Por fin el chaval de la mirada fiera y el revés indómito ha encontrado su redención en los huertos de Mallorca. Alejandro Davidovich Fokina, ese tenista de genio suelto y raqueta volcánica, y uno de los favoritos de este periódico, que parecía condenado a la dulce y amarga tortura del eterno finalista, ha quebrado el maleficio que lo ataba a la derrota. Sucedió bajo el sol implacable de las Baleares, sobre esa hierba pulcra y aristocrática que exige precisión de cirujano y paciencia de monje.Se medía el malagueño a un estadounidense de nombre cinematográfico y tenis aseado, Ethan Quinn, un rival que vendió cara su piel en un primer set agónico, resuelto en los alambres del desempate por siete goles a cuatro.
Pero la tarde no estaba para lamentos ni para engrosar esa dolorosa estadística de cinco finales perdidas que pesaba sobre los hombros de Alejandro como una losa de mármol. El segundo acto fue un monólogo de madurez, un rotundo seis a tres que desató el júbilo y la lágrima contenida.Hacía falta coraje para reinar en la isla donde el tenis español suele invocar la memoria de sus más ilustres leyendas sobre el césped, y Davidovich se plantó allí tras una semana en la que despachó a tipos de la talla de Adam Walton, Grigor Dimitrov y Fábián Marozsán.
La victoria tuvo un eco sagrado en la entrega del trofeo, cuando el campeón, con el alma al aire, alzó los ojos al cielo para brindar el triunfo a su padre, el hombre que le entregó su primera raqueta y que ya no habita este mundo, pero que ayer pareció soplar a favor del viento en cada servicio.No habrá tiempo para el reposo ni para el vino de la celebración en las esquinas de Mallorca. La gloria del tenis es efímera y tiene prisa.
El lunes, la hierba mítica de Wimbledon espera ya al andaluz para un debut de alta exigencia contra el argentino Juan Manuel Cerúndolo. El maleficio se ha roto y Davidovich ya sabe lo que pesa la plata de un campeón; ahora queda ver si este impulso es el preludio de una epopeya mayor en las catedrales de Londres.
Tigre Tigre