“Un nombre es mucho más que una simple etiqueta para distinguir a una persona de otra”

Xesús García publica la novela ‘Nadie entierra los nombres’, la historia de un joven jesuita que regresa a su Navarra natal procedente de la violencia vivida en El Salvador en los años ochenta

17 de Octubre de 2026
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XESÚS GARCÍA nombre

En febrero de 1983, José María Arizaleta, jesuita navarro de treinta y cinco años e ingeniero electrónico de formación, ha regresado a Pamplona después de varios años en El Salvador convertido en un hombre distinto. La violencia de la guerra y, en particular, un episodio que aún no es capaz de narrar ha destruido su fe. Se aísla y contempla seriamente abandonar la Compañía de Jesús. A ese deterioro se suman una madre que padece una demencia avanzada, un hermano en prisión, una hermana de la que se ha distanciado y un asma que ha empeorado desde su regreso. Su médico sustituye parte del tratamiento por un nuevo medicamento, Manex, cuyo principio activo es la criasolina, y le advierte que debe seguir escrupulosamente la pauta. Su madre, por su parte, recibe Cardisomn, que contiene proprilazepam.

La sinopsis corresponde a la novela Nadie entierra los nombres, original de Xesús García, quizá el más latinoamericano de los escritores españoles actuales. Y esto se puede afirmar no solo porque nació en Gijón, Asturias (1966) y creció en México, sino también por el estilo de su literatura, muy influenciada por las corrientes surgidas de esa región. Actualmente García, ingeniero en Electrónica y Comunicaciones, reside en Estados Unidos. “Nadie entierra los nombres” representa uno de los grandes descubrimientos literarios de la temporada.

¿’Nadie entierra los nombres’?

El título se desprende de las reflexiones del protagonista ante un entierro en una fosa común. Allí se sepultan los cuerpos, ya sin nombres. Un anonimato forzado. Los restos se suman a otros de los que apenas queda memoria, como si la soledad del sepelio pudiera borrar también quiénes fueron y lo que les ocurrió. El olvido total.

Creo que un nombre es mucho más que una simple etiqueta para distinguir a una persona de otra. Permite que quien lo lleva siga siendo alguien, aun bajo tierra, y por ello olvidar su nombre puede ser más cruel que la propia muerte. Los nombres no deberían enterrarse jamás.

Después, el sentido del título se extiende a otras vivencias que también pueden quedar sepultadas, aunque no haya un cementerio de por medio.

Novela introspectiva contada en primera persona. ¿Tiene que ver contigo, te metes en la piel de unos hechos que viviste o todo es imaginación?

La novela es una obra de ficción. Sus personajes y los hechos centrales de la trama son producto de la imaginación, aunque están inspirados en muchas vivencias personales y se desarrollan en un contexto histórico que espero sea reconocible. Domina la imaginación, pero es imposible apartarse por completo de lo que uno ha vivido al escribir.

En los años ochenta, era adolescente y, aunque vivía en México, pasaba algunos veranos en Asturias. España todavía buscaba su rumbo tras la dictadura y en México la riqueza exuberante convivía con una pobreza que dolía. Esa experiencia de contrastes me dejó una manera de mirar que se mantiene presente a lo largo de la novela.

1983 fue un año muy especial para mí. Aquel verano conocí a gente que había estado en comunidades de base en El Salvador durante la guerra civil y descubrí las ideas de la teología de la liberación. Aquellos encuentros me hicieron ver la realidad que me rodeaba de otra manera. José María viene de vivir aquella guerra. Cuando entra en contacto con las clases altas mexicanas y con un clero acomodado cercano a ellas, resulta inevitable que salten chispas. Mi experiencia alimenta ese contraste, pero la vida del protagonista es la suya.

Ambos compartimos una formación técnica y la necesidad de entender cómo funcionan las cosas. Eso me ayudó a acercarme a él. La primera persona me permitió entrar en él y acompañar sus dudas.

José María cuenta lo sucedido muchos años después, y esa distancia entre lo que vivió entonces y lo que recuerda al contarlo también forma parte de la historia.

El jesuita navarro José María Arizaleta, personaje determinante en tu obra, tiene una vida apasionante e intensa. Su realidad se desarrolla entre la violencia de la guerra en El Salvador, la fe que se le desploma y una vida personal compleja. ¿Quién es este hombre?

José María es jesuita e ingeniero a la vez. Vive sumido en una culpa que no se atreve a enfrentar y la guerra lo ha marcado. Está decepcionado del mundo. Regresa a Navarra con la fe herida, sin saber cómo relacionarse con su familia y considerando abandonar la Compañía de Jesús. Tiene una formación científica y metodológica, pero eso no lo prepara para resolver lo que lleva dentro.

Desde su óptica, el mundo es injusto y está atravesado por una lucha de clases permanente. La teología de la liberación le da sentido a su compromiso con quienes sufren, aun cuando ya no puede sostener las certezas religiosas que antes le daban fundamento. Le cuesta desprenderse de una vida entera, de sus vínculos. Y de la obediencia. Marifuente, el jesuita que intenta devolverlo al mundo, es uno de los pilares que aún lo sostienen con dificultad.

En esas condiciones recibe el encargo de participar en la investigación de unas supuestas apariciones marianas a una adolescente, hija de un acaudalado empresario mexicano. En ellas coinciden los intereses del clero, políticos, empresarios y la prensa. Su escepticismo parece una ventaja, hasta que empieza a costarle distinguir qué es verdad y cuánto puede confiar en su propia percepción. Quise que fuera un hombre capaz de actuar y también de equivocarse, y que sus errores tuvieran consecuencias, incluso cuando intentara hacer lo correcto.

“1983 fue un año muy especial para mí. Aquel verano conocí a gente que había estado en comunidades de base en El Salvador durante la guerra civil y descubrí las ideas de la teología de la liberación”

México ocupa un lugar muy importante en la vida de este jesuita.

Sí. México lo obliga a salir del encierro en el que se había quedado después de El Salvador. Llega por un encargo que no desea y se encuentra con un país que supera lo que cree saber, donde la devoción y los intereses económicos pueden converger con las necesidades más elementales al mismo tiempo.

Durante sus días en San Miguel Tlalilnamican, en Querétaro, José María conoce a algunas personas del pueblo que le ofrecen hospitalidad y, a la vez, le muestran una manera distinta de entender lo que sucede. En ellos descubre una historia que la mirada católica no alcanza a abarcar del todo. Las creencias y saberes de raíz prehispánica se mezclan con la vida cotidiana. Ese mundo lo embelesa y lo confunde, pero a la vez se siente acogido y comprendido en él.

México se convierte así en un lugar donde puede reconsiderar su relación con los demás. Había llegado a regañadientes para observar y emitir un juicio, y termina enmarañado en los acontecimientos de una manera que ni siquiera podía imaginar. Y esa experiencia cambia lo que está dispuesto a hacer con su vida, aunque prefiero no revelar de hasta dónde lo lleva todo esto.

Tu novela es difícil de etiquetar. Suspense psicológico y misterio, con investigación, contexto histórico y ambigüedad sobrenatural, acontece en distintos lugares y la narras pensando en literatura de alta profundidad. ¿Qué te interesa lograr en el lector?

Cuando escribí la novela no pensé en un género en particular. Quise presentar a un hombre golpeado que se encuentra en una encrucijada moral, en medio de contrastes que a veces rozan lo ridículo, pero sin reducirlos a una visión maniquea. La riqueza extrema de las clases altas mexicanas contrasta con la pobreza de un pueblo que quiere ver en las visiones de una joven una oportunidad de salir adelante. A ello se suman los intereses que surgen en torno a un fenómeno que, para unos, es esperanza y para otros, una oportunidad de negocio.

El suspense se construye en torno al propio personaje, algo que aprendí leyendo a Highsmith. Más allá de los acontecimientos, la tensión nace de acompañar a alguien cuya capacidad para interpretar lo que ocurre se vuelve cada vez más incierta, mientras la investigación y las amenazas se encaminan hacia un desenlace que podría poner en peligro la vida del protagonista. José María explora desde diferentes ángulos una realidad que termina volviéndose en su contra.

Me gustaría que quien lea la novela se adentre en ella y viva intensamente la experiencia. Que sienta la necesidad de saber qué está pasando, junto con la incomodidad de no tener un lugar del todo seguro desde el que juzgarlo. Que se permita escuchar voces distintas, incluso cuando contradigan lo que parecía evidente apenas unas páginas antes. La ambigüedad sobrenatural forma parte de esa incertidumbre.

También quisiera que se vivan a fondo los lugares. Que se sienta el frío de Navarra, los olores y colores de México, los sonidos y las maneras de hablar de aquella época.

Y aunque hay una crudeza que debe estar ahí, también hay ironía y momentos de cercanía. Espero que la intriga invite a seguir leyendo y que, al cerrar el libro, quede algo de la vida de ese hombre en la memoria. Que quede alguna pregunta que merezca acompañarnos después.

¿Dirías que es una novela latinoamericana?

Quiero pensar que sí. Aunque nací en España, crecí en México, donde llegué muy joven. Mi vida está profundamente ligada a América Latina, tanto en lo personal como en mi experiencia laboral. Tuve la gran oportunidad de conocer, además de ese país extraordinario, buena parte del continente gracias a mi trabajo en el mundo de la tecnología durante más de tres décadas. Y esa realidad ha marcado mi manera de mirar.

Creo que eso también se aprecia en la narración. En las voces del pueblo, en las maneras de contar y en cómo cada personaje intenta entender lo que sucede a partir de lo que sabe y de lo que cree saber. Lo fabuloso entra en la conversación cotidiana, mientras que el dinero, la necesidad y la ambición de las jerarquías siguen teniendo consecuencias muy concretas.

Mi formación como lector también debe mucho a la literatura latinoamericana. En esta novela hay una voz navarra que se encuentra con otras voces mexicanas, y una historia salvadoreña que el protagonista lleva consigo. Me interesa ese encuentro, la manera en que una lengua compartida contiene mundos tan distintos. Es bastante parecido a cómo yo mismo lo he vivido.

¿La memoria puede ser una salvación o también una condena?

La memoria duele y puede ser una condena que a veces salva. Creo que cuanto más intentamos evadir nuestras responsabilidades por aquello que hicimos y no supimos resolver en su momento, más espacio puede ocupar la culpa. Hay recuerdos que vuelven con una fuerza que termina por dominarnos.

Pero no veo la memoria como un registro intacto de lo ocurrido. Cambia, se distorsiona. Y sí, a veces nos protege. Se ordena y se desplaza hasta que encontramos una versión con la que podemos seguir viviendo. Aunque esa protección puede tener un coste. Recordar exige preguntarse también qué hemos preferido no mirar y qué hemos dejado fuera de las historias que contamos.

Quizá la puerta a una salvación se abre cuando logramos enfrentar las consecuencias de nuestros actos. Cuando asumimos nuestra responsabilidad e intentamos reparar lo que hicimos hasta donde nos es posible. Eso no significa que todo pueda repararse ni que decir la verdad conceda automáticamente el perdón. Hay daños que permanecen. Quise explorar qué puede hacer una persona con ellos cuando ya no quiere seguir escondiéndose.

¿El peso de creer o la liberación de no creer es una dicotomía presente en la novela?

Está presente, aunque no creo que se resuelva de una manera tan limpia. Dentro de la tradición católica, la carta de Santiago afirma que la fe sin obras está muerta. La novela intenta abordar qué ocurre con las obras que se hacen sin fe, una pregunta que surge al darle la vuelta a esa idea. Es un juego de palabras muy sencillo que me ayudó a explorar un conflicto que para José María resulta muy concreto.

Cuando el protagonista pierde la fe, también pierde una forma de explicar el mundo y de entender su lugar en él. Pero eso no lo libera de inmediato. Sigue viviendo dentro de obligaciones y vínculos que no desaparecen solo porque deje de creer. Sin embargo, la necesidad de ayudar a otros puede sobrevivir a esa pérdida y convertirse en una forma diferente de fe que lo hace actuar incluso cuando ha dejado de creer.

Pienso que la ausencia de fe puede abrir un camino hacia la liberación de una persona, pero también la deja vulnerable frente a sus propias decisiones, sin la misma certeza ni el amparo que dan la obediencia o el escudo del dogma. José María tiene que aprender a mantenerse fiel a su compromiso, convencido de que lo que hace merece la pena y, a la vez, consciente de las consecuencias que sus decisiones tienen para los demás.

¿Qué lee Xesús García? ¿Tienes referentes literarios?

Todo cuanto cae en mis manos, sin distinción. Mi padre tenía en casa una biblioteca bien surtida y, después de pasar por el rito de iniciación de rigor de la mano de Salgari, Verne, Blyton y Tolkien, descubrí, a los doce años, a Mika Waltari. El escritor finlandés me marcó para siempre y sembró en mí la dolorosa ilusión de llegar algún día a ser escritor. Devoré cuanto había de Waltari en aquellos estantes. A partir de ahí, ya todo fue imparable. Me perdí en los universos especulativos de Asimov, Clarke y Philip K. Dick. Me adentré en los conflictos morales de Tolstói y Dostoyevski, y en la España desencantada de Pío Baroja. Pasé por Kafka, Camus, Orwell, Hesse y Eco, entre muchos otros.

En América Latina encontré una tradición decisiva, especialmente en Borges, Cortázar, Rulfo y García Márquez. Con los años, esas lecturas fueron borrando las fronteras entre géneros y tradiciones. Patricia Highsmith, Paul Auster, Kazuo Ishiguro, Javier Marías, Claudia Piñeiro y Samanta Schweblin se fueron incorporando a ese mapa.

Leo más por curiosidad que por fidelidad a un género. Puedo pasar de un thriller de moda a una novela experimental, de la ficción especulativa a la histórica o del ensayo a la divulgación científica. La historia, la ciencia y las ideas ocupan tanto espacio en mi mesita de noche —y en mi inseparable Kindle— como la ficción.

 

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