Ya aplaudimos desde esta sección, que en el futuro rebautizaremos como LAS ALMAS Y LAS RAQUETAS, que Carlos Alcaraz se fuese a casa tras la derrota en Miami, y se lo tomase como un descanso merecido y necesario.
Hemos dicho ya varias veces, pero lo repetiremos todas las que haga falta, que Carlos Alcaraz con veintitrés años ya está entre los diez jugadores más grandes de todos los tiempos, especialmente si medimos con la vara de los Grand Slam. Carlos Alcaraz iguala a John McEnroe y Mats Wilander en siete títulos de Grand Slam. Sólo hay ocho jugadores en la historia con números mejores. Y además el Mito del Palmar es el más joven de la historia en haber conseguido siete Grand Slams.
Todo lo anterior es un poco secundario, pero deja claro que Carlos, sin Carlitos, no tiene nada que demostrar. Porque ya es inmortal y ya es historia.
Lo prioritario es que no le ordeñen y machaquen contra su voluntad. ¿Qué más da la absurda lucha por el número 1? Ese truco ridículo de que no haya un mejor número 1 cada año y se vaya moviendo con el calendario. Que se lo quede Janik Sinner... o la abuela del italiano con pinta de austriaco.
Carlos Alcaraz debe jugar sólo cuando quiera, y en nuestra opinión debería centrarse en los grandes, en esos torneos en los que los hombres están obligados a jugar a cinco sets. Los ocho mil del tenis. Roland Garros, Wimbledon, USA y Australia.
Y lo demás: zarandajas.
Quizá en el Open de Madrid consigan este que juegue Carlos, pero tendrían que hacerlo muy bien. Muy muy bien y no como lo hicieron el año pasado.
En cualquier caso aplaudimos. Nos hace sentir felices que Carlos Alcaraz haya dicho que no va a Montecarlo. Ya decidirá él cuando sigue jugando.
Su felicidad es nuestra felicidad. Y siempre contará, incondicionalmente y haga lo que haga, con nuestro más honesto aplauso.
Tigre Libre