Durante buena parte de nuestra historia reciente, Europa fue el lugar al que España miraba para saber cuánto le faltaba. Los salarios eran más altos al norte de los Pirineos, el empleo más estable, las economías más productivas. Alemania representaba la industria que no teníamos; Francia, un Estado del bienestar más consolidado; los países nórdicos, prácticamente cualquier indicador social al que aspirar.
Entramos en la Comunidad Económica Europea con esa sensación y durante décadas la palabra que mejor explicó nuestra relación con el continente fue convergencia. Había que alcanzar a los demás. Aquella distancia no ha desaparecido y algunas brechas continúan siendo demasiado grandes. Pero la España de 2026 empieza a resultar difícil de explicar únicamente como un país que persigue a los europeos que marchan por delante.
La economía española lleva varios años creciendo por encima de buena parte de las grandes economías de la zona euro. El empleo se encuentra en niveles que habrían parecido difíciles de imaginar después de la crisis financiera y la transformación energética ha colocado al país en una posición favorable para una Europa que necesita producir más energía dentro de sus propias fronteras.
España continúa teniendo mucho que aprender de sus vecinos. Lo novedoso es que empieza a haber terrenos en los que esa mirada ya no funciona en una sola dirección.
Crecer más que Europa dejó de ser excepcional
Las últimas previsiones de la Comisión Europea vuelven a dibujar una economía comunitaria sometida a un crecimiento débil. Para 2026, Bruselas calcula un avance del 1,1% en la Unión y de apenas el 0,9% en la zona euro, en un contexto condicionado por las tensiones energéticas y geopolíticas. España, en cambio, continúa entre las economías con mejores perspectivas del bloque.
El país sigue arrastrando problemas conocidos. La productividad necesita mejorar, la renta por habitante mantiene distancia respecto a los Estados más ricos y el desempleo continúa siendo elevado en términos europeos. Pero esos problemas conviven ahora con una economía que lleva tiempo creciendo por encima de la media y creando empleo incluso en un escenario internacional poco favorable.
La demanda interna, la inversión y los fondos europeos han contribuido a ese comportamiento. A comienzos de julio, la Comisión dio luz verde parcial a la sexta solicitud de pago del Plan de Recuperación, con avances acreditados en ámbitos como investigación y desarrollo, formación profesional, movilidad sostenible, gestión del agua o derechos sociales. España había cumplido entonces el 60% del conjunto de hitos y objetivos del plan.
Quedará tiempo para evaluar qué inversiones han producido cambios duraderos y cuáles tuvieron un impacto menor. Pero la fotografía resulta muy distinta de la que dejó la crisis del euro, cuando España aparecía ante Bruselas asociada al rescate bancario, el desempleo y las reformas exigidas desde fuera.
El mercado laboral ha roto una barrera histórica
Probablemente ningún cambio resulte tan significativo como el empleo. España ha superado los 22 millones de ocupados y ha conseguido reducir el paro por debajo del 10%, una frontera que merece cierta perspectiva. Durante décadas, el desempleo de dos dígitos llegó a parecer una característica casi estructural de nuestra economía. Incluso en periodos de fuerte crecimiento, el país convivía con tasas que en otros Estados europeos habrían provocado una enorme preocupación.
El paro español continúa por encima de la media comunitaria y el desempleo juvenil sigue siendo uno de los grandes problemas pendientes. Eso no impide reconocer el cambio producido en un mercado laboral que ha demostrado mayor capacidad para crear puestos de trabajo y mantenerlos que en etapas anteriores.
También se ha modificado su composición. La temporalidad se ha reducido desde la reforma laboral y la incorporación de trabajadores extranjeros está desempeñando un papel importante en el aumento de la población activa y del empleo, justo cuando otros países europeos empiezan a afrontar con mayor intensidad las consecuencias laborales del envejecimiento. El comportamiento del empleo durante los últimos años ha sido diferente y permite hablar de un mercado laboral más resistente, aunque conserve desequilibrios que todavía necesitan corrección.
El sol dejó de ser solamente una ventaja turística
Durante décadas, hablar del sol español significaba hablar de turismo. Ahora significa también hablar de energía, industria y competitividad. España ha avanzado con rapidez en el despliegue de renovables y esa capacidad adquiere un valor diferente en una Europa que intenta reducir su dependencia de los combustibles fósiles importados y acelerar la descarbonización de su industria. Bruselas ha convertido precisamente la energía limpia y la autonomía energética en dos de las piezas centrales de su estrategia de competitividad.
España parte en ese proceso con condiciones naturales difíciles de reproducir en buena parte del continente y con un parque renovable que lleva años creciendo. Esa ventaja no elimina los problemas de almacenamiento, redes o interconexiones con Francia, pero ofrece una posición de partida muy distinta a la de un país obligado a importar prácticamente toda la energía que consume.
También empiezan a aparecer inversiones vinculadas a las nuevas prioridades industriales y tecnológicas europeas. Este mismo agosto, Bruselas ha dado luz verde a la propuesta española para competir por una de las futuras gigafactorías europeas de inteligencia artificial, un proyecto que prevé una inversión de unos 5.000 millones de euros entre capital público y privado. La decisión definitiva todavía no está tomada, pero que España participe en esa carrera dice bastante sobre el cambio de escenario.
La ventaja energética no garantiza por sí sola una nueva industrialización. Para aprovecharla harán falta redes, innovación, formación, inversión y decisiones empresariales que no dependen únicamente del precio de la electricidad. Lo relevante es que España dispone hoy de un activo estratégico que ha ganado valor precisamente cuando Europa busca dónde instalar la industria de las próximas décadas.
Europa también ha cambiado
Parte de la nueva posición española procede de nuestras mejoras y otra parte de las dificultades que atraviesan países utilizados durante años como referencia. Alemania afronta una transformación industrial compleja, Francia tiene dificultades fiscales y el conjunto de la Unión intenta recuperar competitividad frente a Estados Unidos y China. El debate que recorre ahora Bruselas gira alrededor de productividad, tecnología, energía y capacidad industrial, hasta el punto de que Mario Draghi acaba de impulsar un grupo de trabajo para intentar acelerar unas reformas europeas que considera demasiado lentas.
En ese nuevo mapa, España tampoco encaja cómodamente en la vieja imagen de una economía periférica dependiente casi exclusivamente del turismo y los servicios.
El turismo conserva un peso enorme y continuará siendo una de nuestras principales fortalezas. Junto a él han ganado importancia las renovables, los servicios profesionales, determinadas actividades tecnológicas y proyectos industriales vinculados a la transición energética. La llegada de población extranjera contribuye además a ampliar una fuerza laboral que otros países europeos empiezan a ver reducida por su evolución demográfica.
Nada de esto significa que España haya adelantado estructuralmente a Alemania o Francia. Sus niveles de productividad, renta, capacidad industrial o inversión tecnológica continúan ofreciendo referencias de las que aprender. Lo que ha perdido vigencia es aquella división tan cómoda entre un norte europeo que siempre enseñaba y un sur condenado a intentar alcanzarlo.
Quedan deberes, pero España ya compite desde otro lugar
España necesita elevar su productividad, mejorar el acceso a la vivienda, reducir todavía más el desempleo y conseguir que el crecimiento económico se traduzca con mayor intensidad en salarios y bienestar. El paro juvenil continúa siendo demasiado alto y la distancia de renta respecto a los países más prósperos no ha desaparecido pero reconocerlo no obliga a pasar por alto lo ocurrido durante los últimos años.
El país ha mejorado su capacidad para crear empleo, mantiene un ritmo de crecimiento superior al de la zona euro y ha construido una posición relevante en energías renovables justo cuando la autonomía energética se ha convertido en una prioridad continental. Los fondos europeos han permitido además acelerar inversiones y reformas que todavía tienen recorrido por delante.
Quizá cueste percibir el cambio porque la comparación con Europa forma parte de nuestra manera de medirnos desde hace décadas. Durante mucho tiempo preguntamos cuánto nos faltaba para alcanzar a los demás y esa costumbre permanece incluso cuando algunos indicadores empiezan a contar una historia distinta.
España no ha resuelto todos sus problemas ni necesita convencerse de ello para reconocer sus avances, simplemente ha dejado de ocupar siempre el mismo lugar en la comparación europea.
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