Los demócratas juegan con fuego y podrían perder la oportunidad de derrocar a Trump

La propuesta del senador Chris Van Hollen es jugar con material explosivo que puede destruir los cimientos de justicia social que los demócratas ponen frente al modelo de gestión elitista y clasista de Donald Trump

12 de Mayo de 2026
Actualizado a las 9:54h
Guardar
Demócratas Van Hollen
El senador Chris Van Hollen durante la presentación de su propuesta

El aire del Capitolio está muy cargado de una urgencia pragmática que roza la desesperación. Tras el impacto sísmico de las elecciones de 2024, el Partido Demócrata se encuentra en una encrucijada existencial: cómo recuperar la confianza de un electorado que, a pesar de las turbulencias, percibió a Donald Trump como un gestor económico más eficaz. La respuesta parece haber cristalizado en la propuesta del senador Chris Van Hollen, una estrategia que busca arrebatarle a los republicanos la bandera de las reducciones de impuestos. Sin embargo, en este juego de tronos fiscal, los demócratas están jugando con un fuego que podría consumir los cimientos de la justicia social que prometen proteger.

La propuesta de Van Hollen es, sobre el papel, una genialidad de ingeniería electoral. Al ofrecer un alivio fiscal a quienes ganan hasta 80.500 dólares, financiado exclusivamente con un recargo a los millonarios, el partido intenta neutralizar la narrativa de la ley "One Big Beautiful Bill" de Trump. Para una familia de clase media, recibir un cheque de 1.500 dólares anuales en 2026 suena a victoria. Pero aquí es donde el análisis político se vuelve sombrío: ese dinero, que hoy parece un alivio, es apenas una venda para una herida que requiere cirugía mayor. Mientras se devuelve efectivo al bolsillo del ciudadano, se priva al Estado de la capacidad de construir un contrato social sólido y universal.

El problema de fondo no es quién paga más, sino cuánto se recauda para el bien común. Estados Unidos es hoy una anomalía entre las naciones industrializadas. Con una presión fiscal que apenas ha variado desde la década de 1960, el país ha visto cómo los compromisos ineludibles, como la seguridad social y el Medicare, devoran una porción cada vez mayor del PIB. El resultado es un Estado anémico que ha pasado de dedicar el 22% de sus recursos a funciones generales a apenas un 14,5%. En este contexto, profundizar en la cultura del recorte de impuestos es validar la tesis conservadora de que el Gobierno es el problema y no la solución.

La prueba económica es contundente y a menudo ignorada por la retórica de campaña. La verdadera mitigación de la desigualdad no ocurre a través de la progresividad de los impuestos, que solo explica el 10% de la redistribución, sino a través de las transferencias gubernamentales y los servicios públicos. Es un ciclo perverso: el contribuyente recibe 1.500 dólares de alivio fiscal, pero acto seguido debe gastar esa misma cantidad (o más) en servicios de salud privados porque el Estado carece de fondos para garantizar una cobertura pública digna. No es prosperidad; es un intercambio de facturas donde el ciudadano siempre termina perdiendo por falta de economías de escala.

Para entender hacia dónde debería mirar el progresismo estadounidense, basta observar el ejemplo de Suecia. El país nórdico recauda un 42% de su PIB, frente al exiguo 26% de Estados Unidos. Lo fascinante es que lo logra con una estructura impositiva menos progresiva y más plana. Sin embargo, su capacidad para reducir la pobreza es abismalmente superior. Mientras que en Estados Unidos la intervención estatal apenas reduce la pobreza del 27% al 18%, en Suecia la desploma del 24% al 8%. La clave no está en el "castigo" fiscal al rico, sino en la creación de un sistema donde todos contribuyen para que todos reciban servicios que eliminan la incertidumbre de la vida diaria.

El índice de Gini, esa medida técnica que calibra la concentración de la riqueza, nos dice que la redistribución en Suecia reduce la desigualdad en un tercio. En Estados Unidos, el impacto es inferior a una cuarta parte. Esta brecha no se cerrará con cheques de alivio temporal, sino con una reforma radical que aborde el verdadero agujero negro fiscal: las ganancias de capital no realizadas de la plutocracia. Los oligarcas modernos no viven de salarios, sino de activos que se heredan y se utilizan como avales sin pasar nunca por la caja del fisco.

Adoptar la estrategia de Van Hollen es invertir un capital político inmenso para obtener resultados mediocres. Con un Trump que languidece en las encuestas, los demócratas tienen una ventana de oportunidad histórica para proponer una socialdemocracia ambiciosa y bien financiada. Rendirse a la lógica del recorte de impuestos es aceptar el marco mental de la derecha y renunciar a la posibilidad de una sociedad equitativa.

Las familias trabajadoras merecen algo más que una devolución de impuestos que apenas cubre una visita al médico. Merecen un sistema que les garantice que, independientemente de su renta, el suelo bajo sus pies es firme. Fuentes del Partido Demócrata consultadas por Diario Sabemos indican que "jugar con las reducciones de impuestos es una apuesta de corto plazo que pone en riesgo el futuro a largo plazo de la democracia estadounidense. El partido no debe limitarse a devolver dinero; debe atreverse a invertir en el país".

Lo + leído