Hace no tanto tiempo el deporte era una actividad de caballeros y las reglas no escritas se respetaban tanto o más que las escritas.
En la guerra y el amor, todo vale, dice la sentencia popular, pero el deporte nos gusta creer que aún puede ser otra cosa.
Aunque ya no.
Ya es poco o nada honorable que jugador de tenis, que además es de lo más grandes de la historia en resultados, recurra a tácticas de guerrilla sucia como llamar al médico o darse una ducha y dejar al rival enfriarse en pista y saliéndose mentalmente del partido.
Hasta ahí, aunque en nuestra opinión sea deplorable, podría admitirse que es una batalla y que si no se puede ganar jugando limpio hay que recurrir a tretas psicológicas. No nos gusta y lo despreciamos, pero quizá hasta ahí podría admitirse.
Lo que no es admisible es la absoluta falta de clase de Novak Djokovic: cerrando el puño y gritando jubiloso cuando le ganaba un punto a un rival que apenas podía andar sobre la pista.
Casper Ruud no es en teoría rival para el despreciable señor Djokovic para la final de Roland Carlos de 2023, pero nunca se sabe. Sería bonito ver perder al serbio. Que el karma existiese y funcionase. Sería bonito que no consiguiese otro Grand Slam y continuara sin poder superar a Rafael Nadal.
En el partido de Djokovic contra Alcaraz de semifinales en Roland Garros no ha ganado el mejor, ha ganado el más sucio y despreciable. Pero a nadie le extraña, porque así es como funciona en este momento de la historia prácticamente todo nuestro mundo.
Tigre Tigre
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