la chequera conservadora está descubriendo esa verdad por las malas.
El escenario no parece un guion de cine, sino una pesadilla para el comité nacional republicano. Digámoslo claro: el tsunami de dólares magnates y comités de acción política se está estrellando de frente contra un muro de descontento popular que no se veía venir. Por más que el propio Donald Trump y su escudero JD Vance hayan saltado al Air Force One para recorrer el país en un maratón desesperado, la aguja no se mueve. Recorren estados, abarrotan pabellones, sueltan discursos encendidos... pero los números siguen congelados. Las mayorías en el Congreso penden de un hilo cada vez más delgado.
En el Senado se nota el cambio de temperatura. La ironía corre como el café matutino. Chuck Schumer, con esa sonrisa socarrona de quien lleva décadas en este oficio, lo resumió en pocas palabras frente a los periodistas: la calidad de nuestros candidatos está pasando por encima de la montaña de billetes republicana. Y no le falta razón.
Las encuestas que han lanzado conjuntamente The New York Times y la Universidad de Siena son de las que hacen escupir el café a cualquier estratega político. No se trata solo de que los demócratas hayan tomado aire; es que hay grietas abiertas en auténticos bastiones del Partido Republicano.
Hablemos de Alaska, Ohio y Texas. Territorios donde Trump arrasó sin despeinarse en 2024. Pues bien, hoy los aspirantes demócratas van por delante en la intención de voto al Senado. Pero espere, que la historia se pone aún más rara. Viajemos mentalmente a Kansas. En ese estado no sale elegido un senador demócrata desde... ¡hace noventa y cuatro años! Casi un siglo. Pues las métricas dicen que el demócrata Adam Hamilton está empatado puño a puño con el republicano Roger Marshall. Lo mismo pasa en Iowa con Josh Turek. Cosas veredes.
En Texas, la alarma suena tanto que ya rompe los tímpanos. Briscoe Cain, un tejano de pura cepa y representante estatal republicano, lo admitió sin anestesia en sus redes sociales: si votáramos mañana, dijo, perderíamos todo. Absolutamente todo. James Talarico para el Senado y Gina Hinojosa para la gobernación van mandando en los sondeos del Times. Cain cree que sus votantes se han dormido en los laureles tras los triunfos pasados... Pero el pánico no es solo una idea; se nota en el flujo de caja.
Miren lo que acaba de hacer el poderoso Super PAC Senate Leadership Fund. Han tenido que tomar una decisión dolorosa, casi quirúrgica: retirar la financiación en Carolina del Norte, donde Michael Whatley está prácticamente hundido, para llevarse esos millones volando a Kansas y salvar a Marshall. Desvestir a un santo para vestir a otro. Una maniobra a la desesperada. Para la oposición, a la que solo le faltan cuatro escaños para dar la vuelta al mapa, el cuadro es un regalo de Reyes.
En el Congreso, la historia se repite. Un sondeo reciente de CBS News y YouGov sitúa la ventaja demócrata en nueve puntos en la intención de voto general. Nueve puntos. Eso, en la jerga de Washington, suele significar un vuelco electoral en toda regla.
La causa principal es un presidente con el agua al cuello en cuanto a popularidad.
Según datos de Reuters/Ipsos, la aprobación de Donald Trump ha caído al 32%. Su punto más bajo. Los votantes independientes, esa masa silenciosa que al final pone y quita presidentes en las urnas, se están decantando por el bloque demócrata con una diferencia de 16 puntos. Todavía quedan indecisos, claro, pero el olor a quemado se siente en el ambiente.
Sin embargo, achacarlo todo a la figura de Trump sería hacer un análisis perezoso. La gente nota el golpe en el bolsillo. Salgan a la calle, pregunten en cualquier gasolinera o supermercado del Medio Oeste: la inflación acumulada, el precio del combustible y la cesta de la compra duelen de verdad. Si a eso le sumamos los tambores de guerra con Irán y la mano dura en la frontera que muchos perciben como excesiva, tenemos el caldo de cultivo perfecto para el castigo electoral.
¿Tienen bazas los republicanos? Por supuesto. La ingeniería electoral juega a su favor. Tienen ocho escaños en zonas que votaron por Kamala Harris en 2024, mientras que hay 22 demócratas atrapados en distritos que ganó Trump. El rediseño de distritos electorales que promovieron les da cierto colchón de seguridad. Además, la imagen del Partido Demócrata tampoco es que sea para tirar cohetes; cae mal a mucha gente.
Pero hay un factor de corrección que los expertos no vieron venir y que puede reventar todos los cálculos: el voto hispano.
En 2024, los latinos le dieron un espaldarazo histórico al proyecto conservador. Hoy, la foto es completamente distinta. El sondeo de Reuters/Ipsos revela que solo un 26% de los votantes hispanos piensa mantener su apoyo a los republicanos, frente a un rotundo 52% que prefiere volcarse con los demócratas.
Como bien explicaba María Isabel Di Franco Quiñonez, de la firma Equis Research, hay un rechazo visceral hacia las últimas decisiones del gobierno que está devolviendo al electorado latino a los patrones de movilización de 2018.
Esto cambia las reglas del juego. Si los latinos en Texas o en el sudoeste del país votan como lo hacían antaño, los mapas hipercalculados por los estrategas del partido no van a servir ni para envolver el pescado. En lugar de ganar cuatro o cinco asientos extra gracias al reparto de distritos, con suerte salvarán uno.
A falta de treinta días para que se abran los colegios electorales, el ambiente en las sedes de campaña se corta con cuchillo. El dinero sigue entrando a caudales, pero la calle transmite otra cosa: desencanto, cansancio y ganas de ajuste de cuentas. Y cuando el votante americano decide ajustar cuentas, no hay Super PAC en el mundo que pueda frenarlo.
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