La libertad de decidir también forma parte de una muerte digna

Cinco años después de la aprobación de la ley, más de 1.600 personas han ejercido el derecho a la eutanasia en España. Los datos reflejan una realidad alejada de los discursos alarmistas y respaldada por una amplia mayoría social

19 de Junio de 2026
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La libertad de decidir también forma parte de una muerte digna

Pocas leyes han sido sometidas a tantos pronósticos catastrofistas como la Ley de Eutanasia. Sus detractores anunciaron abusos, presiones sobre pacientes vulnerables y una supuesta banalización de la muerte. Cinco años después, los datos disponibles dibujan una realidad muy diferente.

Durante 2025, un total de 565 personas ejercieron en España el derecho a recibir ayuda para morir. Desde la entrada en vigor de la norma, la cifra acumulada alcanza las 1.668 personas. En términos estadísticos, estas prestaciones representan apenas el 0,13% de los fallecimientos registrados en el país.

Las cifras ayudan a desmontar algunos de los grandes mitos que acompañaron el debate político. La eutanasia no se ha convertido en una práctica generalizada ni en una alternativa masiva al sistema sanitario. Lo que ha hecho la ley es ofrecer una respuesta legal, garantista y supervisada para personas que atraviesan situaciones de sufrimiento extremo y que desean ejercer autonomía sobre el final de sus vidas.

El dato más relevante quizá no sea el número de procedimientos realizados, sino el amplio respaldo social que continúa recibiendo este derecho. Más del 72% de la ciudadanía considera que la eutanasia debe formar parte de las libertades reconocidas por el ordenamiento jurídico español. Ese consenso refleja un cambio profundo en la forma de entender la dignidad humana.

Durante décadas, buena parte del debate público giró alrededor de la obligación de preservar la vida en cualquier circunstancia. Hoy la discusión incorpora una cuestión igualmente importante. La calidad de vida, el sufrimiento y la voluntad de la persona también forman parte de la ecuación ética.

Especialmente significativo resulta comprobar que una parte importante de las personas que solicitaron la prestación padecían enfermedades neurológicas degenerativas. Patologías que no siempre provocan una muerte inmediata, pero que pueden generar una pérdida progresiva de autonomía, comunicación y calidad de vida que cada persona tiene derecho a valorar conforme a sus propias convicciones.

La existencia de una ley de eutanasia no obliga a nadie a utilizarla. Ese es precisamente uno de los elementos que suelen quedar fuera del debate. Quienes rechazan moralmente esta posibilidad continúan teniendo pleno derecho a no solicitarla. La diferencia es que quienes sí desean hacerlo ya no están condenados a afrontar sufrimientos que consideran incompatibles con su propia idea de dignidad.

La libertad individual consiste precisamente en eso. En poder decidir sobre cuestiones profundamente personales sin imponer esa decisión a los demás. España se incorporó hace cinco años al grupo de países que reconocen este derecho. Lejos de los temores anunciados, la experiencia demuestra que la regulación funciona con controles, garantías y supervisión médica.

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