La política suele moverse entre dos extremos. El triunfalismo y el desastre. La economía, en cambio, acostumbra a ser bastante más compleja. Por eso resulta especialmente significativo que organismos internacionales sin interés en la disputa partidista vuelvan a situar a España entre las economías con mejor comportamiento de Europa.
El Fondo Monetario Internacional ha confirmado que España crecerá un 2,1% en 2026, más del doble que la eurozona, cuya expansión se quedará en el 0,9%. No se trata de una previsión improvisada. El organismo mantiene prácticamente intactas sus estimaciones desde hace meses y vuelve a colocar a la economía española por delante de Alemania, Francia e Italia.
El dato adquiere una dimensión política evidente porque llega en un momento en el que una parte importante de la oposición insiste en presentar España como un país instalado en una decadencia permanente. Esa descripción puede resultar eficaz como consigna electoral, pero encuentra cada vez más dificultades para sostenerse frente a los indicadores económicos.
Conviene evitar cualquier lectura complaciente. España sigue afrontando problemas muy serios. El acceso a la vivienda continúa expulsando a miles de jóvenes del mercado residencial. La productividad mantiene un recorrido claramente mejorable. La precariedad persiste en determinados sectores y las listas de espera sanitarias o la dependencia siguen exigiendo respuestas mucho más ambiciosas. Nada de eso desaparece porque el PIB crezca.
Pero tampoco puede ignorarse que la economía española continúa mostrando una capacidad de resistencia que pocos anticipaban hace apenas tres años. El propio FMI destaca el buen comportamiento de la demanda interna, las medidas adoptadas para amortiguar el impacto energético y el peso creciente de las energías renovables como factores que explican esa fortaleza relativa.
También merece atención el contexto europeo. Alemania sigue acusando las dificultades de su industria. Francia crece con enorme debilidad. Italia mantiene una evolución prácticamente estancada. En ese escenario, España vuelve a situarse como una de las economías más dinámicas de la zona euro, una posición que ya no puede atribuirse únicamente a la recuperación posterior a la pandemia.
Ese reconocimiento no procede solo del Fondo Monetario Internacional. La Comisión Europea, la OCDE y distintos organismos nacionales e internacionales llevan meses coincidiendo en una misma dirección, aunque difieran ligeramente en las cifras concretas. El mensaje de fondo permanece estable. España crecerá más que la mayoría de sus socios europeos.
Quizá por eso llama la atención el contraste entre algunos discursos políticos y la evolución de los datos. Resulta legítimo cuestionar la gestión del Gobierno, discrepar de sus políticas económicas o reclamar reformas distintas. Lo que resulta mucho más difícil es sostener la imagen de un país en ruinas cuando los principales organismos económicos internacionales dibujan un panorama bastante diferente.
La economía nunca debería convertirse en un arma propagandística, ni para quien gobierna ni para quien aspira a hacerlo. Los buenos datos no autorizan la autocomplacencia, del mismo modo que los problemas pendientes tampoco justifican un relato de colapso permanente.
España necesita seguir creciendo, pero también repartir mejor ese crecimiento. Necesita transformar el avance macroeconómico en oportunidades para quienes todavía no perciben esa mejora en su vida cotidiana. Ahí sigue estando el gran desafío.
Sin embargo, conviene no perder de vista una evidencia. Un país que crece más del doble que la media de la eurozona difícilmente encaja en el retrato de decadencia irreversible que algunos intentan dibujar. La crítica política forma parte de cualquier democracia. Lo que debería quedar al margen son los hechos. Y los hechos, una vez más, vuelven a situar a España entre las economías con mejor comportamiento de Europa.
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