Cinco empresas controlan el Pentágono y cobran miles de millones por sus fracasos

El Gobierno de Estados Unidos vacía las arcas públicas para financiar armas inservibles mientras cinco gigantes corporativos se enriquecen a espaldas de los ciudadanos

28 de Septiembre de 2026
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Donald Trump, en una exhibición militar | Foto: The White House

Las cifras de los presupuestos de Defensa que se aprueban en el Capitolio de los Estados Unidos se retuercen en un idioma indescifrable. Un lenguaje diseñado, diría cualquiera, para marear al auditor más despabilado.

Conceptos pomposos como "Otras adquisiciones" o "servicios de apoyo asociados" mueven carretadas de billetes sin dar una sola explicación sobre a dónde va a parar realmente ese dinero. Pues bien, esta opacidad no es un despiste del sistema: es su verdadera razón de ser. En las tripas financieras de la mayor potencia militar del mundo, la contabilidad es un laberinto donde el dinero de los contribuyentes se disuelve sin dejar rastro para regocijo de cinco grandes corporaciones.

Hablamos de montañas de dinero. Nada menos que un billón de dólares anuales. Una salvajada que supera de largo todo lo que Washington destina a sanidad, educación, vivienda, agricultura, justicia y veteranos.

Si las cosas siguen el curso previsto por la Administración Trump, la factura del Pentágono se disparará hasta los 1,5 billones de dólares. Es decir: más de lo que gastó Estados Unidos por año durante el pico de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, detrás de semejante exhibición de fuerza hay un detalle que clama al cielo: el Departamento de Defensa es la única agencia gubernamental que jamás ha sido capaz de aprobar una auditoría. Ni una.

Para justificar semejante coladero, en Washington siempre recurren al mismo cuento: la necesidad de contar con armas tecnológicamente imbatibles. Pero basta rascar un poco en los proyectos estrella del Pentágono para encontrar un panorama desolador de retrasos eternos, presupuestos disparados y meteduras de pata monumentales.

Tomen como ejemplo el caza F-35. Lo vendieron en 2001 como un avión multiusos y "económico", de unos 101 millones por unidad. Hoy, cada aparato sale por 181 millones y la factura total del programa amenaza con rozar los dos billones de dólares. ¡Dos billones! ¿Y para qué? Para que la propia oficina de fiscalización del Congreso (la GAO) admita que estos cazas solo están listos para volar en sus misiones una cuarta parte del tiempo. Un auténtico disparate.

El patrón se repite con una precisión matemática. Los destructores Zumwalt, ideados a finales de los noventa por 1.500 millones la unidad, acabaron costando más de 10.000 millones cada uno. ¿La solución de la Armada? Recortar el pedido de 32 barcos a solo tres. Otro tanto ocurrió con el sistema de control terrestre para satélites GPS: 16 años tirando el dinero para terminar cancelando el proyecto tras quemar miles de millones de dólares.

Pero no crean que estos fracasos arruinan a las empresas de armamento. Al contrario: cuando algo sale mal, la industria pone cara de póquer y pide que le firmen un nuevo cheque para arreglar el entuerto.

La explicación de esta impunidad reside en la brutal concentración del mercado. Todo el cotarro se lo reparten apenas cinco gigantes: Lockheed Martin, Boeing, General Dynamics, Northrop Grumman y RTX. Entre las cinco se embolsaron más de 771.000 millones de dólares en contratos públicos en un periodo de solo cuatro años.

Ante semejante monopolio, el Estado pierde toda su capacidad de negociación. Y claro, ocurren cosas como que una empresa aplique un margen de beneficio del 4.000% en repuestos básicos o que salgan a la luz engaños descarados en la facturación de sistemas de misiles que terminan en los tribunales con multas millonarias... que a la industria le salen a cuenta pagar.

El engranaje se mantiene bien engrasado gracias al deporte preferido de Washington: las puertas giratorias. Exgenerales de cuatro estrellas, altos cargos del Pentágono y asesores del Capitolio terminan en los consejos de administración de las mismas firmas privadas a las que debían vigilar. Mientras tanto, los congresistas aseguran el maná financiero alegando que hay que proteger los empleos de sus distritos, y los ejecutivos de la defensa se frotan las manos ante cada nueva partida presupuestaria.

Las reformas prometidas durante décadas se han quedado en papel mojado. Lejos de poner coto a este desmadre, la Administración Trump amenaza con aflojar aún más los controles. Con la desarticulación de órganos clave para medir la eficacia de las armas y el reparto de contratos a dedo entre afines al poder, el gasto militar amenaza con salirse del todo de madre. Mientras Donald Trump se centra en recortar servicios sociales, la caja negra del Pentágono no deja de devorar recursos a un ritmo escalofriante. 

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