Como un ciclón escribe, como un ciclón quiere que sus lectores se adentren sin ambages en las andanzas de una niña que decide llamarse Madonna en un acto de rebeldía sin vuelta atrás para huir de un mundo que no le pertenece y que huele a cabras para adentrarse en otro donde el horizonte lo marca la música de Bowie o Nirvana y la imperiosa necesidad de “una identidad fuerte y libre que la empuje”. La polifacética Natalia Moreno (Zaragoza, 1979) –cineasta, productora, dramaturga y guionista– debuta en la novela con Madonna no nació en Wisconsin (Galaxia Gutenberg), una ópera prima torrencial que cuenta la historia de una mujer que mira atrás a su infancia para sentirse viva de nuevo, de otra forma, con el ímpetu que genera la reconciliación con la memoria.
¿De qué profundidades surge la necesidad de escribir esta primera novela?
De una vida demasiado plana y una necesidad profunda de riesgo. De esa clase de existencia en la que todo está más o menos en orden, pero tú estás por dentro como un pez congelado. Una mañana me sentí adulta, funcional, llena de buenas decisiones, muy aburrida y sin ninguna gana. Ahí entendí que o escribía algo peligroso o me convertía en una señora sensata que compra pan de espelta y tiene miedo a las corrientes de aire. La novela nace como un pequeño sabotaje personal.
¿Cómo ha influido su procedencia del teatro y el cine para afrontar la novela?
Mucho. Vengo de un mundo donde todo tiene que respirar, moverse, sudar, tener ritmo. Así que la novela no la he escrito como un ejercicio de corrección, la he escrito como si estuviera rodando una escena sin permisos. Con todo el riesgo. El teatro y el cine te enseñan que si algo no tiene pulso, el espectador se duerme. Yo no quería que el lector se durmiera. Quería que leyera como quien se fuma un cigarro a escondidas. Eso me permitió ser más salvaje, más libre.
“El pasado no sana. El pasado muerde o acaricia”
¿Quién es Madonna, a grandes rasgos?
Madonna es una niña de pueblo que un día decide que su vida no puede quedarse ahí, entre cabras, polvo y silencios. Es una cría que escucha a Bowie, Nirvana o Nick Drake en un radiocasete pequeño y entiende que el mundo es mucho más grande que lo que tiene delante. Entonces hace lo único que puede hacer alguien sin dinero, sin contactos y sin plan, se inventa a sí misma. Decide llamarse Madonna. No para ser una estrella, sino porque necesita una identidad fuerte y libre que la empuje. No para ser famosa, sino para sobrevivir.
La crisis la conduce a reencontrarse con la niña que fue. ¿El pasado sana o empeora las cosas?
El pasado no sana. El pasado muerde o acaricia. Es como abrir un trastero lleno de cajas sin etiquetar. Puede que encuentres un tesoro, o puede que te caiga encima una bici estática del año 94. En la novela ocurre un poco de las dos cosas. Volver al pasado no es terapéutico ni luminoso, es incómodo, a veces feo, a veces muy tierno. Pero también es la única forma de recordar quién eras antes de empezar a hacer las cosas “como se supone que hay que hacerlas”. Del pasado deberíamos aprender, en él están las claves del futuro. La historia lo demuestra una y otra vez, si no miramos atrás, tropezamos siempre con la misma piedra.
“Esta primera novela nace de una vida demasiado plana y una necesidad profunda de riesgo”
¿Regresar a la infancia como analgésico o como anfetamina?
Como anfetamina barata de gasolinera. De esas que te aceleran el corazón y te hacen tomar decisiones pésimas, pero al menos te sientes viva. La infancia, en esta novela, no es un refugio dulce. Es una zona salvaje, un lugar donde todo era más peligroso, pero también más verdadero, más auténtico.
¿Qué pretende extraer de aquellos años para sanar su crisis existencial?
El deseo.
El impulso.
Todo eso que luego te enseñan a domesticar para que encajes, pagues impuestos y no incomodes a nadie en las cenas.
Pretende rescatar algo muy simple y muy difícil: el deseo de vivir, de moverse, de arriesgarse un poco, de no convertirse en una persona que se bebe una cerveza caliente sin alcohol y se va a la cama a las diez sintiéndose realizada. Yo creo profundamente en la irreverencia, en la catastro, en el error y el riesgo como forma expresiva.
“Yo no quería que el lector se durmiera. Quería que leyera como quien se fuma un cigarro a escondidas. Eso me permitió ser más salvaje, más libre”
Su estilo es torrencial, casi como fumar un cigarrillo tras otro. ¿Es el estilo que siempre soñó o lo trabajó mucho?
Es el estilo que sale cuando dejo de intentar caerte bien.
Durante años escribí intentando ser interesante, fina, inteligente, equilibrada. Y salían textos muy educados, pero sin sangre, sin raza. Con esta novela decidí escribir como quien se abre la camisa y dice: “Mira, esto soy yo. No es bonito como una flor, pero es mío”.
Y de repente el texto empezó a respirar.
Luego, claro, hay mucho trabajo de ritmo, de poda, de quitar grasa. Pero la energía inicial es muy instintiva.
Esa primera persona impetuosa y resentida es todo un hallazgo. ¿Cuándo supo que era la voz adecuada?
Para mí no es resentida, es auténtica. A veces siento, desde que existen las redes, que hemos nacido todos en Eurodisney y comemos jalea real. Mi protagonista dejó de pedir perdón. Encuentra la voz en cuanto la narradora empezó a hablar sin intentar ser simpática, supe que esa era la voz, una voz que exagera, que se contradice, que dice barbaridades, que se ríe de sí misma y se insulta sin piedad, y luego llora en el baño. No quería una narradora ejemplar. Quería una mujer con el corazón un poco roto y muchas ganas de vivir. Entendí que esta historia no se podía contar desde la distancia. No quería una narradora inteligente que analizara su vida como si fuera un documental. Quería una voz que estuviera dentro del incendio. En el momento en que apareció esa primera persona, supe que la novela ya tenía pulso. Y cuando una novela tiene pulso, lo único que puedes hacer es agarrarte fuerte, seguirle el ritmo y no desmayarte antes de llegar al final.