Ilustración de Garabatos de Noche.En pocos minutos, esas calles que llevaban días vacías, se habían llenado de magia y color, y los niños se asomaban a sus ventanas y balcones para verlo, y para sorprenderse tanto como Lucía.Miró hacia delante, y la niña pudo ver a Mateo emocionado, saludándola con grandes aspavientos, y haciéndole el gesto de que se subiese a una de esas enormes rampas relucientes. Entonces, como si todos hubiesen hecho caso de su vecino, los niños y niñas de su calle, empezaron a bajar riendo por esos larguísimos toboganes que parecían no tener fin.Mateo gritó fuertemente el nombre de Lucía, y se tiró por el amarillo, mientras reía a carcajadas.Lucía seguía sin atreverse. No había ningún papá, ninguna mamá, ni abuelos, ni tíos. Sólo veía a un montón de niños y niñas bajando y subiendo por esas gigantes franjas de colores que iban cambiando de posición, y que siempre los dejaban de nuevo en sus casas.En un golpe de valentía, Lucía se subió al color violeta, y se dejó caer como si estuviese en un enorme parque acuático. Sintió que volaba entre risas y luces. Ese violeta la llevó de viaje por toda su calle, sin llegar a tocar nunca el suelo. Daba vueltas sobre sí misma, y veía a sus amigos del barrio disfrutando igual que ella. Saltó de un color a otro, sin poder tocar a sus amigos, pero sintiéndolos más cerca que nunca.De repente, el color amarillo, en vez de bajarla la subió sobre su edificio, creando una especie de burbuja en el aire, que le permitió ver desde arriba el gran espectáculo de toboganes que había crecido ante su casa. Era impresionante...Pasaron las horas, y el sol empezó a esconderse. Poco a poco, las franjas de colores volvieron a sus ventanas, y el color rojo posó, suavemente, a Lucía sobre el suelo de su habitación. Miró por la ventana, y vio al resto de niños y niñas mirando también, y saludándose unos a otros.Lucía, entonces, despegó la cartulina del cristal, y decidió escribir algo en ella, para que sus amigos lo viesen. Con letras de colores, puso; ¡NO ESTAMOS SOLOS!De nuevo, la colgó en su cristal.Al día siguiente, las cartulinas de sus vecinos también tenían muchos mensajes preciosos. Y cada tarde, sin que ningún mayor se diese cuenta, los arcoíris creaban sus mágicos toboganes, haciendo que los niños y niñas volasen entre sueños y risas.Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita
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