Las guerras modernas ya no solo se miden por el número de muertos o por los territorios destruidos. También pueden leerse en los balances trimestrales de las grandes compañías energéticas. Mientras millones de familias vuelven a mirar con inquietud el precio de la gasolina, de la calefacción o de la electricidad, algunas multinacionales del petróleo registran beneficios extraordinarios impulsados directamente por la tensión militar en Oriente Medio.
La guerra con Irán ha vuelto a demostrar una de las grandes obscenidades del capitalismo contemporáneo. Siempre hay alguien que gana dinero cuando el mundo entra en pánico.
El cierre parcial del estrecho de Ormuz y la incertidumbre geopolítica han sacudido los mercados energéticos internacionales y disparado el precio del crudo y del gas. Las consecuencias empiezan a sentirse ya en la vida cotidiana. Transporte más caro, inflación renovada, presión sobre los presupuestos públicos y nuevas dificultades para millones de hogares europeos todavía debilitados por años de crisis acumuladas.
Pero al mismo tiempo, las grandes petroleras atraviesan uno de sus mejores momentos financieros de los últimos años.
BP multiplicó por más de cinco sus beneficios en el primer trimestre de 2026. La compañía británica pasó de ganar 687 millones de dólares hace un año a superar ahora los 3.800 millones. Shell elevó sus ganancias un 19% hasta rozar los 5.700 millones de dólares. TotalEnergies aumentó su beneficio más de un 50%.
Las cifras poseen algo casi insultante cuando se observan junto a la realidad social que las acompaña.
Porque detrás de cada punto que sube el barril de petróleo hay familias reorganizando gastos, pequeñas empresas soportando costes imposibles y gobiernos intentando contener otra espiral inflacionaria. La volatilidad energética se traduce siempre en ansiedad social para unos y en rentabilidad financiera para otros.
España tampoco escapa a esa lógica. Repsol obtuvo 929 millones de euros de beneficio en el primer trimestre del año, un 154% más que en el mismo periodo del ejercicio anterior. La propia compañía reconoció que el conflicto con Irán ha generado “disrupción física de productos energéticos”, alteraciones en las cadenas de suministro y fuertes fluctuaciones de precios.
Dicho de otra forma más sencilla. La guerra encarece la energía y ese encarecimiento multiplica los márgenes de las grandes compañías integradas.
El fenómeno no es nuevo. Ocurrió tras la invasión rusa de Ucrania y vuelve a repetirse ahora en Oriente Medio. Las grandes energéticas poseen una capacidad extraordinaria para convertir la inestabilidad internacional en beneficios récord. Su estructura vertical —extracción, refino, distribución y comercialización— les permite absorber el shock geopolítico y transformarlo en rentabilidad.
Mientras tanto, los Estados vuelven a enfrentarse a un viejo dilema político. Cómo impedir que una crisis internacional termine agravando todavía más las desigualdades internas.
Porque las guerras contemporáneas tienen un efecto perverso sobre las democracias occidentales. La factura económica nunca se reparte de manera equilibrada. Los beneficios tienden a concentrarse arriba mientras el miedo y el encarecimiento del coste de vida descienden hacia abajo.
Y ahí aparece una discusión cada vez más incómoda en Europa. Hasta qué punto resulta aceptable que determinadas compañías acumulen beneficios extraordinarios gracias a una situación internacional que empobrece simultáneamente a millones de ciudadanos.
La cuestión no es moral únicamente. También es política.
Cuando la ciudadanía percibe que las grandes crisis globales siempre terminan beneficiando a los mismos actores económicos, la confianza democrática empieza a erosionarse peligrosamente. La sensación de injusticia se convierte entonces en combustible perfecto para el malestar social y para los discursos extremistas que prometen soluciones simples frente a problemas complejos.
Mientras tanto, los mercados continúan reaccionando casi automáticamente al ruido de las bombas, a los movimientos navales en Ormuz y a cada amenaza diplomática entre Washington y Teherán. El petróleo sube. Las acciones energéticas se disparan. Los beneficios crecen.
Y en algún lugar entre los gráficos bursátiles y los informativos de guerra vuelve a aparecer la misma pregunta incómoda que acompaña al capitalismo desde hace décadas. Cuánto sufrimiento colectivo cabe dentro de una cuenta de resultados récord.