La reproducción asistida en España se enfrenta a un problema que hace unos años habría parecido improbable: faltan donantes de semen justo cuando la demanda no deja de crecer. Lo que está en juego no es un detalle técnico ni una anécdota médica, sino una tensión de fondo entre cambios sociales profundos, límites biológicos y un modelo sanitario que empieza a rozar su capacidad de respuesta.
Los centros de fertilidad consultados describen un escenario inquietante. Cada vez cuesta más encontrar candidatos, la proporción de descartes aumenta y, además, una parte creciente de los aspirantes abandona el proceso antes de completarlo. En paralelo, la demanda sube por el retraso de la maternidad, la expansión de nuevos modelos familiares y el aumento de los tratamientos de reproducción asistida. El resultado es un mercado médico bajo presión, donde la escasez ya no se explica solo por la oferta, sino por la fragilidad del propio material biológico y por el cambio de hábitos de las nuevas generaciones.
Menos interés y más abandono
La primera explicación que ofrecen las clínicas es social antes que clínica. La doctora Eva García, responsable del banco de semen del Instituto Bernabéu, sostiene en declaraciones a ABC que el interés de los jóvenes por donar ha caído de forma perceptible. El proceso exige tiempo, seguimiento, varias visitas, pruebas médicas y abstinencia durante días, una secuencia que choca con una cultura cada vez más impaciente y menos dispuesta a comprometerse con trámites prolongados.
A eso se suma un dato que, aunque pueda parecer secundario, pesa más de lo que parece: la compensación económica ya no resulta suficientemente atractiva para muchos candidatos. Si durante años el pequeño incentivo bastaba para compensar molestias y tiempos de espera, ahora ese equilibrio se ha roto. La donación de semen ha dejado de verse como una colaboración puntual compatible con la rutina y empieza a percibirse como una carga que compite con otras prioridades vitales.
El problema no es solo que haya menos interesados, sino que muchos empiezan el proceso y lo abandonan. Esa fuga intermedia es especialmente dañina para las clínicas, porque encarece la captación, ralentiza la obtención de muestras y aumenta la sensación de fragilidad en un sistema que necesita continuidad y previsibilidad.
El miedo a la pérdida del anonimato
A la fatiga del proceso se suma una preocupación mucho más estratégica: el anonimato. España mantiene un marco legal que protege la identidad del donante y la de la familia receptora, salvo casos excepcionales de salud. Pero la experiencia de países como Portugal y Francia, donde el descendiente puede acceder a la identidad del donante al cumplir 18 años, ha abierto una grieta de incertidumbre.
Muchos candidatos no solo donan semen; también proyectan sobre ese acto una expectativa de anonimato permanente. Si esa garantía se debilita, aunque sea en el plano del debate público, el incentivo cae. La directora del banco de semen del Instituto Bernabéu advierte de que ya han visto casos de hombres que llegan a la fase de pruebas y luego deciden retirarse por temor a que ese blindaje desaparezca en el futuro.
La cuestión tiene una dimensión ética compleja. Por un lado, el derecho del nacido a conocer su origen biológico gana fuerza en varios países europeos. Por otro, los bancos de semen temen una caída muy brusca de donantes si España siguiera ese camino. El propio Instituto Bernabéu calcula que la eliminación del anonimato podría provocar un descenso del número de aspirantes de en torno al 65%, una cifra que ilustra hasta qué punto el equilibrio actual es frágil.
La calidad seminal cae
El otro gran frente no es social, sino biológico. Las clínicas no solo encuentran menos donantes; encuentran peores muestras. Los estándares mínimos de la OMS sirven como referencia, pero los bancos de semen suelen exigir más. No se conforman con que una muestra sea aceptable en términos generales: buscan calidad por encima de la media y capacidad de soportar la congelación y la descongelación sin una caída significativa del rendimiento.
Esa exigencia deja fuera a una proporción altísima de aspirantes. En el Instituto Bernabéu, algo más del 60% queda descartado durante el proceso, mientras que otros centros elevan esa cifra al 80 o 85%. El motivo principal es la calidad seminal, que lleva décadas deteriorándose. Un metaanálisis internacional publicado en 2023 en Human Reproduction Update estimó que la concentración de espermatozoides se había reducido un 51,6% a escala global entre 1973 y 2018, con una aceleración del descenso desde comienzos de este siglo.
Los datos más recientes de algunas clínicas españolas apuntan en la misma dirección. El Instituto Bernabéu ha detectado una caída del 17% en el volumen del eyaculado en el último lustro y una bajada muy marcada en la morfología normal de los espermatozoides. Lo que hace unas décadas era una excepción comienza a parecer un patrón: más muestras, sí, pero con menos movilidad, menos volumen y menor calidad global.
Hábitos, estrés y entorno
Los especialistas no atribuyen este deterioro a una sola causa. Hablan de una combinación de factores que incluye estrés, sedentarismo, obesidad, mala alimentación, consumo de alcohol y tabaco, determinados fármacos, infecciones y exposición a tóxicos ambientales como contaminación o microplásticos. La producción espermática es muy sensible a las condiciones de vida y, a diferencia de otras funciones biológicas más estables, responde con rapidez a los cambios del entorno.
Esa sensibilidad convierte el problema en algo más que médico. Es también un síntoma de época. La salud reproductiva masculina refleja, en miniatura, el desgaste de estilos de vida urbanos cada vez más tensionados, menos equilibrados y más expuestos a factores que deterioran la fertilidad sin que el individuo lo perciba de inmediato.
El resultado es un círculo vicioso: cuanto más empeoran los parámetros, más exigentes se vuelven los bancos, y cuanto más exigentes son los bancos, más aspirantes quedan fuera. La escasez no se produce solo porque haya menos personas dispuestas a donar, sino porque la base biológica disponible también se estrecha.
Más demanda por nuevas familias
Mientras la oferta se reduce, la demanda aumenta. España ha visto cómo la maternidad se retrasa de forma sostenida y cómo crece el número de mujeres que acuden a reproducción asistida con edades más avanzadas. La edad media de la maternidad ya supera los 32 años, y una parte significativa de los nacimientos corresponde a madres de 40 o más años.
A ese retraso se suma un cambio social de enorme calado: la consolidación de nuevos modelos familiares. Parejas de mujeres y mujeres que afrontan la maternidad en solitario recurren cada vez más a semen de donante, lo que amplía la base de demanda más allá del esquema tradicional de infertilidad biológica de una pareja heterosexual. Esa transformación es positiva en términos de derechos y pluralidad familiar, pero añade presión a un sistema que ya está tenso por el lado de la oferta.
En paralelo, muchas pacientes llegan tarde a reproducción asistida después de años de intentos, diagnósticos incompletos o tratamientos fallidos en otros centros. Eso significa que el sistema no solo atiende a más personas, sino a personas con trayectorias más largas, más complejas y, a menudo, más urgentes. La consecuencia es clara: el semen de donante se convierte en un recurso más escaso y más estratégico.
Límite de seis niños
La legislación española impone un límite importante: el semen de cada donante puede utilizarse hasta que nazcan seis niños a partir de sus muestras. Después, el material sobrante debe destruirse. Ese techo pretende reducir el riesgo de consanguinidad accidental y facilitar la trazabilidad sanitaria si aparecieran problemas genéticos o médicos asociados a un donante concreto.
La medida introduce un control prudente en un sistema que maneja vidas futuras, pero también reduce el margen de maniobra de los bancos cuando la demanda crece y los donantes escasean. Cada perfil útil tiene un recorrido limitado, y eso obliga a renovar continuamente la captación. En un contexto de caída de aspirantes y aumento de descartes, ese límite legal se convierte en un factor adicional de presión.
La referencia al caso danés de un donante con un gen cancerígeno, cuyos gametos dieron lugar a numerosos hijos en varios países, refuerza la lógica de prudencia detrás de estas restricciones. La reproducción asistida necesita volumen, pero necesita aún más seguridad. Y esa combinación se vuelve cada vez más difícil cuando la biología ofrece menos margen y la sociedad demanda más soluciones.
Un sistema al límite
El gran problema de fondo es que el sistema de reproducción asistida se está ajustando por ambas bandas al mismo tiempo. Por arriba, la demanda sube. Por abajo, la oferta cae. Y entre medias, la calidad de las muestras se debilita. Es una tormenta perfecta que no solo amenaza la disponibilidad de semen, sino también el modelo de acceso a tratamientos que se ha vuelto cada vez más central para muchas familias.
España ha construido una reputación sólida en medicina reproductiva, pero esa fortaleza depende de una cadena de confianza que no puede darse por supuesta. Si el anonimato se cuestiona, si la calidad seminal sigue descendiendo y si los jóvenes pierden interés por donar, la presión sobre las clínicas aumentará de forma rápida. Ya no hablamos de una dificultad coyuntural, sino de una transformación estructural.
La gran pregunta no es solo cómo captar más donantes, sino cómo sostener un sistema en el que la biología, la cultura y la legislación van en direcciones distintas. Ahí está la verdadera tensión de este momento: un país que necesita más semen de donante justo cuando produce menos, lo ofrece con más dudas y lo somete a mayores restricciones.
Si la tendencia actual continúa, la reproducción asistida deberá adaptarse a un escenario mucho más estrecho. Habrá que invertir en campañas de captación más eficaces, reforzar la educación sobre salud reproductiva masculina y revisar si la protección del anonimato, tal y como está planteada, sigue siendo el mejor incentivo posible para un sistema que depende de la voluntad de unos pocos.
Pero incluso eso puede no bastar. El deterioro de la calidad seminal no se corrige solo con más comunicación; exige una reflexión sanitaria más amplia sobre hábitos de vida, contaminación, salud laboral y prevención. La reproducción asistida ya no es un asunto marginal de laboratorio. Se ha convertido en un termómetro de la salud social y biológica de una generación.
Y ese termómetro, hoy, marca una advertencia clara: si no cambian las tendencias, encontrar donantes será cada vez más difícil justo cuando más necesarios resultan.
Esto es lo último que le faltaba a Pedro Sánchez, una crisis de donación de esperma de la que, por cierto, él no es responsable.
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