Carlos Alcaraz abrió el Open de Australia ante Adam Walton y lo hizo con solvencia.
El marcador pasó rápido, casi de puntillas, que es como deben pasar los resultados cuando no cuentan toda la historia.
Lo importante fue el tono. Sereno. Concentrado. Con el cuerpo ligero y la cabeza clara.
Se nota que está con ganas. Muy metido. En un estado de forma magnífico.
No hubo gestos de ansiedad ni necesidad de acelerar nada. Jugó lo que tocaba y cerró cuando tuvo que cerrar.
En el palco faltaba una figura habitual. Juan Carlos Ferrero no está en Australia y esa ausencia pesa, aunque no se nombre.
Da cierta tristeza pensar que personas que han logrado tanto juntas terminen alejadas por dinero, sobre todo cuando el dinero no es precisamente un problema.
El tenis sigue, pero queda un poso incómodo.
Alcaraz, en cualquier caso, parece haber asumido el contexto con naturalidad.
Ni mirar atrás ni hacer teatro. Paso a paso.
El siguiente rival, salvo sorpresa, será Yannick Hanfmann, en segunda ronda.
Un partido distinto. Más exigente. De esos que piden paciencia y orden.
Melbourne todavía está empezando a calentarse y el torneo también.
Prudencia, sí. Pero también optimismo. Del bueno. Aún sigue creciendo el gran tenista al que cuando empezó en el circuito profesional lo celebraba cuando le llamaban Carlitos.
Tigre Tigre