Los mercados financieros suelen actuar como un gigantesco termómetro de las expectativas colectivas. Cuando perciben incertidumbre, se retraen. Cuando vislumbran estabilidad, avanzan. La jornada bursátil de este lunes ha vuelto a demostrarlo con claridad.
El Ibex 35 cerró por primera vez en su historia por encima de los 19.000 puntos, una barrera simbólica que coincide con el anuncio del acuerdo alcanzado entre Estados Unidos e Irán para poner fin a varios meses de tensión militar y reabrir el estratégico estrecho de Ormuz, una de las principales arterias energéticas del planeta.
La reacción de los inversores fue inmediata. La posibilidad de una desescalada en Oriente Próximo alivió uno de los principales factores de incertidumbre que venían condicionando la evolución de la economía mundial durante los últimos meses. El temor a una interrupción prolongada del tráfico marítimo y energético había elevado la preocupación sobre posibles repuntes inflacionarios y nuevas tensiones en el suministro de petróleo y gas.
La recuperación de la normalidad en Ormuz cambia sustancialmente ese escenario. Los mercados interpretan que la reapertura del corredor marítimo reducirá los riesgos sobre los precios de la energía y permitirá recuperar una cierta previsibilidad en un contexto internacional especialmente complejo. De hecho, la caída del precio del petróleo durante la jornada fue tan significativa como el avance de las bolsas europeas.
El comportamiento del mercado español resulta particularmente relevante porque refleja también la buena salud de algunos sectores estratégicos. La banca volvió a ejercer como uno de los principales motores del selectivo, acompañada por compañías vinculadas al turismo, el transporte y los servicios, actividades especialmente sensibles a los cambios en el clima económico global.
La subida del Santander, BBVA o Sabadell convivió con importantes avances en valores como Amadeus o IAG, empresas cuya evolución suele estar estrechamente ligada a las expectativas de crecimiento internacional.
La estabilidad política y diplomática sigue teniendo consecuencias directas sobre la economía cotidiana. A menudo se presenta la política exterior como una cuestión lejana, reservada a gobiernos, cancillerías y organismos internacionales. Sin embargo, sus efectos terminan llegando a las inversiones, al empleo, a la inflación y a la capacidad de crecimiento de los países.
Por eso los acuerdos de paz generan algo más que titulares diplomáticos. Generan también confianza económica. La jornada deja además una enseñanza interesante para quienes durante años han defendido la confrontación permanente como principal herramienta de política internacional. Las amenazas, las escaladas militares y los discursos maximalistas pueden producir réditos inmediatos en determinados contextos políticos. Resulta mucho más difícil encontrar beneficios económicos duraderos derivados de la inestabilidad.
La propia evolución de los mercados parece ilustrar esa realidad. Las bolsas celebran la paz. El petróleo baja cuando disminuye el riesgo de conflicto. Los inversores premian la previsibilidad. Las empresas planifican mejor cuando desaparecen las amenazas sobre las cadenas de suministro.
Eso no significa ignorar las enormes dificultades que todavía persisten en Oriente Próximo. El acuerdo deberá consolidarse y demostrar su viabilidad en los próximos meses. Existen demasiados antecedentes que aconsejan prudencia antes de dar por resueltas tensiones históricas de enorme complejidad.
En un tiempo dominado por las crisis sucesivas, la economía ha encontrado una razón para respirar con algo más de tranquilidad. El récord alcanzado por el Ibex no constituye únicamente una cifra bursátil. Refleja la confianza de que la diplomacia puede ofrecer soluciones allí donde la confrontación solo generaba incertidumbre.