Cumbre de la OTAN: la peligrosa sumisión al chantaje de un autócrata

La cumbre atlántica en Turquía se convierte en un ejercicio de apaciguamiento financiero y pleitesía hacia Donald Trump, ignorando las lecciones de la historia sobre los peligros de saciar el apetito de los líderes impredecibles.

07 de Julio de 2026
Actualizado el 23 de julio
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Rutte Trump Cumbre
Mark Rutte, con su "papá" Donald Trump en el Despacho Oval | Foto: The White House

Hay un eco helado que recorre las avenidas blindadas de Ankara, un susurro histórico que los líderes de la OTAN parecen decididos a ignorar en su desesperada coreografía de la sumisión. La cumbre que arranca en la capital turca, diseñada minuciosamente para durar lo mínimo posible y evitar los exabruptos de Donald Trump, recuerda de manera alarmante a aquellos días aciagos de 1938 en Múnich. Entonces, Neville Chamberlain regresó de su encuentro con Adolf Hitler en los Sudetes agitando un pedazo de papel y prometiendo "la paz para nuestro tiempo" a cambio de ceder ante las ambiciones del dictador. Hoy, la Alianza Atlántica sustituye la diplomacia de la firmeza por el escaparatismo transaccional, entregando al presidente estadounidense un tributo multimillonario con la vana esperanza de comprar su benevolencia y evitar que dinamite una organización fundacional de 77 años de historia.

El paralelismo no es una hipérbole periodística; es un diagnóstico de debilidad estructural. Al igual que el apaciguamiento de entreguerras solo sirvió para engordar la audacia del totalitarismo al mostrar el pánico de las democracias, la estrategia europea frente al magnate republicano bordea la humillación geopolítica. Durante dos jornadas vigiladas por más de 70.000 efectivos policiales, los socios europeos y Canadá desplegarán ante los ojos del inquilino de la Casa Blanca lo que el secretario general, Mark Rutte, ha bautizado sin pudor como el "billón de Trump" en gasto militar adicional. Contratos armamentísticos masivos y promesas de asumir la transferencia de la carga de seguridad se presentan como ofrendas en el altar del aislamiento estadounidense, olvidando la lección más elemental del siglo XX: a un autócrata transaccional nunca se le termina de pagar el rescate.

La devaluación de la propia esencia de la Alianza se evidencia en la mutilación de su agenda de trabajo. Las maratónicas jornadas de debate que antaño exhibían la robustez del bloque se han comprimido en una cena de gala y una única sesión matinal. El pánico a que el mandatario estadounidense descabale la cita, como ya hiciera tras la reunión de La Haya al arremeter contra países como España, ha llevado a los diplomáticos a redactar un documento final de apenas media docena de puntos inofensivos. Es un texto profiláctico, despojado de cualquier mención que incomode a Washington o que recuerde su desvinculación progresiva de los programas estratégicos, incluidos los cazas y los submarinos. Reducir el tiempo de debate para que el líder de la primera potencia mundial no se levante de la mesa antes de tiempo es la confesión explícita de que la OTAN prefiere la supervivencia de la foto al mantenimiento de sus principios.

La quimera de que el buen comportamiento institucional y el aumento de las inversiones blindarían la seguridad colectiva ya estalló en pedazos con el insólito episodio de Groenlandia. Las pretensiones del estadounidense sobre la isla ártica danesa demostraron que su desprecio por las soberanías aliadas y el orden internacional no se aplaca con cheques en defensa. La historia demuestra que cuando los sistemas de seguridad colectiva mutan en mercados de protección, la certidumbre geopolítica desaparece. Mientras las empresas armamentísticas exhiben sus contratos en el Foro de la Industria de Defensa a las afueras de Ankara en un ejercicio de escaparatismo explícito, la realidad es que Europa se encamina a tapar los agujeros de su paraguas nuclear en una posición de absoluta vulnerabilidad discursiva, atrapada en el cortejo a un líder que califica la relación transatlántica de ridícula.

Al alimentar el mito de que las exigencias del populismo nacionalista pueden ser saciadas mediante concesiones presupuestarias y adulación diplomática, la cumbre de Ankara corre el riesgo de pasar a la posteridad no como el foro de la modernización aliada, sino como el monumento al fracaso de la disuasión interna. Si la OTAN no es capaz de mostrar cohesión frente a las turbulencias que emanan de su propio socio fundador, difícilmente podrá proyectar credibilidad ante los desafíos globales que acechan en sus fronteras. La historia no se repite, pero a menudo rima, y la melodía que resuena hoy en el complejo presidencial de Bestepe tiene los acordes sombríos de aquellos que creyeron que entregando los Sudetes saciarían el hambre del lobo.

Y todo esto bajo el mando de un personaje, Mark Rutte, que se dirige a Donald Trump como "Papá".

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