En el universo del Real Madrid, donde el resultado suele imponerse al proceso y la victoria se interpreta como validación automática, la temporada actual vuelve a plantear si existe un modelo táctico reconocible que sostenga al equipo más allá del talento individual. Ganar sigue siendo posible, pero el cómo vuelve a tambalearse, sobre todo tras perder dos títulos en apenas 4 días, con destitución del entrenador de por medio.
Desde la salida del centro del campo formado por Casemiro, Modric y Kroos y la transición hacia un centro del campo más físico, el Madrid intentó redefinir su identidad con la llegada de Xabi Alonso: más control, más presión adelantada, menos dependencia del repliegue bajo y el contragolpe clásico. Sin embargo, esa mutación no ha cristalizado en una estructura estable. En demasiados tramos de partido, el equipo defiende en bloques descoordinados, con una distancia excesiva entre mediocampo y defensa que abre autopistas para rivales mínimamente organizados.
No es un problema de calidad, sino de arquitectura colectiva y, sobre todo, de diseño de una plantilla adecuada a una idea de juego que vaya más allá de las individualidades.
Versatilidad que deriva en ambigüedad
La polivalencia de futbolistas como Bellingham, Camavinga o Valverde ha sido celebrada como una virtud moderna. En la práctica, se ha convertido en un dilema estructural. Ninguno de ellos parece asentarse en un rol fijo; todos se adaptan, pero el equipo no termina de hacerlo. El resultado es un Madrid que ataca sin automatismos claros y defiende por impulsos, confiando más en la lectura individual que en una red de comportamientos compartidos.
El 4-4-2 en rombo o el 4-3-3, pensado para potenciar la llegada de Bellingham y poblar el carril central, ha mostrado rápidamente sus límites. Frente a rivales que cargan las bandas, el Madrid se queda sin amplitud, pierde ritmo y se vuelve previsible. Cuando Vinícius y Mbappé no están o cuando Rodrygo actúa como falso nueve lejos de su zona natural, el ataque se estrecha y el equipo retrocede metros casi sin darse cuenta.
El talento como arma de doble filo
Ancelotti nunca fue un dogmático. Su éxito histórico se basó en adaptar la pizarra al jugador y no al revés. Pero en un equipo de este calibre, esa flexibilidad acabó el desorden funcional. El Madrid atacaba con muchos y defendía con pocos. Cuando la inspiración aparecía, el sistema parece innecesario; cuando desaparecía, la estructura se evaporaba.
Los datos respaldaron la sensación visual. El equipo concedió más transiciones tras pérdida en campo rival que sus principales competidores en España y en la Champions. La presión tras pérdida era intermitente, la ocupación del carril central resultaba deficiente y jugadores como Bellingham, tácticamente brillantes pero limitados en el radio de acción, se vieron obligados a cubrir demasiado espacio. Los laterales, ofensivos por naturaleza, dejaban expuestas las espaldas de los centrales con una frecuencia preocupante.
Fe competitiva frente a planificación
El Real Madrid actual vive suspendido entre la fe y la planificación. Confía en el peso del escudo, en su gen competitivo y en la jerarquía de sus figuras, pero carece de la sincronía que define a los proyectos tácticos más trabajados de Europa. Frente a equipos como el Manchester City o el Bayern, el Madrid sigue apostando más por un caos controlado que por una ingeniería colectiva.
Ese enfoque ha dado títulos. El club domina como nadie el arte de sobrevivir a su propio desorden. Pero también deja en el aíre cómo evolucionará este grupo sin un marco táctico que potencie su talento en lugar de depender de él. Ganar por costumbre no siempre equivale a ganar por convicción.
Xabi Alonso y la promesa del orden
En ese contexto, Xabi Alonso apareció como el símbolo de una posible transición. Su trabajo en el Leverkusen demostró que era posible combinar talento con estructura, libertad con normas claras. Su equipo atacaba desde un 3-2-3-2 muy definido: tres hombres asegurando la base, dos mediocentros conectores y cinco jugadores ocupando altura y amplitud.
Trasladado al Madrid, ese reparto permitiría algo que faltaba con Ancelotti: claridad espacial. En salida, la estructura de tres facilitaría las vigilancias defensivas y evitaría que cada pérdida dejara al equipo partido. En campo rival, la ocupación sistemática de los medios espacios liberaría las bandas y devolvería profundidad al ataque, evitando la estrechez que castigaba al rombo blanco.
Desde el punto de vista de los datos, el impacto sería tangible. El Madrid ha visto caer sus goles esperados (xG) sin penaltis por 90 minutos, en parte porque finaliza desde posiciones menos favorables. El modelo de Alonso priorizaba sobrecargas, hombre libre y remates de alto valor, reduciendo el volumen caótico de tiros y aumentando la calidad de las ocasiones. Pero, eso no ha funcionado.
Defensivamente, Xabi Alonso planteó un escenario en el que se combinan una ratio de pases permitidos por acción defensiva (PPDA) baja con una estructura compacta tras ser superada la primera presión. Eso es precisamente lo que le falta al Madrid: coordinación cuando el rival rompe la presión inicial. Xabi Alonso no ha sabido, no ha podido o no le han dejado conseguir lo que obtuvo en Leverkusen.
Klopp y la revolución del ritmo
Tras la destitución del tolosarra, la llegada interina de Arbeloa y la eliminación en Copa del Rey por un equipo de Segunda División que está luchando por no descender a Primera RFEF, ha vuelto a sonar el nombre más deseado por el madridismo, lo que no quiere decir que sea el mismo nombre que desea Florentino Pérez. Si Xabi Alonso representaba el orden racional, Jürgen Klopp simboliza la ruptura total con el presente. Su llegada supondría pasar de un Madrid reactivo a uno definido por la presión, el ritmo y la verticalidad. La contra-presión no sería un recurso ocasional, sino el corazón del sistema.
En Liverpool, Klopp convirtió la recuperación alta en una forma de creación. PPDA por debajo de 6, secuencias cortas tras robo y un xG elevado sin necesidad de dominar siempre la posesión. En el Madrid, ese enfoque atacaría una de sus mayores debilidades: un equipo que corre mucho, pero recupera poco y mal.
Con Klopp, los delanteros dejarían de perseguir sombras para convertirse en el primer sistema defensivo. El ataque nacería del robo, no solo de la inspiración. Para una plantilla con Mbappé, Vinícius, Rodrygo y Bellingham, el potencial sería enorme, pero el peaje también.
Encaje de piezas y choque cultural
Tácticamente, el encaje es atractivo. Valverde, Tchouaméni y Bellingham forman un centro del campo ideal para un modelo físico y sincronizado. Los centrales pueden defender alto. Los extremos son devastadores al espacio. Pero Klopp exige una condición innegociable: quien no presiona, no juega.
Eso implicaría ajustes de rol, sacrificios defensivos y un cambio cultural profundo en un vestuario acostumbrado a ganar desde el talento. Menos libertad anárquica, más guion. Menos pausas, más intensidad sostenida.
Ganar también es diseñar
El Real Madrid no necesita dejar de confiar en su talento; necesita organizarlo. Hoy es un equipo capaz de ganar desde el caos, pero vulnerable cuando el caos deja de favorecerle. Tanto Xabi Alonso como Jürgen Klopp representan, desde enfoques distintos, la misma idea de fondo: el siguiente paso competitivo del Madrid no pasa por fichar más estrellas, sino por darles un sistema que las potencie y prescindir de quienes no quieran seguir al líder.
Ese es el problema. Hay demasiados condicionantes para que el entrenador alemán pueda llegar a sentarse en el banquillo local del Bernabéu. En primer lugar, y el más importante, es que Klopp quiere tener el control absoluto de los movimientos y decisiones sobre el equipo: fichajes, salidas, sistema de juego, planificación, etc. Es decir, ocuparía el lugar que desde hace años controlan Florentino Pérez y José Ángel Sánchez. El presidente del Real Madrid nunca ha estado por esa labor y ya no tiene edad para cambiar.
En segundo término, habría que ver si la plantilla actual está dispuesta a aceptar y acatar lo que imponga Klopp. Parece inimaginable ver bajar la cabeza a un jugador como Vinicius Jr al ser cambiado y ser abroncado en público por un tipo rubio a milímetros de su cara. También estaría por ver si estos jugadores que fueron malacoscumbrados en el pasado son capaces de responsabilizarse de lo que les exigiría Klopp.
Incluso en el club más ganador del mundo, el talento sin estructura acaba siendo una apuesta demasiado cara y este Madrid parece dispuesto a seguir apostando por algo que el fútbol moderno penaliza.