México llevaba años persiguiéndolo. Nemesio Oseguera Cervantes, ‘El Mencho’, jefe del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), cayó este domingo en una operación militar en Tapalpa. Horas después, el país ardía: carreteras bloqueadas, vehículos incendiados, clases suspendidas, aeropuertos en alerta. El mensaje fue inmediato y brutal. La eliminación del capo más poderoso no cierra el ciclo; abre otro.
La operación, ejecutada por fuerzas especiales del Ejército con apoyo de inteligencia estadounidense, culminó en un enfrentamiento armado en el que murieron varios integrantes del CJNG. Entre ellos, según confirmó la Secretaría de Defensa, el propio Oseguera, uno de los criminales más buscados por Washington, que ofrecía diez millones de dólares por su captura.
Desde el punto de vista táctico, es un golpe de alto impacto. El CJNG no era un cártel más; era una estructura expansiva, con presencia nacional y capacidad logística transnacional. Bajo el liderazgo de Oseguera, el grupo evolucionó hacia un modelo casi corporativo: franquicias locales, diversificación criminal y sofisticación tecnológica, desde el uso de drones con explosivos hasta redes complejas de blanqueo de capitales.
Pero la respuesta fue tan relevante como el operativo. En cuestión de horas, se registraron disturbios y bloqueos en al menos 14 estados: Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Colima, Guerrero, Zacatecas, Tamaulipas, Veracruz, Puebla, entre otros. Más de 70 ataques en Guanajuato, decenas de incendios, suspensión de transporte público y “ponchallantas” sembrados en autopistas. La violencia fue una demostración de fuerza.
El poder territorial de los cárteles
La reacción coordinada evidencia que el CJNG no dependía exclusivamente de un liderazgo carismático, sino de una red operativa capaz de paralizar regiones enteras.
Durante años, la estrategia mexicana ha oscilado entre la confrontación directa y el intento de reducir la violencia sin desatar guerras abiertas. La muerte de Oseguera marca un retorno claro a la lógica del descabezamiento. La experiencia histórica, sin embargo, aconseja prudencia. La captura o eliminación de grandes capos —desde ‘El Chapo’ Guzmán hasta líderes de los Zetas— no ha supuesto necesariamente una reducción sostenida de la violencia. A menudo ha derivado en fragmentaciones, disputas internas o reacomodos territoriales.
En este caso, varios analistas descartan una desintegración inmediata del CJNG. El grupo cuenta con cuadros intermedios consolidados y posibles sucesores identificados. La estructura sobrevive al individuo. El interrogante es si la organización optará por una transición ordenada o si se abrirán fisuras que desencadenen nuevas pugnas.
La dimensión internacional tampoco es menor. Estados Unidos y Canadá emitieron alertas por la inseguridad tras la operación. Washington celebró el resultado, consciente de que el CJNG era uno de los principales proveedores de metanfetamina y fentanilo hacia el norte. La cooperación bilateral ha sido clave en inteligencia y seguimiento financiero.
Desde una perspectiva progresista, el debate no puede limitarse a la eficacia policial. La economía criminal se sostiene en desigualdades territoriales profundas, corrupción institucional y mercados internacionales de droga que siguen intactos. La eliminación de un líder es un hito, pero no altera por sí sola la estructura económica que alimenta el narcotráfico.
El Gobierno mexicano ha activado mesas de seguridad y desplegado fuerzas federales para contener los disturbios. La narrativa oficial habla de éxito operativo. Las imágenes de ciudades bloqueadas matizan esa celebración. México conoce bien esta paradoja: cada golpe al crimen organizado produce un instante de victoria y una inmediata prueba de resistencia.
La muerte de ‘El Mencho’ es un episodio decisivo en la historia reciente del país. Pero la pregunta de fondo sigue abierta: si el modelo de confrontación logra debilitar de forma sostenible a los cárteles o si, como en otras ocasiones, la violencia simplemente cambia de nombre y de rostro.