Curtido en el devenir diario de almas en pena que tienen mucho que ocultar o disimular, este escritor voraz y detective privado con galones de capitán general ve venir a un tieso a lo lejos, sin necesidad de olerlo. Aprobado cum laude en el arte de desmontar entuertos, ha logrado en Tiesos (Editorial Samarcanda) perfilar con la maestría con la que acostumbra a desmontar falaces castillos en el aire vía judicial a esos individuos que poseen el don de la ubicuidad, que no están ni dejan de ser o parecer, seres invisibles que todos vemos a diario y nadie quiere reconocer. En definitiva, una especie que, lejos de desaparecer o declararse en peligro de extinción proliferan por estos mundos de dios. Que Él mismo nos coja confesados.
¿En qué momento decidió que el fenómeno de los “tiesos” merecía un tratamiento en profundidad y convertirse en un libro? ¿Hasta tal punto es una realidad cotidiana y extendida?
Llevo casi 45 años ganándome la vida como detective. Cuando fui portavoz de una asociación gremial (1985-1992) y me pedían colaboraciones en medios vi que la tiesura era algo que llegó para quedarse. Los periodistas ganaban, y ganan muy poco, trabajando mucho. En 2026 los inalcanzables precios para comprar o alquilar viviendas, el constante aumento de precios de alimentos, combustible, impuestos, viajes, etc, contrastan con sueldos exiguos que en general raramente suben. Hablamos de más supervivencia que el bienestar de antaño. El siglo XXI sustituye con los tiesos a la decaída clase media o a quienes vivieron a menos tras las crisis del 2008-2008 (subprime) y las ruinas que trajo la pandemia del covid, de las que se habla y escribe poco.
“Vivir la tiesura es una realidad cotidiana. Estar en ella es circunstancial”
Habla de los “tiesos” casi como una especie de virus social contemporáneo. ¿Cómo los definiría en una sola frase, o en dos?
La tiesura es transversal, llegó para quedarse y es invisible. Cuesta destaparla a sus dueños/as. Vivir la tiesura es una realidad cotidiana. Estar en ella es circunstancial.
¿Cuánto hay de experiencia personal y cuánto de observación profesional en las historias que plasma en las páginas de su libro?
Es un cóctel que me gustó. Sevilla, donde nací, vivo y desde donde trabajo para toda España, es metrópolis donde los tiesos tienen hasta castas. Heredan a los pícaros medievales. La lupa detectivesca de ta modesto investigador se trasmutó en radar que los identifica. El lema de ADAS, la agencia que fundé en 1983, lo ilustra: Hagas lo que ADAS te pillamos’. Sólo con humor puede abordarse este tema. Además, el volumen está dedicado a los tiesos dignos, que los hay. Y podrían ser hasta mayoría. Su etiqueta social les reporta a la discreción.
“Mostrar sólo las apariencias es nutriente de la tiesura. Si añadimos el rancio ‘qué dirán’ para condicionar voluntades, el cuadro está casi completo”
Con toda una vida ejerciendo de detective privado, habrá conocido perfiles humanos de todo tipo y diversidad. ¿Qué comportamientos le sorprendieron más durante estas más de cuatro décadas al pie del cañón observando estos perfiles?
Lo que cuesta mucho a mis modestas entendederas son los que tienen mucho, son millonarios y les sobra de todo (propiedades, dinero, tiempo, salud) y se comportan como tiesos de la peor factura. Discuten por cualquier precio, hasta por céntimos de euro, odian ‘pagar’ (un verbo que les da repelús y que jamás conjugan) y les encanta vivir en su miseria personal. En el libro abordo algunas tipologías que precisan, creo, psicoterapia.
En su libro aparece la idea del “nuevo pícaro” del siglo XXI. ¿Cree que la sociedad actual premia más la apariencia que la autenticidad? ¿La cultura del mínimo esfuerzo está consolidada o es solo un cliché?
Mostrar sólo las apariencias es nutriente de la tiesura. Si añadimos el rancio ‘qué dirán’ para condicionar voluntades el cuadro está casi completo. Valores (por llamarlo de alguna manera) como compromiso, solidaridad, riesgo, talento, esfuerzo, trabajo, ambición (no codicia patológica) no son tendencia ahora. Y es una pena. Ahora me inquieta, hasta me preocupa mucho, ciertos ‘emprendedores’ que su plazo de retorno a lo invertido es de meses, o ’empresarios’ cuyo afán es sólo lograr subvenciones para ipso-facto quebrar la sociedad y correr con dinero público. Hay jóvenes, quizá demasiados, que creen que no sabemos que los influencers están vendidos, además por muy poco, a marcas y multinacionales. Vivir del cuerpo, del sexo o esperar a heredar debe ser aburrido. La vida es corta, pero da para mucho. El mínimo esfuerzo para lograr algo no funciona. Hay que sembrar para recoger. No es un frase sólo de aplicación a la agricultura.
“Sevilla, donde nací, vivo y desde donde trabajo para toda España, es metrópolis donde los tiesos tienen hasta castas. Heredan a los pícaros medievales”
¿Hasta qué punto las redes sociales y la necesidad de aparentar han contribuido a crear más “tiesos”?
Presumir, fardar, compararse con vecinos, compis, amistades o en grupos tiene larga historia. Los tiesos más auténticos son discretos, nunca salen de copas, cenas o viajan sabedores de los precios que no pueden pagar. La palabra ‘Bizum’ les da pánico, pues equivale a pago inmediato. El soltar dinero modo ‘yate’ (ya-te-veré) ya no cuela. Los peores tiesos acaban humillados por sí mismos. Están calados. Aparentar para ellos es pasado.
Algunas historias que recoge en su libro poseen un indudable tono irónico y otras resultan, al contrario, casi trágicas. ¿Le resultó difícil encontrar el equilibrio adecuado entre humor y crítica social?
El humor es la medicina que nos salva del peor cotidiano. La ironía es un contraste necesario. Así entiendo lo que parece incomprensible en quienes están cortitos y jamás lo cuentan. Los millonarios miserables o los que nos toman por tontos en realidad describen a ese tipo de persona con su conducta. La crítica social es necesaria porque hay demasiadas personas, familias y empresas que viven por encima de sus ingresos, se financian más allá de lo razonable o aparentan lo que nunca tendrán.
“El mínimo esfuerzo para lograr algo no funciona. Hay que sembrar para recoger. No es un frase sólo de aplicación a la agricultura”
¿Puede detallar algún caso real narrado en Tiesos que todavía le siga impactando especialmente?
Una clienta de sucursal bancaria venida menos dio orden de devolver recibos en cuenta excepto el de un club social elitista. No quería que nadie supiera que vivía arruinada por culpa de sus gastos suntuarios y de los negocios de su marido, del que se acabó divorciando. Vestía de imitación, lucía bisutería por joyas y no faltaba en las partidas de cartas o el copeteo tras partidos de golf para mantener el tipo. Su inteligencia femenina quedó traicionada cuando supo que todos sabían de su ruina menos ella. Esta mujer llegó a dejar de pagar recibos de luz y agua. Le costó admitir su tiesura. No era pobre, pero no asumió ser una venida a menos.
Usted afirma que muchos “tiesos” nunca admiten sus carencias. ¿Piensa que el problema es económico, psicológico o cultural?
Es una mezcla de las tres razones sustantivas de la tiesura: no hay dinero en la cuenta ni en la hucha; se lleva mal estar así hasta cambiar pautas conductuales o ser cliente de la psicoterapia y ese ‘que dirán’ citado acaso tiene base moral y religiosa acaba haciendo de las suyas. Da vergüenza ir a menos, lo contario de ir a más. El ‘maldito parné’ es así.
Después de leer Tiesos, ¿qué le gustaría que el lector cambiara en su manera de mirar a quienes viven atrapados entre las deudas, las apariencias y la frustración?
Repito: es diferente ser a estar tieso. Mi fallecida madre, Rosa Ranedo (1921-2005), enfermera y empresaria del cooperativismo de viviendas, repetía una matraca, aunque cierta que comparto: “Si luchas puedes ganar; si no, pierdes seguro”. Estar tieso a veces es buscado, adoptado o es genético de familia. Pero también se puede vivir bien sin gastar en lo prescindible. Muchas ruinas y tiesos las fabricó el consumismo, la compulsión compradora o vivir por encima de lo que se tiene, gana o se puede financiar. Las deudas pueden pagarse, las apariencias pueden sujetarse en más verdades que mentiras, las que sólo engañan a quien las artificia. La frustración es barato ‘curarla’. Cuando fui tieso tras levantarme temprano miraba al espejo del baño y me preguntaba, en voz alta, que podía hacer de bueno y a quién durante el día, cómo solventaría alguna adversidad comprobaba mi sonrisa. El espejo no responde; pero siempre está ahí. Es como el papel, lo aguanta todo. Todos los tenemos en el hogar y son baratos, no precisan ni mantenimiento.