"Somos seres extraordinarios que hemos olvidado nuestro verdadero origen”

Paqui Caballero rompe moldes en ‘El viaje del alma’, una introspección hacia lo más profundo de nuestros miedos para descubrir que la inmortalidad pertenece a los humanos

Eduardo Maestre
08 de Abril de 2026
Actualizado a las 12:04h
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Paqui Caballero somos seres

Paqui Caballero (Figueres, 1975) no cree en la muerte, en realidad no cree en la fugacidad que el actual sistema nos vende. La autora del libro El viaje del alma nos deja una serie de planteamientos que rompen muchos moldes de nuestra cultura y de nuestros miedos. Sus estudios académicos (diplomada en magisterio, licenciada en psicopedagogía y máster en Diagnóstico e intervención Neuropsicopedagógica) no condicionaron su mirada. Al contrario, para ella lo que hoy comprende forma parte de esa otra realidad a la cual pertenecemos. “Un camino de regreso: un proceso para recordar quiénes somos, por qué estamos aquí y cuál es el sentido profundo de nuestra existencia”, afirma convencida.

¿Qué le diría a un lector escéptico que se tropieza con su libro?

Léelo, no pierdes nada y te puede cambiar la vida. Puede ser un punto de inflexión para ti. La posibilidad de abrir tu mente y “recordar” quién eres y qué has venido a hacer. Y entender qué pasa después de la muerte desde la experiencia de una persona que ha investigado durante mucho tiempo y experimentado cosas inexplicables.

¿Cuál es El viaje del alma?

Es el camino que nos lleva a comprender que somos inmortales, que Dios y la Humanidad no están separados, sino que forman una misma unidad. Es el viaje que todos iniciamos al salir de la Fuente Divina, de Dios, de la Consciencia Universal, o como cada uno prefiera nombrarlo. Es, en el fondo, un camino de regreso: un proceso para recordar quiénes somos, por qué estamos aquí y cuál es el sentido profundo de nuestra existencia. También es una invitación a reconocer nuestra grandeza, porque no somos seres insignificantes en medio de la inmensidad del Universo. Algunas filosofías dicen que somos dioses en la Tierra; yo diría que somos seres extraordinarios que han olvidado su verdadero origen. Y por eso afirmo que ni siquiera la muerte nos detiene. La muerte no es el final del partido, nos deja momentáneamente en el banquillo, mientras la vida, en otra dimensión, continúa. Nuestra energía sigue, nuestro ser no desaparece: cambia de espacio, de escenario, de traje… pero nunca deja de existir.

¿Cómo una diplomada en magisterio, licenciada en psicopedagogía y máster en Diagnóstico e intervención Neuropsicopedagógica se convierte en mentora espiritual? ¿Cómo se da ese proceso?

¡Me encanta esa pregunta! Ja, ja, ja. Porque es verdad que es un poco chocante. Verás, a los siete años tuve una experiencia con otro plano de realidad. Desde entonces, siempre quise entender qué me había pasado y por qué. Hoy lo sé, y lo cuento todo en el libro. Además, la muerte de mi madre, cuando yo tenía 13 años, me abrió muchísimas incógnitas. Fue entonces cuando empecé a investigar sobre metafísica, a leer acerca de diferentes culturas y filosofías, y a profundizar en todo tipo de libros relacionados con la vida después de la muerte. Leí a la doctora Elisabeth Kübler-Ross, a Betty J. Eadie, al doctor Eben Alexander, al doctor Brian Weiss, a Raymond Moody, a J. J. Benítez, Paulo Coelho, David Lifar, Bruce Lipton, entre muchos otros. Y me di cuenta de que en los libros en los que se hablaba de Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM), sobre todo los de la doctora Kübbler Ross, Betty J. Eadie y Brian Weiss, todos coincidían a la hora de describir ese tipo de experiencias. Y la información coincidía, en parte, con lo que mi padre relataba, él tuvo una ECM. Paralelamente a todo esto, fui formándome en distintas disciplinas relacionadas con las terapias alternativas. Me formé en Técnicas de Liberación Emocional, Reiki, Kinesiología, Shiatsu Zen, Constelaciones Familiares, Terapia Regresiva, coaching, arquetipos, minerales, entre muchas otras.  Y así fui alternando una formación más ortodoxa o reglada con otra de carácter más alternativo.

Todo esto sucedía mientras yo era cada vez más consciente de que tenía la capacidad de canalizar información del campo cuántico o de la supraconciencia. Y esa capacidad venía relacionada con lo que me pasó a los siete años. Y así fue como fui despertando ese “don” de forma más consciente y voluntaria.

Hoy ayudo a las personas a descubrir qué les impide avanzar, y a sanar sus corazones desde otro prisma, desde otra mirada, a través de una información que llega para calmar, dar cobijo y ofrecer consuelo. Y, ciertamente, la persona experimenta un gran cambio a mejor en muchos aspectos de su vida.

“Es, en el fondo, un camino de regreso: un proceso para recordar quiénes somos, por qué estamos aquí y cuál es el sentido profundo de nuestra existencia. También es una invitación a reconocer nuestra grandeza”

El viaje del alma es el primer libro de una saga. ¿En qué momento le surge la necesidad de hacer este libro y la saga?

Pues surge en el momento en que empiezo a vivir ciertas experiencias difíciles de explicar, pero que sentía que podían aportar luz a muchas personas. Poco a poco fui comprendiendo que todo lo que recibía no era solo para mí, sino también para compartirlo y entregarlo al mundo. Todas mis experiencias personales, muchas de las cuales podrían considerarse “místicas”, no cabían en un solo libro, así que decidí dividirlas en tres. De ahí, la existencia de la saga.

¿El temor a la muerte nos impide vivir mejor?

Cualquier miedo presente en nuestras vidas nos impide vivir plenamente. El temor paraliza, en cambio, el amor y la comprensión sanan, reparan y transforman. Cada persona debe preguntarse cómo quiere vivir: si desde el miedo o desde el amor. Es una elección diaria, y depende únicamente de nosotros, de nuestro libre albedrío. A la muerte se le puede tener respeto, pero no miedo. Forma parte de la vida. Es como el agua, que pasa de hielo a líquido y de líquido a vapor: cambia de estado, pero en esencia sigue siendo agua.

¿La inmediatez de la vida diaria limita nuestra mirada?

Desde luego vivimos muy desconectados por culpa de las prisas. Hay que volver a parar, a mirarnos a los ojos, a observar. A agradecer. Solo así podremos escuchar nuestro interior y vivir en coherencia. Definitivamente, sí, la inmediatez exacerbada limita nuestra mirada, nuestra conexión con nosotros mismos. Los antiguos tenían tiempo para reflexionar, debatir y observar las leyes de la naturaleza. Hay que volver a recuperar eso. Encontrar espacios para el silencio y la introspección eso amplia nuestra mirada.

¿Al poder le interesa que seamos ignorantes de nuestra existencia?

Al poder le interesa manejarnos. Le interesa mantenernos entretenidos para que no pensemos, porque pensar nos hace libres. Sentir nos eleva. En cambio, estar continuamente ocupados nos desconecta de lo verdaderamente importante. Mi propuesta para volver a conectarnos es muy sencilla: volver a jugar. Niños, adultos y mayores, reunirnos de nuevo alrededor de una mesa, sin importar a qué juego, pero jugar. Volver a sentirnos como niños nos reconecta con nosotros mismos y con los demás. Y también nos reconecta volver a la naturaleza. Es así, como nos recordamos a nosotros mismos que estamos viviendo esta existencia, esta experiencia física. Por desgracia, hoy vivimos tan desconectados que a veces podemos tener a alguien al lado pasando por un mal momento y ni siquiera darnos cuenta. Se ha creado una especie de insensibilidad hacia lo ajeno, una actitud que se resume en la típica frase: “esto no va conmigo”. Debemos regresar al concepto de Unidad. Volver a mirarnos a los ojos, a decirnos de nuevo: “Estoy aquí para ti, dime qué necesitas”. Ser accesibles, estar disponibles y presentes para quienes nos rodean.

Ayuda a adultos y niños en su labor de mentora. ¿Cómo es su labor con niños convalecientes, con enfermedades crónicas?

Son cosas distintas, en el trabajo con niños convalecientes se trata de ayudarles a sobrellevar su situación, a nivel académico, psicológico, emocional y mental. Soy una especie de “Mary Poppins”, les ayudo un tiempo en su casa y cuando ya pueden regresar a la escuela se acaba mi servicio. Y los jóvenes o adultos que ayudo con mis mentorías. Suelen ser personas en busca del sentido de su vida y de su propósito. Personas que solo necesitan girar unos grados su rumbo para volver a estar en su centro, enfocados, reparados. La mayoría necesita consuelo y claridad. Los registros akáshicos que es una de las terapias que llevo a cabo en mis mentorías no son un oráculo, pero sí les aporta la claridad que su alma necesita en ese momento de su vida. Te guían, pero no te imponen. No sirven para adivinarte el futuro o decirte qué debes hacer. Son una guía, ofrecen una nueva mirada a lo que te pasa para que lo puedas integrar y sanar.

¿Qué es lo más difícil de superar, culturalmente hablando, cuando ayuda a un adulto?

Lo más difícil es cuando el adulto enfrenta la muerte de un hijo, de una pareja o de sus padres o hermanos. El duelo es complicado, porque cada uno lo debe vivir como lo sienta y dependerá mucho de su sistema de creencias, de sus recursos internos, etc. Pero lo más común que suelo tratar son bloqueos por la sensación de abandono que tienen respecto a uno de los dos progenitores. La herida de abandono en la infancia es muy frecuente.

¿Qué le diría a alguien ante el temor a la muerte?

Le diría que la muerte, tal como solemos entenderla, no existe. No es un “se acabó” definitivo, no es simplemente que termina nuestro tiempo en la Tierra y todo desaparece. Para mí, después de investigar durante más de 30 años, la muerte es un estado que experimenta el Ser; forma parte de la vida y constituye una etapa necesaria para seguir creciendo y evolucionando. Sobre todo, le compartiría una experiencia que marcó profundamente mi vida: yo misma contacté con mi cuñada en astral mientras la estaban velando en el tanatorio. Mi cuñada, Cristina, tenía 32 años cuando murió. Vivía a 1.000 kilómetros de nosotros y había fallecido el día anterior, después de no poder superar la enfermedad que la acechó durante meses. Como cuento en mi libro, pude comunicarme con ella a nivel astral, es decir, a través de mi cuerpo energético. Fue una experiencia absolutamente increíble: pudimos hablar, compartir e incluso reír juntas. Jamás podré olvidarlo. Esa vivencia no me dejó ninguna duda: su alma seguía viva. Ella solo había dejado aquí el cuerpo físico, ese “traje” que utilizó en esta obra de teatro que llamamos vida. Según mis experiencias e investigaciones, ese otro lado se asemeja a una escuela en la que el alma continúa aprendiendo. En milésimas de segundo tiene lugar una revisión de vida, en la que contemplamos qué aprendizajes hemos integrado y cuáles han quedado pendientes. Después, volvemos a establecer nuevos acuerdos en función de lo que nuestra alma necesita para seguir expandiéndose. A veces volviendo a encarnar o a veces pasando un tiempo más en esa otra dimensión que muchos llamamos cielo. Allí, seguimos aprendiendo y estando al servicio de Dios. Lo sé porque años más tarde soñé con ella y la vi, literalmente, dando clases a unas 20 personas que estaban a punto de encarnar en la Tierra. Y ella les explicaba cómo era la vida aquí en la Tierra. Estaba pletórica y feliz. Cuando se lo conté a mi suegra, se me puso la piel de gallina. Dijo que Cristina siempre había querido ser profesora. Pero al final no lo fue porque dejo sus estudios cuando era más joven.

Los pactos álmicos, el sentido profundo de los lazos familiares y esas aparentes casualidades imposibles de explicar también las desarrollo en mi libro. Pero, por encima de todo, hay un mensaje esencial que deseo transmitir: no desaparecemos con la muerte, solo nos transformamos. Mi deseo es llevar un poco más de luz a este tema que durante años ha sido un gran tabú.

 

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