La Unión Europea creyó haber comprado estabilidad. Un techo del 15% a los aranceles estadounidenses, renuncia a represalias y un gesto de tregua transatlántica. Pero el Parlamento Europeo ha decidido suspender la ratificación del acuerdo comercial con Estados Unidos hasta que la Administración Trump explique qué significa exactamente su última ronda de gravámenes globales. Bruselas vuelve a hacer lo que mejor sabe cuando el terreno se mueve: esperar.
La diplomacia comercial frente al estilo Trump
La decisión adoptada por la comisión de Comercio Internacional del Parlamento Europeo es un aviso político. El acuerdo ,negociado como una salida a la escalada arancelaria del último año, establecía un límite del 15% a los gravámenes estadounidenses sobre productos europeos. A cambio, la UE renunciaba a contramedidas y apostaba por estabilizar el intercambio.
El problema es que Donald Trump ha decidido introducir una variable que convierte el pacto en un ejercicio de fe. Tras el fallo del Tribunal Supremo estadounidense que anuló parte de los aranceles globales por extralimitación presidencial, la Casa Blanca reaccionó con una nueva tanda de gravámenes del 15% aplicables durante 150 días. Formalmente son distintos; en la práctica, pueden acumularse a los ya existentes bajo el régimen de Nación Más Favorecida.
Eso es lo que inquieta a los eurodiputados. Si los nuevos aranceles se suman a los previos, el famoso techo del 15% podría transformarse en cifras sensiblemente superiores. Algunos sectores alimentarios europeos ya hacen números que rozan el 30%. El acuerdo que debía aportar previsibilidad podría estar generando el efecto contrario.
El presidente de la comisión de Comercio Internacional, el socialista alemán Bernd Lange, ha sido explícito: no se trata de dinamitar el pacto, sino de exigir claridad. En términos institucionales, la Eurocámara no quiere convertirse en la cámara de registro de un acuerdo cuya letra puede ser reinterpretada unilateralmente desde Washington.
La UE negocia bajo la premisa de la estabilidad normativa. Trump gobierna bajo la lógica de la presión permanente. Son dos culturas políticas difíciles de armonizar. Bruselas trabaja con reglamentos, procedimientos y mayorías cualificadas; la Casa Blanca opera con anuncios que alteran mercados en cuestión de horas.
El debate no es únicamente comercial. Es también político. La UE ha defendido durante años el multilateralismo, la previsibilidad jurídica y el comercio basado en reglas. Cuando su principal socio introduce aranceles como instrumento de política doméstica, la coherencia europea se pone a prueba.
El aplazamiento de la votación ,ya pospuesta en enero por amenazas vinculadas a Groenlandia y ejercicios militares, muestra hasta qué punto la relación transatlántica atraviesa una etapa de volatilidad estructural. No es un desacuerdo técnico; es un problema de confianza.
La Comisión Europea, representada por el comisario de Comercio, insiste en que el acuerdo sigue siendo el mejor marco posible en un contexto adverso. Pero el Parlamento recuerda que la ratificación no es un trámite automático. El equilibrio institucional europeo obliga a que las garantías sean explícitas.
En este pulso discreto, la Eurocámara intenta recuperar margen político. No romper el pacto, pero tampoco firmarlo a ciegas. En el comercio internacional, como en la política, la incertidumbre no es un accidente: es una herramienta de poder. Y Bruselas empieza a asumir que la estabilidad no se negocia solo con cifras, sino con credibilidad.