La relación entre actividad sexual, eyaculación y salud masculina ha estado rodeada de intuiciones culturales, mitos persistentes y explicaciones incompletas. Hoy, sin embargo, la evidencia científica comienza a dibujar un marco más preciso. Una revisión exhaustiva de la literatura médica, respaldada por grandes estudios longitudinales, apunta a que la eyaculación frecuente no solo es fisiológicamente segura, sino que puede aportar beneficios medibles para la salud, en particular en relación con la próstata.
Un metaanálisis de gran alcance publicado en European Urology, una de las revistas de referencia en el campo, ha reactivado el debate al ofrecer datos cuantitativos difíciles de ignorar. Según resume en el portal Cuídate+ el urólogo y andrólogo François Peinado, especialista en salud sexual masculina, la conclusión es clara: eyacular al menos 21 veces al mes se asocia con una reducción significativa del riesgo de cáncer de próstata.
El núcleo de esta evidencia procede de un estudio prospectivo llevado a cabo por investigadores de la Escuela de Salud Pública de Harvard, que monitorizaron durante casi veinte años a más de 31.000 hombres. El diseño del trabajo permitió comparar patrones de eyaculación a lo largo del tiempo con la incidencia posterior de cáncer de próstata, una de las enfermedades oncológicas más frecuentes en varones.
Los resultados muestran que los hombres que reportaron 21 eyaculaciones mensuales o más presentaban un riesgo significativamente menor de diagnóstico en comparación con quienes eyaculaban entre 4 y 7 veces al mes. La asociación se mantuvo consistente en distintos grupos de edad, especialmente entre hombres de 20 a 29 años y de 40 a 49 años, lo que sugiere que el efecto no depende exclusivamente del envejecimiento prostático.
Para Peinado, el valor del estudio reside en que “no solo confirma que la eyaculación es beneficiosa, algo ya asumido en Urología, sino que define un umbral concreto a partir del cual el efecto protector parece intensificarse”. De ahí su síntesis divulgativa: “la regla de las 21 veces”.
Desde el punto de vista fisiológico, el mecanismo más aceptado es la llamada hipótesis del estancamiento prostático. Según esta teoría, la eyaculación frecuente facilita la eliminación regular de secreciones prostáticas, evitando la acumulación prolongada de sustancias potencialmente inflamatorias o carcinogénicas en la glándula.
En un lenguaje más simple: la próstata es un órgano secretor, y como cualquier sistema biológico de drenaje, funciona mejor cuando se utiliza de forma regular. La eyaculación actuaría así como un proceso de “renovación” interna.
No obstante, los especialistas insisten en la prudencia interpretativa. “Esta asociación es particularmente relevante para enfermedades de bajo riesgo y no debe entenderse como un método preventivo único ni excluyente”, subraya Peinado. Factores como la genética, la edad, la dieta, el ejercicio y el seguimiento médico continúan siendo determinantes clave.
El interés científico no se limita a la oncología. La actividad sexual y la eyaculación activan una compleja cascada neuroendocrina que tiene efectos sistémicos. Durante el orgasmo se liberan dopamina, oxitocina, endorfinas y prolactina, un cóctel hormonal asociado a la reducción del estrés, la mejora del estado de ánimo y la inducción del sueño.
Desde la psicología y la neurociencia, estos efectos se interpretan como parte de un mecanismo evolutivo de recompensa, diseñado para reforzar conductas reproductivas y sociales. En términos clínicos, se traducen en beneficios potenciales para la salud mental, el descanso nocturno y la regulación emocional.
El mensaje de fondo es menos prescriptivo que contextual. La ciencia no sugiere una obligación ni una cifra mágica universal, sino que aporta datos para desmitificar la sexualidad masculina y comprenderla como un proceso biológico con efectos reales sobre la salud.
En un terreno históricamente dominado por tabúes y simplificaciones, estudios como el de Harvard contribuyen a un cambio de paradigma: la eyaculación deja de ser un tema moral o anecdótico para convertirse en un objeto legítimo de investigación biomédica, con implicaciones clínicas y preventivas que apenas empiezan a explorarse.