El banco central de EEUU desafía a Trump y sube los tipos para frenar la inflación

La Reserva Federal eleva los tipos al 3,75%-4% pese a las presiones del presidente. La energía sube un 16,3% interanual y la Fed advierte de que la inflación sigue demasiado lejos de su objetivo

17 de Septiembre de 2026
Actualizado a las 9:54h
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Trump pide tipos al 1% y el hombre que eligió para el banco central hace lo contrario

Donald Trump quería dinero barato. Lo había pedido públicamente, había reclamado que Estados Unidos tuviera los tipos de interés más bajos del mundo desarrollado y llegó a situar el nivel deseable en el 1% o incluso por debajo. La Reserva Federal ha respondido en dirección contraria.

El banco central estadounidense decidió este miércoles subir los tipos de interés 25 puntos básicos, hasta un rango del 3,75% al 4%, en el primer incremento desde julio de 2023. La decisión no solo contradice las reiteradas exigencias de la Casa Blanca. Fue adoptada por unanimidad, con los doce integrantes del Comité Federal de Mercado Abierto a favor.

La fotografía tiene una carga política difícil de obviar. Kevin Warsh fue elegido por el propio Trump para presidir la Reserva Federal, pero en su primera subida de tipos al frente de la institución ha colocado el control de los precios por delante de las preferencias económicas del presidente.

La cuestión de fondo, sin embargo, está bastante más lejos de la disputa entre dos hombres poderosos en Washington. Está en los hogares estadounidenses que pagan más por llenar el depósito, financiar un coche, utilizar una tarjeta de crédito o contratar una nueva hipoteca.

Porque Estados Unidos se enfrenta a una combinación particularmente incómoda: los precios siguen creciendo demasiado y combatirlos mediante tipos más altos también tiene un coste para las familias.

Una inflación del 3,4% con la energía disparada

La Reserva Federal no ha subido los tipos ante una amenaza hipotética. El índice de precios al consumo se situó en agosto en el 3,4% interanual, muy por encima del objetivo del 2% que guía la política monetaria de la Fed. Solo durante agosto los precios aumentaron un 0,4%.

Pero el promedio oculta una realidad especialmente dura en una partida de la que resulta difícil prescindir. La energía cuesta un 16,3% más que hace un año y la gasolina se ha encarecido un 27,4%. En agosto, el precio de la gasolina volvió a subir un 3,9% y explicó por sí solo más de un tercio del incremento mensual de la inflación. El fuelóleo acumula una subida interanual del 52%.

Son cifras que explican mejor la situación económica que cualquier discusión abstracta sobre unas décimas de política monetaria. Una familia puede aplazar la compra de un televisor. Resulta bastante más complicado dejar de desplazarse al trabajo, calentar una vivienda o pagar los costes indirectos que una energía más cara termina trasladando al transporte, los alimentos y numerosos servicios.

La inflación, además, no reparte sus efectos de manera uniforme. Cuanto menor es la renta disponible, mayor es normalmente la proporción dedicada a necesidades básicas y menor el margen para absorber una subida de precios sin reducir otros gastos.

La Fed enfría una economía que sigue creciendo

El problema para la Reserva Federal es que la economía estadounidense no presenta los síntomas clásicos de una recesión que aconsejarían abaratar el dinero. El propio comunicado del banco central describe una actividad económica que continúa creciendo a un ritmo sólido, con un consumo resistente, fuerte productividad, inversión empresarial robusta y un mercado laboral que mantiene el desempleo prácticamente estable.

Las nuevas previsiones incluso mejoran ligeramente las expectativas de crecimiento. La Fed calcula que el PIB estadounidense crecerá un 2,3% en 2026, una décima más de lo previsto en junio, mientras sitúa el desempleo en el 4,1%, el problema está en los precios.

La institución ha elevado su previsión de inflación PCE para finales de año del 3,6% al 3,7% y la estimación de inflación subyacente del 3,3% al 3,4%. Sus propios responsables consideran además adecuado que el tipo de los fondos federales termine 2026 alrededor del 4,1%, lo que apunta a que el movimiento de septiembre podría no ser el último. Warsh resumió la prioridad de la institución señalando que la fortaleza económica permite concentrarse en recuperar la estabilidad de precios.

Trump quiere tipos del 1% mientras los precios siguen por encima del objetivo

La reacción del presidente estadounidense llegó poco después. Trump reclamó que los tipos se situaran en el 1% o menos y volvió a defender que Estados Unidos debería disfrutar del coste del dinero más bajo por su fortaleza económica. También vinculó su exigencia a la política comercial y sostuvo que el país está sosteniendo económicamente a socios con los que mantiene déficit comercial. El razonamiento presidencial tropieza con una dificultad bastante evidente.

Reducir drásticamente los tipos supone abaratar el crédito y estimular el consumo y la inversión precisamente cuando la Reserva Federal intenta evitar que una inflación todavía elevada se consolide. Una política monetaria expansiva puede resultar atractiva para impulsar la actividad, pero una economía que crece con solidez y mantiene una inflación claramente superior al objetivo plantea un escenario muy distinto.

La cuestión resulta todavía más incómoda para la Casa Blanca porque el presidente de la Fed que ha tomado la decisión no es una herencia de una Administración demócrata, es Kevin Warsh, el hombre escogido por Trump para dirigir la Reserva Federal ha terminado desoyendo las exigencias de Trump sobre los tipos y lo ha hecho respaldado por todos los miembros con derecho a voto del FOMC.

La independencia de la Fed vuelve a ponerse a prueba

La discrepancia trasciende una discusión técnica sobre si el tipo adecuado debe estar en el 4%, el 3% o el 1%. La independencia de los bancos centrales se construyó precisamente para evitar que los gobiernos puedan manipular el precio del dinero atendiendo a sus necesidades electorales inmediatas. Bajar tipos puede estimular la economía a corto plazo y resultar políticamente atractivo, pero también alimentar presiones inflacionistas que terminan pagando los consumidores. Trump lleva tiempo tensionando esa frontera.

En los días anteriores a la reunión llegó a amenazar con interrumpir el comercio con países que mantuvieran superávit con Estados Unidos si la Reserva Federal no reducía los tipos. También sostuvo que ningún país debería disponer de tipos inferiores a los estadounidenses. La Reserva Federal ha contestado con hechos más que con declaraciones. Doce votos a cero.

Warsh aseguró tras la reunión que no había hablado con Trump sobre la decisión monetaria. El mensaje institucional es relevante precisamente porque cualquier sospecha de subordinación de la Fed a la Casa Blanca dañaría uno de los pilares sobre los que descansa la credibilidad financiera estadounidense.

Subir los tipos tampoco sale gratis

Defender la independencia de la Reserva Federal no obliga, sin embargo, a presentar su decisión como socialmente indolora. Los tipos altos también tienen perdedores.

El mecanismo utilizado para contener la inflación consiste precisamente en encarecer el dinero para moderar el consumo y la inversión. Eso significa préstamos más caros para empresas, pero también tarjetas de crédito, financiación de automóviles y nuevas hipotecas más costosas para los hogares.

Las hipotecas estadounidenses a 30 años rondaban ya el 6,76%, impulsadas por el aumento de las rentabilidades de los bonos del Tesoro. Aunque esos préstamos no dependen directamente del tipo oficial de la Fed, las condiciones financieras generales terminan trasladándose al mercado hipotecario.

Para quienes tienen una hipoteca contratada a tipo fijo desde los años de dinero barato, el impacto inmediato es limitado. Para quien necesita comprar una vivienda, financiar un automóvil o arrastra deuda en tarjetas, el panorama es diferente.

Los ahorradores, en cambio, pueden beneficiarse de mayores rendimientos en depósitos y otros productos.

La misma medicina monetaria que pretende aliviar el coste de la vida puede encarecer el acceso al crédito de quienes necesitan financiarlo. Ahí reside una de las limitaciones de la política de tipos como instrumento contra una inflación impulsada en buena medida por la energía.

La Fed no puede abaratar un barril de petróleo

La subida llega además en un contexto internacional que escapa ampliamente al control de un banco central. Las tensiones geopolíticas han llevado el petróleo por encima de los 100 dólares y la escalada energética está filtrándose a los precios estadounidenses. La propia Fed reconoce que la incertidumbre continúa elevada, en parte debido a los acontecimientos internacionales.

Warsh tampoco pretende que una subida de 25 puntos básicos haga caer directamente el precio del crudo. La política monetaria funciona por otra vía. Busca impedir que una perturbación inicialmente energética termine extendiéndose al conjunto de la economía, contaminando salarios, servicios, expectativas empresariales y decisiones de consumo hasta convertir una subida extraordinaria de determinados precios en inflación persistente. El riesgo es conocido y también lo es el coste. La Reserva Federal puede enfriar la demanda estadounidense, pero no puede producir petróleo ni detener un conflicto internacional.

Wall Street entiende el mensaje

Los mercados captaron rápidamente que la subida podía no ser un movimiento aislado. El Dow Jones perdió un 1,2%, el S&P 500 retrocedió alrededor del 0,4% y el Nasdaq terminó prácticamente plano. Los inversores reaccionaron no solo al incremento aprobado, ampliamente anticipado, sino a la posibilidad de que la Fed mantenga los tipos elevados y vuelva a actuar si la inflación no cede. Las rentabilidades de los bonos también aumentaron.

La reacción refleja una economía que llevaba años acostumbrada a discutir cuándo llegarían los recortes y que debe asumir una posibilidad diferente,  el dinero puede permanecer caro durante más tiempo.

Entre la inflación y la deuda de las familias

La Reserva Federal se encuentra atrapada entre dos costes sociales. Si permite que la inflación permanezca elevada, la pérdida de poder adquisitivo castiga especialmente a quienes dedican la mayor parte de sus ingresos a vivienda, alimentación, energía y transporte y, si responde encareciendo el dinero, aumenta la factura de quienes dependen del crédito para comprar una vivienda, un coche o simplemente financiar determinados gastos. No existe una solución monetaria capaz de borrar esa contradicción.

Pero sí existe una diferencia fundamental entre una institución que explica su decisión a partir de los datos de inflación y un presidente que reclama tipos del 1% mientras los precios crecen un 3,4% y la energía se ha encarecido más de un 16% en un año.

La subida aprobada por la Fed no garantiza que la inflación vaya a desaparecer ni evita que muchas familias tengan que afrontar créditos más caros. Tampoco resuelve las causas geopolíticas que están disparando la energía. Lo que sí establece es un límite institucional.

Trump eligió a Kevin Warsh para dirigir la Reserva Federal. Este miércoles, Warsh eligió los datos antes que las órdenes políticas. Y en una economía donde la inflación vuelve a golpear el bolsillo de millones de personas, la independencia del banco central deja de ser una discusión reservada a economistas, también determina quién paga el precio de combatirla.

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