El partido entre Aryna Sabalenka y Nick Kyrgios no fue exactamente tenis. O sí, pero del que se mira ladeando la cabeza, como cuando el domador entra -entraba- en la jaula con una sonrisa demasiado confiada. La pista parecía una carpa bien iluminada. Todo limpio. Todo preparado para que algo se descontrole.
Sabalenka apareció como la mujer forzuda de un cartel antiguo. Potencia pura. Golpes que no piden permiso. La pelota salía despedida como si hubiese firmado un acuerdo con la física para saltarse algunos artículos. Kyrgios, en cambio, jugó a ser el payaso blanco y el augusto al mismo tiempo. Un punto sublime. El siguiente, una mueca. Luego una genialidad envuelta en desgana. Todo calculadamente imprevisible.
El público entendió rápido el trato. Aquí no se viene a contar juegos. Se viene a contar historias. Cada gesto buscaba la grada. Cada pausa tenía algo de teatro. El tenis, ese deporte que durante décadas exigió silencio religioso, aceptó el murmullo, la risa, la complicidad. El error dejó de ser pecado para convertirse en parte del número. El acierto, en un truco bien ensayado que pedía aplauso inmediato.
En algún salón aristocrático del pasado, Pierre de Coubertin dejó escrito que en el deporte la superioridad del hombre quedaba clara porque se mide con regla y con reloj. Una frase limpia. Exacta. Casi geométrica. Pero el partido de Sabalenka y Kyrgios parecía discutirla sin levantar la voz. Aquí la regla se doblaba. Pista corta para ti, por cortesía, pero no porque en verdad seas inferior. El reloj se distraía: tiempos muertos para jugar al yo(primero)yo. Lo importante no era cuánto, sino cómo.
Y al final nadie salió preguntando quién había sido superior. Ni siquiera quién había ganado. Se habló de gestos. De miradas. De esa sensación de haber asistido a algo deliberadamente excesivo. En la actualidad, el deporte ha aprendido a maquillarse sin complejos. Puede seguir midiendo con regla y reloj, pero sabe que lo que mantiene al público en su asiento es otra cosa. Se había prometido espectáculo y espectáculo se dio. Y todos, curiosamente satisfechos, aceptaron el truco. Aplaudiendo, aunque sin pasión.
Tigre Tigre