No lo dudaba nadie. Y menos que nadie, él, el propio Carlos Alcaraz. Donka Alca, don Carlitos, el supersaiyano, el mito del Palmar. Estaba seguro de que ganaba sí o sí. Pero...
Pero su rival, Arthur Rinderknech, el tenista francés de 30 años y número 28 del mundo, no aspiraba a tanto en realidad, solo a ganarle al menos un set. Pensaba que en verdad lo podía conseguir.
Y dos pelotas de set llegó a tener el tenista francés. Y consiguió forzar al número 1 del mundo actual hasta el tie break. Pero aun así, para el público, el partido seguía sin tener verdadera emoción, porque todos, absolutamente todos, estábamos seguros de que Carlos Alcaraz iba a terminar ganando. Sí o sí. No solo era tema de ranking o de que viniese de ganar en Australia, sino algo más: un aura especial. Se le notaba que, excepto catástrofe imposible de prever, iba a salir victorioso del partido. Y es más, el resultado iba a ser 2 sets a 0.
Inteligentísimo que no jugase en Rotterdam, que dosifique la energía, que disfrute de la vida.
Sorprendente que la figura de Juan Carlos Ferrero, su segundo padre (tenístico) no fuese tan importante como desde fuera todos pensábamos. No voy a olvidar nunca lo que dijo el Mito del Palmar en la primera entrevista después de ganar el Open de Australia, el único Grand Slam que le faltaba, por primera vez.
"Mi primer pensamiento fue para "aquellos" que decían que no lo iba a lograr, que no iba a ser capaz de hacerlo". Se intuye que Juan Carlos Ferrero estaba dentro de ese "aquellos".
Alcaraz es ahora mismo como un valor en bolsa cuando se dispara como un cohete. En subida libre, se dice en el argot.
Sí, así está Alcaraz en este momento. En subida libre. Parece capaz de hacer cualquier cosa. Ya se lo ha demostrado a sí mismo y al mundo entero; a todos sus rivales y detractores.
Espectacular.
Maravilloso.
Superior.
Káren Kachanov, número 17 del mundo, será su siguiente rival.
Tigre Tigre