Bruselas admite que la defensa europea sigue dependiendo de la OTAN

Kaja Kallas reivindica el papel central de la Alianza Atlántica mientras la Unión Europea intenta reforzar su autonomía estratégica en un escenario internacional cada vez más inestable

07 de Mayo de 2026
Actualizado a las 11:06h
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Bruselas admite que la defensa europea sigue dependiendo de la OTAN

Europa lleva años hablando de autonomía estratégica con una mezcla de convicción teórica y dependencia práctica. La expresión llenaba documentos oficiales, discursos solemnes y cumbres diplomáticas, pero casi siempre evitaba enfrentarse a la pregunta decisiva. ¿Qué ocurriría si Estados Unidos dejara algún día de garantizar, de forma automática, la seguridad del continente?

La guerra de Ucrania primero y el regreso de Donald Trump al centro de la política internacional después han obligado a Bruselas a mirar esa pregunta de frente.

Por eso, las palabras pronunciadas este miércoles por Kaja Kallas, alta representante de la Unión Europea para Política Exterior, contienen bastante más carga política de la que aparentan. Tras reunirse con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, Kallas aseguró que la Alianza Atlántica continúa siendo “la piedra angular” de la defensa europea y defendió la necesidad de reforzar la contribución militar del continente dentro de esa estructura.

La frase encierra una evidencia incómoda. Europa sigue sin disponer de una arquitectura defensiva propia capaz de actuar con autonomía plena en un escenario de alta tensión internacional.

Durante décadas, la Unión Europea construyó una identidad basada sobre todo en el comercio, la integración económica y la expansión de derechos. Mientras tanto, la seguridad permanecía parcialmente externalizada bajo el paraguas militar estadounidense. Era un equilibrio cómodo. Washington asumía el peso estratégico y Europa podía concentrarse en consolidar bienestar y estabilidad interna.

Ese modelo empieza ahora a mostrar bastantes grietas.

Trump ha contribuido decisivamente a acelerar esa sensación de vulnerabilidad. No solo por sus amenazas recurrentes hacia la OTAN, sino porque representa una forma de entender las alianzas internacionales basada menos en los compromisos históricos que en la lógica transaccional. Europa aparece en ese discurso como un socio dependiente que consume protección estadounidense sin asumir suficientes costes.

Todo eso ha ido generando una inquietud creciente en Bruselas. No tanto porque la OTAN vaya a desaparecer, sino porque Europa empieza a asumir que ya no puede permitirse una dependencia estratégica tan absoluta en un mundo cada vez más fragmentado e imprevisible.

Sin embargo, tampoco existe una voluntad real de romper con la Alianza Atlántica. Y probablemente tampoco capacidad inmediata para hacerlo.

Ahí reside la contradicción europea actual. La Unión quiere ganar margen de autonomía sin poner en cuestión el vínculo transatlántico que sigue garantizando buena parte de su seguridad. Necesita reforzar capacidades propias mientras continúa dependiendo, en última instancia, de la infraestructura militar y tecnológica estadounidense.

Por eso Kallas habla de una OTAN “más europea”. La expresión funciona casi como una fórmula intermedia entre dos realidades difíciles de reconciliar. La conciencia de que Europa necesita reforzarse militarmente y el reconocimiento implícito de que todavía no dispone de una alternativa creíble a la Alianza.

El problema no es únicamente presupuestario ni técnico. Es también político y cultural. Durante años, buena parte de las sociedades europeas se acostumbraron a pensar que la guerra pertenecía a otra época o a otros territorios. Ucrania, Oriente Próximo y las tensiones crecientes en torno a Irán han desmontado esa percepción.

La paz europea, que durante mucho tiempo pareció una condición permanente, vuelve a percibirse como algo frágil que exige recursos, coordinación y capacidad de respuesta.

En ese contexto, la reunión entre Kallas y Rutte refleja el nuevo clima que atraviesa Bruselas. Menos idealismo estratégico y más preocupación por la vulnerabilidad real del continente. La soberanía no se sostiene únicamente con mercados integrados, moneda común o capacidad regulatoria. También requiere seguridad. Y que esa seguridad, pese a décadas de debates sobre autonomía estratégica, sigue descansando en gran medida sobre una estructura militar diseñada y liderada desde Washington.

La paradoja, en realidad, empieza a resultar bastante evidente. Cuanto más incierta se vuelve la política estadounidense bajo figuras como Trump, más visible aparece la dependencia europea respecto a la OTAN. Y quizá precisamente por eso Bruselas empieza ahora, lentamente, a tomarse en serio algo que durante demasiado tiempo prefirió considerar un asunto secundario. La necesidad de aprender algún día a protegerse sin tutela.

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