Apartamentos Géminis (Ed. Tercero Incluido, 2025) es la segunda novela de Julio Hardisson. Tras Costa del Silencio, el autor recupera su interés por los espacios turísticos de Canarias como lugar de confluencia de unos jóvenes sin rumbo, bajo los efectos nocivos del ocio y del entretenimiento en la era digital: porno, plataformas de ciberprostitución, mafias, trastornos mentales, autodestrucción, sobredosis de pantallas, resaca electrónica y aturdimiento fotocognitivo. También aflora frente al caos, la amistad desinteresada, la ayuda mutua y la empatía.
En Apartamentos Géminis, como en tu primera novela, Costa del Silencio, el paisaje y la arquitectura son personajes ambientales que repercuten en el ánimo de los personajes. ¿Crees que el paisaje es un hilo conductor en tu narrativa?
Sí, sobre todo en la primera parte de la novela Costa del Silencio, donde deliberadamente centré la mirada en lo geológico y lo arquitectónico. No es que no me fijara en lo biológico y en lo humano, pero sí que había una cierta intención de priorizar los ritmos y los tiempos que marca la geología, los volcanes y todo aquello que parece que ante nosotros es inmóvil, pétreo o permanente. En la segunda parte de ese libro, sin embargo, me centré en cómo el viento y el movimiento de lo vivo entran en contacto con la materia y la arquitectura. De hecho, la cita que precede el libro es «La isla es lo arquitectónico en medio de lo musical», del poeta canario Pedro García Cabrera. Creo que define muy bien la esencia de ese libro. Es una mirada que, en parte, trata de evitar el antropocentrismo.
En esta segunda novela, Apartamentos Géminis, me centro más en los personajes, pero el espacio sigue siendo protagonista. Se trata de un complejo turístico en el que de algún modo sus habitantes están encerrados. El espacio aquí actúa de contenedor que permite desarrollar una suerte de laboratorio de relaciones humanas. Es un espacio que ya no describo tanto, pero que actúa como una fuerza muy potente sobre los personajes y sobre la trama.
Una crítica literaria dijo que mis novelas tenían una tendencia hacia algo que podríamos llamar narración geográfica o geonarración. Puede que tenga razón. Para mí, si usamos un símil musical, mi literatura se asemeja a la música electrónica, que crea espacios mentales y recrea atmósferas en las que uno se puede perder.
Las redes sociales están presentes en toda la novela. La cultura de la imagen, la vida expuesta a través de un dispositivo siempre conectado es un eje temático. El objeto: teléfono móvil-cámara, se convierte también en un narrador omnipresente y los personajes actúan frente a este. ¿Cómo es relatar a ese narrador virtual?
Así como me interesa que el espacio físico sea protagonista, también me interesa ponerlo en contacto con su doble virtual. En Apartamentos Géminis, lo digital, como si fuese una especie de liquen, coloniza lo real. No solo la arquitectura y el territorio, sino también a los mismos personajes y su psique, que muchas veces se confunden con su avatar virtual. Esta novela, ya se ve desde el mismo título, trata de esa disociación tan contemporánea entre lo real y lo virtual, entre lo público y lo privado, entre la persona y el perfil construido en una red social. Hasta que ambas esferas colisionan. No se trata de una distopía, ya que el libro apela a la unión entre los personajes, pero sí se juega de algún modo con ese género.
En realidad, Apartamentos Géminis trata sobre todo el tema del destierro, en un sentido físico y simbólico. De nuestra permanente condición de extranjería. Y también de cómo lo digital ha provocado en nosotros una suerte de destierro de lo real.
We Villa Experience es el evento festivo organizado desde y para las redes sociales que busca ser salvaje, pero que en realidad está bajo control y vigilancia, y que desemboca en descontrol y destrucción ¿Esas escenas las pensaste desde una perspectiva audiovisual?
Ese evento que mencionas es el detonante en el giro distópico de la trama. Se trata de una reunión de influencers, camgirls, gurús digitales y celebrities que toman por unos días el complejo turístico. Es una amplificación extrema de esa colonización de lo digital en el mundo real traspasada a un escenario literario. Es una suerte de Gran Hermano virtual, donde la lógica de la red (liking, friending, sharing, trending, etc.) se proyecta sobre la realidad y sobre los personajes. Es un lugar donde la hiperexposición e hipermediacación tecnológica hacen colapsar los cimientos de nuestra realidad.
Y, sí, tiene un cierto tratamiento cinematográfico. Aunque no solo esa escena. Mi narrativa suele tender hacia ese registro cinematográfico. Me gusta el «narrar fílmico» que tienen algunas novelas que priorizan lo visual y el espacio sobre los pensamientos de los personajes. En concreto, me marcó mucho hace años una novela de Peter Handke, La mujer zurda, que destaca por ese tratamiento, en apariencia distante y objetivo, pero que permite explicar muchos sentimientos y emociones introspectivas de los personajes a través de los espacios y los objetos.
La novela aborda “el tema del destierro, en un sentido físico y simbólico. De nuestra permanente condición de extranjería. Y también de cómo lo digital ha provocado en nosotros una suerte de destierro de lo real”
En el complejo de apartamentos Géminis vemos una comunidad de solitarios hiperexpuestos a las redes sociales e inmersos en la pornografía. ¿Cómo construiste la interacción literaria entre la despersonalización por la alienación tecnológica y la necesidad de una conexión real-presencial?
Todos los personajes que llegan al complejo turístico son de algún modo «extranjeros». Son seres dañados, emocional y cognitivamente, que viven lejos de su lugar de origen y que en muchos sentidos están desamparados.
Como te decía antes, el tema de fondo de la novela es el destierro, en sus múltiples dimensiones. La migración es un fenómeno muy real en este mundo global, pero también, de manera simbólica, impregna nuestro modo de experimentar la realidad: sentimos que no somos ni de aquí ni de allá, ni del lugar de origen ni del de acogida, ni de la esfera real ni de la digital.
El libro, ante esa coyuntura, apela al apoyo de las personas cercanas, a la micropolítica del afecto, a la amistad y a la creación de grupos de soporte mutuo y desinteresado.
El personaje de la abuela (de Jean-Paul) va más allá del tiempo real y condensa la voz de una observadora reflexiva. ¿Cuál es el papel de ella en la historia?
Así como me interesa el espacio en mi literatura, también tengo un gran interés en que no todo se resuelva en el ámbito de la ficción, aunque en el fondo esta sea lo más importante. En todos mis libros hay siempre un elemento ensayístico, que reelabora temas que aparecen aquí y allá en la novela. No de modo explicativo o para trasladar una tesis unívoca al lector, sino como contrapunto y complemento de la ficción. Es decir, no se trata de libros de ideas, pero están cargados de ideas, de ideas encarnadas y situadas.
En Apartamentos Géminis, la voz de la abuela de Jean-Paul se incardina en la ficción pero, a la vez, se sitúa en un plano metanarrativo paralelo a la trama principal. Su voz, la de una persona migrante, madura, experimentada y algo escéptica, aunque esperanzada, introduce en la novela una especie de autoconsciencia.
Como el resto de juegos de dobles, en el libro también está el plano de «lo que sucede» y el de «lo que se piensa» sobre lo que sucede. El personaje de la abuela aclara lo que el protagonista, Leo, tan solo intuye y no puede alcanzar a ver por sí mismo. La intención es que, de algún modo, el libro se piense a sí mismo.
¿Tienes futuros proyectos literarios basados en las islas Canarias? ¿Seguirás explorando cómo narrar la temática de la penetración de la tecnología en la vida de las personas?
Costa del Silencio y Apartamentos Géminis son parte de una trilogía que concluirá con El Sur. En esta última parte, el espacio abarcará todo el sur de la isla en que suceden las dos anteriores, que aunque no se nombre se corresponde con la isla de Tenerife. Las tres tienen como tema de fondo el turismo y cómo el territorio se ha transformado dramáticamente en los últimos cincuenta años.
El Sur aún está en proceso de gestación y, como en las dos anteriores, la tecnología será también un tema inevitable. Con todo, esta última parte quiere estar menos «vestida» con los trucos propios de la ficción. Quiere acercarse al espacio y a las personas «reales» que viven aquí y ahora en un espacio devorado por el turismo masivo. A diferencia de las que la preceden, ahora me interesa usar una clave autoetnográfica y «documental», en el sentido que Agnès Varda da a sus películas documentales: ensayísticas, autorreferenciales y, en gran parte, poéticas.
Pero ya se verá cómo se cierra la trilogía. La literatura, por suerte, es imprevisible y siempre es bueno dejar espacio a la chispa y a la improvisación.