La celebración de los cuarenta años de la adhesión de España a la Unión Europea ha servido también para recordar una realidad que a menudo pasa desapercibida entre las crisis cotidianas. Buena parte de la prosperidad económica europea de las últimas décadas se ha construido sobre una idea aparentemente sencilla pero extraordinariamente ambiciosa: derribar fronteras económicas dentro del continente para crear un espacio común de actividad, inversión y oportunidades.
Ese fue el mensaje que recorrió la jornada organizada por CEOE bajo el lema "Del Mercado Único a un Único Mercado", un encuentro que reunió en Madrid a representantes empresariales, responsables comunitarios e instituciones europeas en un momento especialmente sensible para la economía internacional.
Europa afronta simultáneamente desafíos comerciales, tecnológicos, energéticos y geopolíticos que están poniendo a prueba su modelo económico. La creciente rivalidad entre Estados Unidos y China, la fragmentación del comercio internacional y la necesidad de acelerar la transición digital y ecológica han obligado a Bruselas a replantearse muchas de sus prioridades estratégicas.
En ese contexto, el Mercado Único vuelve a aparecer como uno de los principales activos de la Unión Europea. No se trata únicamente de una estructura económica. Es también una herramienta política que permite a los países europeos actuar con una dimensión que ninguno de ellos podría alcanzar individualmente.
Durante la jornada, el presidente de CEOE, Antonio Garamendi, defendió la necesidad de seguir avanzando hacia una Europa más integrada y competitiva. Un planteamiento que comparte buena parte del tejido empresarial europeo, convencido de que la escala continental constituye una ventaja imprescindible para competir en un mundo dominado por grandes bloques económicos.
A pesar de los avances acumulados durante décadas, numerosos expertos consideran que el Mercado Único sigue siendo una construcción inacabada. Existen todavía barreras regulatorias, diferencias administrativas y obstáculos normativos que dificultan la plena circulación de servicios, inversiones y actividades empresariales.
La paradoja europea es que dispone de uno de los mayores mercados del mundo, pero continúa funcionando en muchos ámbitos como una suma de mercados nacionales.
Esa idea estuvo muy presente en las intervenciones de representantes de la Comisión Europea, del Parlamento Europeo y del Instituto Jacques Delors. Todos coincidieron en señalar que el próximo gran salto del proyecto comunitario pasa por profundizar en la integración económica y reducir las fragmentaciones que todavía limitan el potencial del mercado interior.
El debate adquiere especial relevancia en un momento en que Europa intenta reforzar su autonomía estratégica. La pandemia, la crisis energética y las tensiones comerciales internacionales han evidenciado la vulnerabilidad de determinadas cadenas de suministro y han impulsado una reflexión más amplia sobre la capacidad europea para competir en sectores clave.
España observa ese proceso desde una posición muy distinta a la que ocupaba hace cuatro décadas. La incorporación a la entonces Comunidad Económica Europea transformó profundamente la estructura productiva del país, facilitó la llegada de inversiones, modernizó infraestructuras y permitió la internacionalización de miles de empresas.
Los datos económicos muestran hasta qué punto esa integración ha sido decisiva para el desarrollo español. Pero también evidencian que los desafíos actuales son diferentes a los de los años ochenta. La competencia global ya no depende únicamente de costes laborales o capacidad industrial. Se juega también en ámbitos como la innovación tecnológica, la inteligencia artificial, la energía o la capacidad para atraer inversión.
Por eso el debate sobre el futuro del Mercado Único trasciende las cuestiones técnicas. Lo que está en juego es la capacidad de Europa para mantener su peso económico y político en un escenario internacional cada vez más competitivo.
La conclusión compartida por buena parte de los participantes fue clara. Si Europa quiere seguir siendo un actor relevante en el siglo XXI, deberá culminar una integración económica que aún conserva importantes asignaturas pendientes. No como un ejercicio burocrático, sino como una condición necesaria para sostener su prosperidad, su capacidad de innovación y su autonomía estratégica en un mundo cada vez más complejo.