La macroeconomía de España sigue liderando el crecimiento de Europa mientras la micro mantiene al país líder de pobreza, desempleo y bajos salarios

El FMI eleva las previsiones mundiales e sitúa a España al frente del crecimiento en Europa

13 de Octubre de 2026
Actualizado a las 12:33h
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Si uno echa la vista atrás y recuerda las portadas de los periódicos allá por el fatídico año 2020, cuando el mundo entero echó el cierre y nos encerramos en casa, la música de fondo sonaba a réquiem. Los expertos más encumbrados de la econometría global, esos que visten trajes a medida en Washington, Londres o Fráncfort, se echaban las manos a la cabeza. Auguraban un cataclismo sin parangón. Una travesía en el desierto de décadas.

Pues bien, han pasado seis largos años desde aquel histórico desplome y, seamos sinceros, el planeta no ha tenido un solo segundo de respiro. ¿Guerra a las puertas de Europa en Ucrania? Apuntada. ¿Un polvorín encendido en Oriente Medio? También. ¿Guerra de aranceles entre las grandes potencias y el caos total en las rutas marítimas de suministros? Por supuesto. La tormenta perfecta, caída ficha a ficha, como en un dominó macabro. Y sin embargo... la máquina no se ha parado. Contra todo pronóstico y dejando a los más agoreros con el molde hecho, la economía mundial en 2026 está demostrando una piel de elefante que desconcierta a los propios analistas de los grandes bancos de inversión.

Quien pasee estos días por las moquetas del organismo internacional en la calle 19 de Washington notará un cierto aire de asombro contenido. El último boletín del Fondo Monetario Internacional, el famoso World Economic Outlook, ese documento que los ministros de Economía leen con lupa nada más levantarse, ha tenido que hacer algo que a los economistas les cuesta horrores: corregir sus propias profecías a la baja y pintar un cuadro mucho más optimista.

Cuando estalló la guerra en Irán y el barril de petróleo amenazó con ponerse por las nubes, todos dieron por sentado que la actividad económica se iría al traste. Un frenazo en seco. Era lo lógico en cualquier libro de texto, ¿verdad? Pues no. La realidad, siempre más tozuda que las ecuaciones, ha obligado al organismo internacional a rascarse el bolsillo de las previsiones y subir los números. La resiliencia de la economía global ha vuelto a romper los esquemas.

Hoy el organismo calcula que el crecimiento económico mundial se anotará un 3,1% al cierre del ejercicio. Y ojo con las economías desarrolladas, porque les ha subido la nota en cuatro décimas, hasta el 2,1%, anticipando incluso una aceleración del 3,4% para el año que viene. Nada mal para un barco que navegaba en medio de un oleaje picado.

Llegados a este punto, la pregunta que se hace cualquier ciudadano en la barra de una cafetería o en la mesa de un taller es simple: ¿cómo demonios se explica semejante milagro? ¿De dónde sale esta aparente invulnerabilidad frente a los golpes geopolíticos?

La respuesta no está en los despachos oficiales, sino en las fábricas, en los puertos y en las PYMES. El sector privado se ha vuelto un superviviente nato. Tras los latigazos de la crisis financiera de 2008 y las lecciones a sangre y fuego del parón pandémico, las empresas aprendieron a no jugárselo todo a una sola carta. Se acabaron aquellos días en los que depender de un único proveedor a diez mil kilómetros de distancia era la norma. Hoy, las compañías diversifican, mueven sus fábricas a países más cercanos, cambian de proveedores en cuestión de días y reestructuran sus balances antes de que el agua les llegue al cuello. Pura flexibilidad operativa. Instincto de conservación.

A esa agilidad de la calle se le ha sumado un acelerador inesperado que está moviendo toneladas de dinero: la carrera desbocada por la inteligencia artificial. La promesa de esta revolución tecnológica ha abierto el grifo de la inversión productiva en IA a niveles casi febriles. Se están levantando centros de datos gigantescos, se contrata personal y los mercados financieros, encantados con la música, siguen ofreciendo crédito abundante y barato tanto a empresas como a gobiernos.

Pero cuidado con esto último... El propio organismo económico ha deslizado un recado que conviene no echar en saco roto. Todo esta fiesta de la tecnología se está pagando con cheques de deuda. Y si los beneficios reales de la robótica y los algoritmos tardan más de la cuenta en llegar a la cuenta de resultados, o si a Wall Street le da de repente un ataque de pánico, el patinazo puede ser de los que hacen época.

España, motor de Europa, líder en pobreza

Si uno cruza el Atlántico y analiza el comportamiento de las potencias del Viejo Continente, el caso español se ha convertido en la gran comidilla de los corrillos económicos en Bruselas. Nadie daba un duro por la península cuando en 2020 el producto interior bruto se hundió cerca de un 11%, dejando un paisaje desolador en el turismo y la hostelería.

Pues bien, la tortilla se ha dado la vuelta. El FMI acaba de subir otras cuatro décimas sus estimaciones para el país, fijando el crecimiento del PIB en España en un sólido 2,5%. Una cifra que prácticamente calca los números que manejaban con cautela en el Ministerio de Economía y en la sede del Banco de España en la plaza de Cibeles.

Si estas proyecciones se cumplen cuando suene la última campanada del año, la economía española habrá encadenado cuatro ejercicios consecutivos creciendo más del doble que sus socios de la zona euro, estancados en un tímido 1,1%. Es más: el año que viene, la producción nacional superará en un 15% los niveles de riqueza que teníamos justo antes de que el coronavirus lo paralizara todo. El empuje del mercado de trabajo, el aguante del turismo y un consumo que no afloja están tirando del carro con un brío que ya querrían para sí en los polígonos industriales del centro de Europa, notablemente gripados por la crisis energética.

Todo esto en el país que lidera los rankings europeos de pobreza, de superación de umbrales de pobreza, de bajos salarios, de mayor precariedad laboral y de desempleo, entre otras cosas que muestran los datos oficiales, tanto del Gobierno como de la Unión Europea.

El fantasma de la gasolina

Pero no nos engañemos ni nos dejemos llevar por el entusiasmo de las grandes cifras macroeconómicas. Quien va al supermercado o llena el depósito del coche sabe perfectamente que no es oro todo lo que reluce. La economía aguanta el tipo, sí, pero lo hace con la respiración fatigada por culpa de la inflación energética y del petróleo.

Las cifras que manejan los técnicos de Washington quitan el hipo: se prevé que el precio medio del barril de crudo se pague este año un 41% más caro que en el ejercicio anterior. Un rejón en toda regla para la cesta de la compra. Aunque el mercado parece haberse acostumbrado a vivir en el alambre, semejante sobrecoste actúa como un impuesto silencioso que devora el margen de ahorro de las familias y aprieta las tuercas a las pequeñas explotaciones agrícolas y a los transportistas.

Con una tasa de precios a nivel mundial rondando el 4,7% y el coste de la vida en España apretando en torno al 3,7%, la alegría no es ni mucho menos completa. La confianza sigue siendo de cristal. La economía global ha demostrado ser un boxeador encajador, capaz de encajar ganchos en las costillas y seguir en pie tras seis años de golpes continuos. Pero en el cuadrilátero del comercio internacional, nadie aguanta los castigos eternamente sin acabar besando la lona. La gran pregunta que recorre hoy los despachos de los analistas es cuánto tiempo más aguantará la mandíbula del sistema antes de que un nuevo choque haga perder definitivamente el equilibrio.

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