Cuando Donald Trump apareció en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York a sonreír para los fotógrafos y firmar el famoso acuerdo de Groenlandia, la delegación norteamericana pretendía pasar página. Quería enterrar ocho meses de puro pánico geoestratégico. Ocho meses de amenazas explícitas de anexión por la fuerza y chantajes arancelarios del 25% a todo socio europeo que se pusiera por delante. Vamos, que pusieron a la OTAN al borde del infarto. Y, sin embargo... detrás de la escenografía triunfalista y del confeti propagandístico, la letra pequeña cuenta una historia muy distinta, una historia de derrota.
El papel firmado en Nueva York no es una conquista épica ni una revolución en el mapa del Ártico. Nada de eso. Es más bien un habilísimo ejercicio de contención diplomática. Un parche diseñado a medida para que Washington pueda dar marcha atrás y recoger cable sin perder la cara en público. La supuesta novedad del pacto tiene trampa.
Si uno analiza la letra pequeña de la enmienda, la presencia militar en la isla apenas varía respecto a lo que ya se firmó allá por 1951. Aquel tratado vetusto de la Guerra Fría ya le daba al Pentágono manga ancha para mover tropas, instalar radares y controlar rutas náuticas en el Alto Norte, como vienen haciendo sin pedir permiso en la base de Pituffik.
¿Y las dos "grandes" y flamantes bases militares anunciadas a bombo y platillo? Puro reciclaje.
Una está en Narsarsuaq, en el sur, que no es otra cosa que la vieja instalación Bluie West One que el propio Pentágono clausuró en los años cincuenta. La otra es Mestersvig, un puesto en la costa oriental donde hoy apenas operan los militares daneses con trineos de perros. Y aunque se habla de agilizar permisos para bases de drones, las autoridades de Copenhague y Nuuk se han guardado la última palabra sobre qué se construye y dónde.
Para justificar tanta prisa y tanto puñetazo en la mesa, en Washington recurrieron al fantasma de siempre: que si los buques rusos y los submarinos chinos acechaban las aguas de Groenlandia.
Pues bien, en la OTAN los diplomáticos se encogen de hombros. En privado reconocen que la presencia china en la zona es cero, nula, y que los movimientos navales rusos no han cambiado un ápice respecto a los últimos años.
Por no hablar del agujero en las cuentas. El presidente proclama que la expansión no le costará un solo dólar al contribuyente americano. El documento oficial no dice ni una palabra sobre quién pagará la factura de desempolvar infraestructuras obsoletas. Y poner radares de última generación en el hielo cuesta una auténtica millonada que nadie ha presupuestado.
Eso sí, el acuerdo tiene un punto novedoso que conviene no perder de vista: el veto a potencias rivales. Nadie fuera de la alianza atlántica podrá montar bases ni rascar concesiones para extraer tierras raras en Groenlandia sin el visto bueno unánime de los tres firmantes. Un candado directo para frenar las ansias de Pekín sobre los minerales estratégicos de la isla.
Además, el gobierno de Nuuk ha logrado colar su firma en el documento en pie de igualdad. Un tanto histórico para los groenlandeses, que ven reconocida su autonomía política, sus derechos sobre el territorio y su voz para decidir el futuro. La diplomacia danesa, a base de paciencia, elegancia y mano izquierda, ha logrado salvar la soberanía de su territorio en una jugada maestra del más puro estilo europeo.
Pero no nos engañemos. Aunque el papel esté firmado y se hayan guardado los sables, la herida sigue abierta.
Ver que el supuesto líder del mundo libre estuvo dispuesto a extorsionar a un aliado histórico para arrebatarle parte de su territorio ha dejado secuelas profundas. En Bruselas ya nadie habla de otra cosa: la urgencia de acelerar la autonomía estratégica de Europa y dejar de depender de los vaivenes políticos de la Casa Blanca.
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