La noche en Sevilla cayó lenta, espesa de calor y expectativas, como si la ciudad supiera que estaba a punto de despedir algo más que un concierto. La Oreja de Van Gogh subió al escenario entre un murmullo colectivo que pronto se convirtió en coro: no era solo público, era memoria compartida.
Desde los primeros acordes, el aire cambió. Las canciones —esas que han acompañado a varias generaciones— sonaron menos como un repertorio y más como una conversación íntima entre la banda y una multitud que no necesitaba presentación. “Rosas”, inevitable, desató la primera ola de emoción. Hubo móviles en alto, sí, pero también ojos cerrados, abrazos y voces quebradas. En Sevilla, esa noche, la nostalgia tuvo banda sonora.
El grupo, consciente del momento, evitó artificios. No hubo grandes discursos ni gestos grandilocuentes. Solo música. Y bastó. La voz, clara y contenida, navegó entre la melancolía y la celebración, mientras las guitarras sostenían ese equilibrio delicado que siempre ha definido su sonido: lo sencillo que permanece.
Entre canción y canción, el público marcaba el ritmo emocional del concierto. Cuando sonó “La Playa”, el silencio previo fue casi reverencial. Después, el estallido. Sevilla respondió como responden las ciudades que entienden el valor de las despedidas: entregándose por completo.
No era un cierre cualquiera. Había en el ambiente una sensación de etapa que se agota, de ciclo que se pliega sobre sí mismo. Cada tema parecía cargar con el peso de los años y, al mismo tiempo, con la ligereza de lo que nunca termina de irse. La banda no miraba atrás con tristeza, sino con una serenidad casi luminosa.
El final llegó sin estridencias. Un último acorde suspendido en el aire cálido de la noche sevillana y esa certeza compartida de que algunas canciones no se acaban cuando termina el concierto. Siguen, discretas, en la memoria de quienes las cantaron juntos.
Y Sevilla, que sabe de despedidas y de regresos, se quedó un rato más en silencio, como si no quisiera romper del todo el hechizo.