Durante años, el decrecimiento fue una conversación académica con eco en el activismo climático. Este fin de semana, en la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Madrid, ese marco dio un paso distinto: 124 organizaciones y más de 700 personas debatieron cómo traducir una crítica estructural al crecimiento perpetuo en programa, alianzas y estrategia institucional. El tono fue menos teórico que en citas anteriores. La pregunta ya no era si el PIB es un mal indicador, sino cómo construir mayoría social para superarlo.
Del diagnóstico al diseño político
El Foro Social Más Allá del Crecimiento partió de una premisa compartida: el crecimiento económico indefinido en un planeta finito no es sostenible ni ecológica ni socialmente. La novedad no estuvo en esa afirmación —ampliamente respaldada por la literatura científica sobre límites biofísicos— sino en el intento de estructurar un itinerario político concreto.
Se discutieron pactos ecosociales sector por sector: alimentación, energía, empleo, vivienda, servicios públicos. No como consignas, sino como propuestas de reorganización material. Descenso energético planificado, redistribución de la riqueza, reducción de la jornada laboral, reorientación fiscal y fortalecimiento de lo público fueron ejes recurrentes.
Fernando Valladares insistió en que el decrecimiento no puede presentarse como sacrificio, sino como mejora tangible en calidad de vida: menos consumo superfluo, más tiempo, más comunidad. Ese desplazamiento narrativo es estratégico. El término “decrecimiento” genera rechazo en una cultura económica que equipara expansión con progreso. Pero el foro asumió que el problema no es semántico, sino estructural: el modelo productivo actual amplifica desigualdades y acelera el deterioro climático.
Más allá del PIB
En paralelo al encuentro madrileño, economistas reunidos en Ginebra bajo el auspicio de Naciones Unidas plantearon la necesidad de sustituir el PIB como métrica dominante. Joseph Stiglitz, Kaushik Basu y Nora Lustig trabajan en un panel alternativo que incorpore bienestar, equidad y sostenibilidad. La crítica técnica al PIB —que contabiliza como riqueza tanto la producción limpia como la destrucción ambiental— ya no es marginal. El debate es cómo convertirla en política pública.
Construir poder, no solo discurso
Uno de los aprendizajes que atravesó el foro fue la insuficiencia de la denuncia. Hugo Abad Frías lo formuló con claridad: no basta con señalar las “falsas soluciones” del crecimiento verde ni advertir del deterioro democrático. Hace falta organización sostenida.
La intervención de Ada Colau aportó experiencia institucional. Recordó que parte de las medidas impulsadas en Barcelona —regulación del alquiler, ampliación de vivienda pública, restricciones al tráfico contaminante— enfrentaron una reacción intensa de lobbies y litigios judiciales. La transición ecosocial no es neutra: redistribuye poder. Y quien pierde privilegios responde.
Colau subrayó también un error frecuente: subestimar las campañas de desinformación y el lawfare. La batalla cultural no es un añadido; es el terreno donde se legitiman o deslegitiman las reformas. El decrecimiento, si aspira a ser proyecto mayoritario, deberá disputar esa narrativa.
Justicia global y migraciones
Uno de los momentos más incisivos del foro llegó con la intervención de Luz Helena Ramírez Hache. Recordó que el crecimiento del Norte global se sostiene sobre cadenas de extracción y trabajo precarizado en el Sur. En España, donde cerca de diez millones de personas han nacido en el extranjero, el vínculo entre transición ecológica y derechos migrantes no puede ser accesorio.
El decrecimiento, en su versión política, no puede limitarse a reducir consumo energético en Europa sin abordar las asimetrías globales. La redistribución material debe incluir regularización, derechos laborales y reconocimiento social. No hay transición justa si reproduce jerarquías raciales y económicas.
Ventana de oportunidad y riesgo
El foro se celebró en un contexto marcado por crisis encadenadas: inflación persistente, tensiones geopolíticas, deterioro climático visible y avance de la extrema derecha en varios países europeos. Ese entorno es ambivalente. Por un lado, evidencia los límites del paradigma de crecimiento; por otro, alimenta respuestas autoritarias.
El decrecimiento intenta ocupar ese espacio con una propuesta planificada y democrática de reducción material. Su desafío es doble: articular un programa viable y evitar que la crítica al modelo económico sea capitalizada por fuerzas reaccionarias que ofrecen soluciones identitarias en lugar de redistributivas.
En la UAM no se proclamó un partido ni una candidatura. Se habló de proceso. De aquí a final de año, los impulsores aspiran a consensuar un documento común que sirva de base para intervenir en la agenda política estatal. Si el decrecimiento logra traducir su crítica estructural en medidas concretas —fiscales, laborales, energéticas— habrá dejado de ser un diagnóstico incómodo para convertirse en actor.
Por ahora, ha dado un paso que durante años evitó: entrar en la disputa por el poder sin abandonar su raíz ecosocial.