Durante décadas, hacer la compra tuvo mucho de costumbre. Se iba al supermercado de siempre, se conocían los pasillos, se repetían determinadas marcas y el precio importaba sin convertirse necesariamente en el criterio que organizaba cada decisión. Cinco años de encarecimiento de los alimentos han ido desmontando esa rutina hasta convertir una actividad cotidiana en un ejercicio permanente de comparación.
El último estudio de supermercados de la Organización de Consumidores y Usuarios permite medir hasta qué punto ha cambiado el escenario. La cesta analizada por OCU cuesta un 39,5% más que en 2021 y, aunque durante el último año la subida media se ha moderado al 1,8%, los productos frescos continúan avanzando con bastante más fuerza, un 4,7%.
El pescado se ha encarecido un 8,6%, la carne un 3,7% y las frutas y verduras un 3,5%, unas cifras que llegan después de varios ejercicios de incrementos acumulados y que han obligado a muchas familias a modificar no solo dónde compran, sino también qué meten en el carro.
La inflación alimentaria está produciendo así un cambio menos visible que el que reflejan las estadísticas mensuales. El consumidor se ha vuelto menos fiel, compara más, concede mayor espacio a la marca blanca y distribuye sus compras entre establecimientos diferentes porque el ahorro ya no depende únicamente de aprovechar una promoción ocasional.
Ahorrar 1.310 euros obliga a mirar dónde se compra
OCU recogió más de 100.000 precios en 690 establecimientos de 38 ciudades para elaborar su estudio de 2026 y encontró una diferencia media anual de 1.310 euros entre comprar en los establecimientos más baratos y hacerlo en los más caros.
La cifra cambia enormemente según la ciudad. En Madrid, donde existe una oferta comercial mucho más amplia, la diferencia puede alcanzar 4.381 euros anuales, frente a los 381 euros de Mieres, donde los precios entre establecimientos son mucho más homogéneos.
La comparación muestra hasta qué punto la elección del supermercado se ha convertido en una decisión económica relevante para los hogares. Una diferencia de 1.310 euros equivale a más de cien euros mensuales, una cantidad suficientemente importante para explicar que muchas familias hayan dejado de concentrar toda su compra en un único establecimiento.
Las cadenas lo saben y han adaptado sus estrategias. Algunas grandes enseñas han reducido especialmente los precios de los productos económicos y de sus marcas propias para competir por un consumidor mucho más sensible al coste final del carro.
En la cesta económica analizada por OCU, Carrefour Market reduce sus precios un 12,4%, Mercadona un 5,6%, Lidl un 4,7% y Aldi un 1,7%. La evolución es distinta cuando se observan las marcas de fabricante, cuyos precios han subido de media un 2,5% entre las grandes cadenas.
La marca blanca ha dejado así de ocupar únicamente el espacio de quien buscaba gastar lo mínimo y se ha integrado con normalidad en compras de hogares de perfiles económicos muy diferentes, favorecida por una diferencia de precios que, después de varios años de inflación, pesa más que la fidelidad histórica a determinadas marcas.
La dieta también responde al precio
El problema de una cesta que se ha encarecido casi un 40% en cinco años no se limita a pagar más por los mismos productos, porque cuando los ingresos no avanzan al mismo ritmo las familias terminan modificando cantidades, sustituyendo alimentos o renunciando a algunos de ellos.
El encarecimiento de los frescos resulta especialmente relevante por esa razón. El pescado, con una subida del 8,6% en el último estudio de OCU, compite en el presupuesto doméstico con proteínas más económicas y con productos que permiten preparar varias comidas por un coste menor.
La comparación de precios empieza entonces mucho antes de entrar en el supermercado. Se decide qué proteína comprar, qué fruta puede sustituirse, qué producto de fabricante pasa a marca blanca y qué compra puede esperar a una promoción, de forma que una parte de la adaptación a la inflación termina produciéndose en pequeñas decisiones domésticas que rara vez aparecen reflejadas en los grandes indicadores económicos.
Los datos concretos ayudan a entenderlo. En el último año, los tomates han aumentado un 33,2%, los limones un 25,2%, la coliflor un 22,8% y la berenjena un 20,4%, aunque otros productos han registrado descensos importantes. Esa disparidad obliga a prestar atención a precios que anteriormente podían pasar inadvertidos para una parte de los consumidores.
Del supermercado de confianza al supermercado que conviene
Durante los años de inflación elevada, las cadenas han tenido que competir por un cliente distinto, menos dispuesto a asumir que todo el carro debe hacerse en el mismo lugar y con más herramientas para comparar promociones y precios.
Ese comportamiento también explica el crecimiento de aplicaciones, folletos digitales, tarjetas de fidelización y descuentos personalizados, porque la batalla comercial ya no consiste únicamente en atraer a un consumidor al establecimiento, sino en conseguir que vuelva para completar allí una parte cada vez mayor de su compra.
La paradoja es que la fidelidad que pierde el consumidor intenta recuperarla el supermercado mediante datos, promociones y ofertas diseñadas para cada cliente. La relación tradicional con el comercio de proximidad o con una cadena determinada está dejando espacio a una relación mucho más económica, en la que cada compra se decide en función del precio disponible en ese momento.
Los cinco años transcurridos desde 2021 han dejado una cesta un 39,5% más cara y un consumidor que ha aprendido a defenderse modificando hábitos que parecían muy asentados. Incluso si la inflación alimentaria continúa moderándose, recuperar aquellos precios resulta mucho más difícil, porque una tasa de inflación menor significa que los productos se encarecen más despacio, no que regresen automáticamente al precio que tenían antes.
Por eso, el cambio producido durante estos años puede sobrevivir a la propia crisis que lo provocó. Las familias que han descubierto que pueden ahorrar más de mil euros anuales comparando establecimientos, alternando cadenas y sustituyendo determinadas marcas tienen pocos incentivos para recuperar una fidelidad que económicamente ha dejado de compensarles.
El supermercado seguirá estando en el mismo sitio y los pasillos conservarán prácticamente el mismo aspecto, pero la persona que empuja el carro ha aprendido durante estos años a recorrerlos de otra manera.
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