Banco Santander atraviesa un momento de apoteosis financiera que, bajo el análisis de la economía social, revela una fractura profunda entre el capital y el trabajo. El anuncio realizado este 3 de febrero de 2026 sobre un beneficio atribuido récord de 14.101 millones de euros en el ejercicio 2025, un 12% más que el año anterior, consolida a la entidad presidida por Ana Botín como un gigante imbatible en los mercados. Sin embargo, la frialdad de los balances oculta una realidad amarga: mientras el banco eleva el beneficio por acción un 17% y aprueba recompras de acciones por valor de 5.000 millones, los cimientos de este éxito se asientan sobre graves denuncias de precariedad laboral y una presión insostenible para su plantilla.
Esta contradicción entre la opulencia de las cifras y el deterioro de la salud laboral no es un fenómeno accidental, sino el resultado de un modelo de negocio orientado a la eficiencia extrema que ha sacrificado el bienestar del capital humano en el altar de la rentabilidad a corto plazo. Los informes sindicales, especialmente los de UGT, dibujan un escenario de "supervivencia" en las oficinas, donde los resultados históricos conviven con salidas constantes de personal, cierres de sucursales y una sobrecarga de trabajo que está mermando la resiliencia de quienes, cada día, hacen posibles estos beneficios extraordinarios.
El coste invisible de la eficiencia operativa
La estrategia de transformación del banco hacia un modelo digital e integrado globalmente ha permitido reducir costes en un 1%, pero el precio pagado por la plantilla ha sido desproporcionado. En el último año, el Santander ha reducido su personal en más de 8.350 personas y ha cerrado casi un millar de oficinas, lo que ha generado un efecto dominó de inestabilidad laboral crónica. Para los empleados que permanecen en la estructura, la "movilidad funcional y geográfica" se ha convertido en una herramienta de incertidumbre impuesta que dificulta la conciliación y genera un clima de inseguridad constante.
El banco ha optimizado su ratio de eficiencia hasta el 41,2%, pero esta métrica ignora el desgaste de una plantilla sometida a objetivos comerciales que muchos califican como alejados de la realidad. La presión por vender productos financieros, en un entorno de menor personal y mayor carga administrativa, ha transformado la oficina bancaria en un centro de alta tensión. Los sindicatos denuncian que las evaluaciones de desempeño se han desvirtuado, pasando de ser instrumentos de mejora profesional a herramientas punitivas utilizadas para justificar salidas o ejercer una presión psicológica que compromete la salud mental de los trabajadores.
Reparto desigual
La indignación en el seno de la plantilla nace de una disparidad ética insalvable: mientras el banco destina miles de millones a remunerar al accionista, las solicitudes de estabilidad en el empleo y de un reparto más justo de la riqueza generada caen en saco roto. Para los representantes de los trabajadores, los beneficios récord de 14.101 millones no pueden sostenerse sobre la precarización laboral. Existe una demanda urgente de abrir una reflexión profunda sobre el papel que ocupa la plantilla en este modelo corporativo, exigiendo que la prosperidad de la entidad se traduzca en objetivos comerciales realistas y salarios que reflejen el esfuerzo realizado.
No es sostenible un modelo donde la rentabilidad se mide en recompras de acciones mientras el clima laboral se deteriora por la amortización de puestos y el hostigamiento de las metas inalcanzables
Responsabilidad social
El Banco Santander se enfrenta ahora al reto de "gobernar su propio éxito" sin que este termine por devorar el compromiso de su fuerza de trabajo. La insistencia en procesos de movilidad transparentes y negociados no es una reclamación menor; es el requisito para evitar un colapso reputacional interno. La entidad debe entender que la salud financiera a largo plazo es incompatible con el deterioro de la salud de sus empleados. Si el Santander aspira a liderar el sistema financiero en 2026 y más allá, la recuperación de la justicia social y el respeto al bienestar de la plantilla deben ser integrados en su plan estratégico con la misma urgencia con la que se persigue el retorno sobre el capital.
En última instancia, el éxito del Santander será juzgado no solo por la cuantía de sus dividendos, sino por su capacidad para humanizar una estructura que hoy parece priorizar los algoritmos y la eficiencia sobre las personas. La verdadera solidez de una institución no reside en la acumulación de capital tangible, sino en la dignidad y estabilidad de quienes gestionan, desde la primera línea, la confianza de sus 180 millones de clientes.