JD Vance, el vicepresidente de Donald Trump que se hizo famoso alabando la familia de toda la vida y la estampa del matrimonio con varios críos, ha decidido apretar el acelerador en esa guerra cultural y lo hace mirando de reojo a 2028, claro. Su última idea es un viaje de vuelta a los años cincuenta: pagarle un cheque a las madres para que se queden en casa cuidando de los niños y se olviden de trabajar fuera. 9.000 dólares al año para parejas casadas donde uno de los dos renuncie a su sueldo para criar. Pues bien, detrás del lazo rosa hay una maniobra presupuestaria con mucha letra pequeña.
Para pagar esos cheques, Vance quiere meterle la tijera al Fondo Federal para el Cuidado Infantil. O sea, desvestir al programa que hoy paga la guardería a casi 900.000 familias con ingresos bajos en todo el país. El asunto tiene su miga, porque Vance vende la propuesta casi como si fuera una reivindicación feminista de los años setenta, cuando se pedía un "salario para el ama de casa" para reconocer el valor del trabajo invisible.
Pero hay una trampa gigantesca. Aquellas feministas buscaban libertad y dinero propio para la mujer. Lo de Vance, sin embargo, pone condiciones morales muy estrictas: si no estás casada por la iglesia o por el juzgado, no ves un dólar. Millones de madres que se rompen la espalda solas para sacar adelante a sus hijos quedan automáticamente fuera del reparto por no encajar en el molde idílico del conservadurismo. Y ahí es donde la matemática de la propuesta se vuelve sangrienta.
El 80% de las familias que hoy usan esas ayudas para pagar la guardería son hogares monoparentales. Madres solteras, casi todas. Si Vance les quita esa subvención para dársela a matrimonios donde uno de los cónyuges ya se puede permitir el lujo de dejar de trabajar... la injusticia salta a la vista. Es quitarle el pan a la que necesita trabajar para alimentar a sus hijos y dárselo a quien tiene las espaldas cubiertas.
Tampoco sorprende mucho el movimiento si uno mira el expediente reciente de Washington. La famosa Gran Ley de Trump ya le metió un hachazo considerable a Medicaid, a la sanidad infantil y a los cupones de comida para los más pobres, todo para financiar bajadas de impuestos a las grandes fortunas. Luego prometieron que los aranceles traerían cheques de bonanza para todos, pero la realidad es que los precios subieron en el supermercado y, cuando los tribunales tumbaron esos impuestos, el dinero volvió a las grandes empresas, no a los bolsillos del ciudadano de a pie.
Frente a esta especie de ingeniería social con aroma a nostalgia, las soluciones de verdad van por otro camino. Ahí están los ejemplos de Nuevo México o de la propia ciudad de Nueva York, que han puesto en marcha guarderías públicas y gratuitas para todo el mundo. Un modelo que sí ayuda a conciliar, que permite a las madres trabajar si quieren y que mueve la economía de verdad.
Decir que no hay dinero para un sistema universal en el país más rico del mundo es una excusa mala. Para armamento y rescates corporativos nunca falta chequera. Apoyar a la infancia de verdad es echar un capote a todas las familias, se organicen como se organicen; premiar solo a las que siguen el catecismo tradicional es, digámoslo claro, una trampa política envuelta en papel de regalo.
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