Quien viaja con billete de ida traslada su hogar a cada destino. Quienes lo hacen, además, para descubrir su alma tienen en la India una cita. Desde el medievo exploradores como el veneciano Marco Polo, el bereber Ibn Bättuta, el británico William Hawkings o los portugueses Vasco de Gama y Pèro de Covilha relataron maravillas de la península del Indostán.
Desde el Tíbet al triángulo del Mar Arábigo, el Índico y Golfo de Bengala, la India tiene 7.517 kilómetros de costas, islas incluidas. Es el país más poblado del mundo (casi 1.500 millones, cada dos segundos nace un/a hindú) donde se hablan 22 lenguas oficiales, siendo el hindi y el inglés las mayoritarias.
Tal país, de dimensiones continentales (3.287.263 kilómetros cuadrados), también es una médula espiritual. Alberga la religión más antigua del planeta y la tercera con más fieles del mundo. El 80% practica el hinduismo. Le siguen Islam (+/-12%), cristianismo (3%) y budismo (2%). Sijs, jainistas, animistas y zoroastras lideran minorías religiosas; no faltan los agnósticos y ateos.
La Trinidad hindú (Trimurti) la componen Brahma (creador), Vishnú (preservador) y Shiva (destructor/transformador). Sus fieles les añaden avatares, deidades e iconos con animales, brazos y piernas. El credo hindú aloja también heterodoxias, sectas y gurús; salvo excepciones creen en la reencarnación y el karma, el que retorna lo bueno y malo al humano.
La actual India, artificiada desde el Foreign Office, se independizó del Reino Unido en 1948. Antes la disputaron invasores asiáticos y colonos europeos. Buscaban ampliar imperios, explotar sus recursos, comerciar o propagar credos. Al yugo colonial le conmovió el verbo y legitimidad de su primer presidente, J. Nehru. Las balas, clasismo y la más vil explotación los paró el karma, huelgas y marchas no violentas de Mahatma Ghandi.
Los británicos dejaron allí sus deportes: polo, cricket, bádminton, fútbol, rugby. Al huir partieron Pakistán y mancharon el mapa religioso, social y de castas. El entuerto -en parte- lo remediaron con nacionalismo y autarquía. A los Ghandi (Indira, Rajiv y el Mahatma) los asesinaron pistolas y bombas del fanatismo. El laberinto hindú, sobrepasado de actores, merece calma y respetar su idiosincrasia. Pero, mientras tanto, resulta fascinante. Merece visita sosegada en la que descubrir el país.
La India de 2026 es ya la cuarta potencia mundial; en 2030 será la tercera. Sus tasas de crecimiento impresionan con medias de 6,5 y 7,6% interanual más 4,6 billones de dólares de PIB. Pasó de forjar un sector primario a desarrollar servicios, industria y tecnología con fuerza laboral barata y capaz. Su éxito pivota y funciona sobre el proteccionismo y subvenciones.
Increíbles contrastes
El viajero militante debe una visita en vida a la India. La que hicieron The Beatles en 1968, tras fallecer su manager Brian Epstein, les alojó en el ashram de Maharishi Mahesh Yogi, donde meditaron. Se transformaron e internacionalizaron la espiritualidad hindú junto al fino sitar de Ravi Shankar. Desde entonces, la India es la Meca de muchas almas del mundo.
El turismo en la India apenas supera los 10 millones anuales, con mayoría angloparlante (RU, EEUU, Canadá, Australia…). Un 84% visita el norte (Delhi, Agra -Taj Mahal-, Jaipur, Varanasi, Amritsar, Rajastán). El resto se reparten por Uttar Pradesh (también destino favorito local) y el sur. Todos encuentran un país asequible, donde regatear precios parece ritual.
Su eslogan para captar turismo desliza que es ‘increíble’. Y es verdad, aunque cuesta metabolizar lo maloliente, caos del tráfico, vacas, perros, gatos y monos por doquier. Se suman viandantes sin prisa o carteles políticos o de publicidad sin tasa. La cultura y credos más la elegancia femenina que luce sarees sólo se constata si se conoce la India sin tópicos.
Además de lo ‘increíble’ encontramos contrastes y activos: el lujo más barroco convive con chabolas de miseria, las castas escalan o descienden sin demasiado karma, analfabetos junto a la vanguardia del algoritmo, gastronomía de gourmets y comida callejera picante. Entre lo increíble y sus contrastes la India nos envuelve. Pero lo prosaico manda: La neblina de sus grandes ciudades no se levanta a media mañana, es contaminación.
Al sur del sur
La India tropical, tranquila o el país de Dios representa la ruta más sugerente. Caroline Rose decía que ‘el sur es una medicina para el alma’. Chennai iniciaría ese camino. La antigua Madrás integra el estado de Tamil Nadú. Su aeropuerto la conecta con países de Oriente Medio, Europa y Asia. Allí, como en otras urbes, interminables obras reciben al viajero, transformadores y cables eléctricos destartalados invaden calles, plazas y avenidas. El calor, irredento, siempre acompaña. Chennai se extiende con una playa urbana (Marina Beach) de 13 kms, faro incluido, en la bahía bengalí. Allí pocos se bañan: se reparten pescadores, chiringuitos, tertulias de lo cotidiano, la fuerza del Índico y delicias con brisas. El mal olor y veterana suciedad representan el contraste desde la orilla marina.
La basílica de St. Thomé entierra al apóstol cristiano. Junto a Compostela (España) y Vaticano (Italia) tiene tal privilegio la tumba del enviado de Cristo. Kapaleeshwarar es un templo hindú famoso por su imponente torre. La colmatan esculturas con santidades. Valluvar Kottam es de recomendable visita. Honra a Thiruvalluvar, poeta y filósofo tamil. El fuerte de San Jorge que erigieron los colonizadores británicos está cerca.
Al sur es recomendable seguir ruta de templos hindúes. Maravillan por su arte escultórico, estructuras y dimensiones. La feligresía ritualiza su credo con una fe entregada: no distingue edades, bolsillos o sexos. Kanchipuram, o el lugar de los 1.000 templos, tiene donde elegir espacio para el rezo y la meditación. Mahabalipuram, además de siete pagodas, suma templos rupestres y bajorrelieves que ilustran el paraíso esculpido.
La siguiente etapa, Pondicherry, es una ciudad que atrapa. Marida la estética tamil con refinado estilo francés. Lo hereda de la época colonial (1673-1954). Acariciada por el Índico en su paseo marítimo (seaside promenade) conviven dos estatuas: la del Mahatma Ghandi y la que honra a los caídos. La catedral del Sacre Coêur recuerda el intacto legado galo en un barrio que todo recuerda a París, excepto la morenez de sus vecinos.
Gagaikondacholapuram y Darasuram son excelentes paradas camino de Trichy. El templo de Airavatesvara es una de las razones. Desde el siglo XII maravilla su majestuosidad. En Trichy no puede obviarse Sriragam. Allí miles de peregrinos visitan, se nutren y rezan a sus dioses. Este conjunto de templos abre los ojos hasta lo infinito. La vista no se nubla aquí.
Madurai es la siguiente parada propuesta. Antes conviene un vistazo a Brihadeshwara, templo que nos saca de la rutina tamil. Dedicado a Shiva lo catalogó la UNESCO como patrimonio mundial. Desde que entramos en el lugar sagrado se experimentan sensaciones únicas. Las que reviven. Las que nos cosquillean y nos advierten que algunos credos se contagian.
Ya en Madurai es imprescindible adentrarse en los templos de Meenakshi y Thiruparangundram. Dos maravillas que confirman lo importante que fue y es el credo hindú. El contiguo Palacio del Rey Thirumalai Nayak está casi desnudo. Rediseñado por un italiano, alojó la corte en el siglo XVII. El expolio británico no rapiñó sus estucos y soberbias columnas. Menos mal.
Las distintas dinastías sureñas (Cholas, Pandyas, Cheras, Pallavas, Chalukyas, Rashtrakutas y Hoysalas) justificaron el poderío posterior de la nobleza de los Marajás. Aquella aristocracia absolutista perdió soberanía territorial con la República desde 1948, pero conservó el patrimonio. Sus palacios y tierras hoy son hoteles y resorts del lujo asiático que representaron. A los reyes hindúes los destronó la democracia sin castas.
El lujo más barroco convive con chabolas de miseria, las castas escalan o descienden sin demasiado karma, analfabetos junto a la vanguardia del algoritmo, gastronomía de gourmets y comida callejera picante
Para las entendederas españolas tenemos a Anita Delgado (1890-1962), cupletista malagueña. Enamoró al Marajá de Kapurthala. La hizo favorita en su harem de concubinas. Una excelente novela de Javier Moro (Pasión India, 2007) ubica a una andaluza de pro en la India de la Belle Epoque.
En cualquier viaje hindú, amén de la gastronomía local que deleita a veganos y carnívoros. Añadimos sensaciones con especias, té, bebidas, jugos, carnes, pescados, legumbres, verduras, postres o frutas de nota.
Nos debemos allí a la imperativa meditación. Así nos entendemos mejor. Nos acarician también las manos del Ayurveda, masaje que restaura y activa los chacras. Lo suyo es el final feliz del kamasutra, pero ya la postura depende de la compañía. En India, además, es raro ver calvos, cabezas con entradas o canas. Ni barrotes en las ventanas o alarmas. La pimienta y el peor karma del hurto o robo explican el pelazo y no ansiar lo ajeno.
Kumarakom es otra parada. El lago Vembanad es disfrute visual. Canales, brazos de agua, miles de barcos y casas en las orillas reciben al visitante. El turismo local disfruta, junto al foráneo, de un espacio donde naturaleza y su avifauna maridan dimensionando el viaje hasta el entorno, no a la historia, la fe o la cultura sureña. La quietud del agua, amaneceres o atardeceres de ensueño colmatan el clímax del viajero más entregado.
Kerala es el estado sureño vecino de Tamil Nadu. Es orilla del Mar Arábigo y una de las puertas hindúes a la influencia extranjera. Cochín, como Pondicherry, conserva la huella de colonizadores europeos. Iglesias y palacios dan fe del glorioso pasado comercial e histórico. Holandeses, portugueses y británicos se sucedieron en el enclave a lo largo de historia.
En la Iglesia de San Francisco encontramos la primera tumba de Vasco de Gama, héroe luso cuyos restos reposan ya en Lisboa (Monasterio de los Jerónimos). La fe protestante, con identidades de comerciantes y familiares, reposa en un cementerio holandés. La sinagoga Paradesi, pionera hindú, data del 1568. Es contigua al Palacio de Mattāncheri, regalo holandés que halagó el bolsillo del Marajá. El negocio es el negocio.
Para explicar lo inexplicable en la historia judía al sur hindú se rotula que los sefardíes que levantaron esta sinagoga hablaban portugués entre ellos. Recordarles a estos ‘historiadores’ que el judeoespañol o ladino era, y es, el idioma sefardí. Y replicar, pues se reparte en cartelería de monumentos neerlandeses en Cochín, que Holanda nunca fue colonia española. Fue una herencia territorial de Felipe II entre 1556 y 1648
En Fort Cochín, su paseo marítimo, se reparten kioskos, paseantes y restos del pasado. Allí se conservan artes pesqueras chinas (Cheena Vala). Son estructuras fijas, de 10 metros de alto, de teca y bambú. Usan aún redes cuadradas y contrapesos de piedra para sacar el pescado del mar.
Las compras en Cochín son recomendables, al igual que disfrutar de espectáculos folklóricos (danzas Kathakali) que exhiben trajes, pañuelos, gorros y ornatos de leyenda, maquillaje colorido, contoneos de cintura y corporales que sorprenden a los sentidos. Cochín tiene imán para los souvenirs, congresos, pasar temporadas con la magia del sur.
Al norte de Cochín no está de más un paseo por Goa, la joya lusa en India. Tras la independencia hindú en 1948 quedaron restos territoriales de Marajás y Goa. Fue posesión portuguesa 450 años hasta 1961. Fue, y es, puente entre Europa y Asia. El mercado de especias, lo que buscaron los lusos en Asia, añadió a Goa arquitectura barroca e influencia católica. Hoy se añade al cosmos de los resorts-hormiguero por sus magníficas playas.
La puerta de salida
India’s Gate es el arco de entrada a la India para los colonizadores británicos. Mumbai, la antigua Bombay, es una plataforma para despedir este viaje desde el sur hindú. Capital de Maharashtra es la más poblada de la República de India y la cuarta capital con más habitantes del mundo. Lo increíble persiste aquí: la pobreza abraza el lujo, más que en la Calcuta (hoy Kolkota) de la [Santa] Madre Teresa.
Disfrutar Mumbai lo invita la Unesco como un Patrimonio de la Humanidad que no decepciona. La bahía, con irredenta neblina, advierte barcos, islas, basura, plantas y la inmensidad marina. Sigue lo increíble, persisten los contrastes. El antiguo Bombay se entiende desde la óptica victoriana, muy densa en la metrópolis: hasta un Big Ben vemos cerca de la concurrida Victoria Station (hoy Chhatrapati Shivaji Maharaj Terminus).
La emancipación hindú regó Mumbai de museos recomendables (Mani Bhavan, Ghandi, Chhatrapati Shivaji Maharaj Vastu Sangrahalaya, Planetario & Science Nehru, Monetary, Jeganhir, Bhau Daji Lad, Paradox y el del Cine). Bollywood, el Hollywood local, lo supera en espectadores y facturación. Sus guiones y escenografía, eso sí, son menos violentos.
En Mumbai hay más donde disfrutar del arte y la rica gastronomía hindú. El barrio Colaba y admirar el Hotel Taj Mahal merecen la pena. La isla Elephant inclusive merece una mañana completa, previo trayecto en atestados barcos desde el Gateway.
Las cuevas isleñas se añaden al Mumbai como Patrimonio de la Humanidad. Impresiona este conjunto de templos rupestres dedicados a Shiva (siglos V-VII). Varias cuevas descubren una icónica Trimurti de 7 metros, Danza Cósmica de Nataraja y los relieves de Ardhanarishvara.
Otra exhibe a Nataraja (Shiva danzando), Ardhanarishvara (mitad Shiva, mitad Parvati) y la boda de Shiva y Parvati. Parten del conjunto pequeñas áreas budistas, cañones defensivos y miradores desde los que se otea la esplendorosa Mumbai si su irredenta neblina de tóxicos se aclara al ojo.
El viaje a India que se relata oferta a sus lectores un prisma distinto al turismo de masas que busca hormigas que lo nutran. Alejarse del norte señala al alma viajera el mismo camino, no el atajo, a la paz que repetía el Mahatma Ghandi. A la ida y vuelta se sufrieron las consecuencias de la maldita guerra por el petróleo y el dinero que monetiza la industria bélica.
Los reflejos del camino y seguir la mejor ruta sureña hindú fue gracias a la profesionalidad y veteranía de Manolo Vidal (UNIKA-7 Continentes), la logística de CATAI, el oficio de EMIRATES, aerolínea de excelencias y las sabias palabras del guía freelance, Bhagwat Sharma, también presente en redes. India, señoras y señores, no es un sello más en el pasaporte o un país que añadimos a la mochila. Es el viaje total. Inténtenlo. En efecto, todo es tan increíble allí que acabarán creyendo en sí mismos: ¡Suerte!