Durante años, cada sobresalto geopolítico terminaba traduciéndose en una factura eléctrica más elevada. Bastaba una crisis internacional, una tensión diplomática o una alteración en los mercados energéticos para que el precio del gas arrastrara consigo el coste de la electricidad. Esa dependencia condicionó buena parte de la economía europea y dejó al descubierto la fragilidad de un modelo excesivamente vinculado a los combustibles fósiles.
Los datos publicados por el Banco de España apuntan ahora en otra dirección. La creciente presencia de las energías renovables ha reducido de forma significativa la influencia del gas en el precio de la electricidad española, hasta situarla aproximadamente en la mitad de la registrada en otras grandes economías europeas como Alemania o Italia.
La conclusión tiene una enorme relevancia económica y estratégica. No se trata únicamente de una cuestión medioambiental. Las renovables han pasado de ser una apuesta de futuro a convertirse en una herramienta de protección económica para empresas y consumidores.
La denominada excepción ibérica contribuyó inicialmente a amortiguar el impacto de la crisis energética. Sin embargo, el cambio más profundo ha llegado con el aumento sostenido de la generación eólica y fotovoltaica. Cuanta más electricidad se produce a partir del viento y del sol, menor es la capacidad del gas para determinar el precio final del mercado eléctrico.
Los efectos ya son visibles. Según el Banco de España, el encarecimiento acumulado de la electricidad para la industria española desde 2021 ha sido muy inferior al experimentado por la media europea. En un contexto marcado por la incertidumbre internacional y por episodios de tensión como los vividos recientemente en Oriente Próximo, esta diferencia adquiere un valor especialmente relevante.
La transición energética suele presentarse como un desafío tecnológico o climático. También es una cuestión de soberanía económica. Cada megavatio generado mediante fuentes renovables reduce la exposición a mercados internacionales sometidos a conflictos, especulación y volatilidad.
España sigue teniendo importantes retos pendientes. La modernización de las redes, el almacenamiento energético o la agilización de determinados proyectos continúan siendo desafíos relevantes. Sin embargo, los datos confirman que la dirección emprendida durante los últimos años está produciendo resultados tangibles.
En un momento en el que parte de Europa debate cómo reducir su vulnerabilidad energética, España empieza a recoger los frutos de una transformación que durante mucho tiempo fue cuestionada. La mejor política industrial puede consistir, precisamente, en depender cada vez menos de aquello que no controlamos.