Carmen y la pequeña artista

(principios y valores en la Navidad… y siempre)

Alejandro Martín Carrero
30 de Diciembre de 2025
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Carmen y la pequeña artista

En la vida de un médico, su consulta genera todos los días miles de anécdotas que merecerían ser contadas que por mor del secreto profesional, mueren en el olvido. Ello, no obstante, en ocasiones, se producen milagros como el que yo acabo de vivir y que, para salvar la honestidad de este humilde catecúmeno en el arte de escribir, me siento obligado a contar, sin transgredir por ello mi juramento Hipocrático.

+ NAVIDAD 2025

Después de una larga jornada de trabajo, aquella tarde de julio, mientras comenzaba a ordenar mi despacho antes de marcharme, la indiscreción de mi puerta entreabierta deslizó a mis oídos, tan cansados como chismosos, una conversación desde la recepción, donde con los mejores modales, le explicaban a una paciente que la consulta ya había terminado puesto que con el horario de verano concluía una hora antes.

No me dio tiempo para reaccionar. Mostrando la mejor de sus sonrisas mi paciente abrió la puerta con decisión y, después de varios meses ausente de Madrid, me saludó efusivamente.

Carmen es una mujer muy vital. Una experta arqueóloga, que ya superada la cincuentena y con una amplia trayectoria académica en la Universidad, acababa de regresar de unas excavaciones en Perú con sus alumnos más destacados.

Con esa formal delicadeza que nos fue inculcada a las generaciones de la posguerra, como justificándose de lo que bautizó como un atraco por haberme obligado a recibirla fuera de hora, me pidió que le realizase un amplio chequeo para conocer su estado de salud, después de casi tres meses alejada de España, en unas condiciones de trabajo no siempre apropiadas a su edad.

Provisto de una sonrisa tan afable como mi fatiga permitía, aplicando todo mi esfuerzo a la tarea, pregunté, tomé notas y exploré con la atención que todo paciente merece y con que a mí me gusta trabajar. Le solicité los análisis y las pruebas precisas además de remitirla a los especialistas que estimé necesarios a tenor de sus antecedentes clínicos.

Enmendada la incidencia, al despedirse, despertó mi curiosidad con una sencilla frase: “me imagino que hasta octubre no volveremos a vernos porque las vacaciones no son el mejor momento para realizar pruebas. Mañana me marcho a descansar fuera de Madrid. Dejaré pedidas las citas con los especialistas y a finales de septiembre podré volver a verte, te he traído un detalle de Perú y además quisiera tener una conversación contigo qué podría interesarte.”

He de confesar que mientras regresaba a casa paseando, me sentí algo aturdido, entre la curiosidad y la intriga.

Sosegadamente, la suave placidez del estío fue envolviendo el reconcomio que aquella conversación me había provocado, hasta acunar su sueño en el desván del olvido.

Como ella vaticinó antes del verano, y como si de un reloj suizo se tratase, regresó a la consulta una tarde próxima a la despedida de septiembre.

Conforme a lo que yo me presagiaba en julio, su reconocimiento no mostró ninguna anomalía más allá de los problemas lógicos a su edad. Ahora bien, a pesar de que desde siempre me había parecido una mujer de carácter y con fuertes convicciones, además de su fortaleza de espíritu, me seguía sorprendiendo la ilusión con que afrontaba nuevos proyectos y una capacidad de trabajo impropia de sus años.

Toda vez que di por terminada la consulta me incorporaba con ánimo de despedirme, pero me quedé extrañado al comprobar que Carmen no se levantaba de su silla. Mientras volvía a sentarme le pregunté

  • Perdóname, Carmen, ¿hay alguna cosa más que te preocupe?
  • La verdad es que preocuparme, preocuparme, no. Aunque, si no recuerdo mal, en mi visita de julio a mi regreso de Perú, te dije que te había traído un detalle de aquel viaje y que me apetecía tener una conversación contigo sobre algo que podría interesarte.

Me quedé casi sin respuesta, porque lo cierto es que me había   olvidado. Aunque desde la infancia me pillaban hasta en la más pueril de las mentiras traté de recomponerme, y esbozando una tímida sonrisa un tanto forzada por la situación, una vez acomodado, para evitar dar explicaciones engorrosas me limité a responder.

  • Tu dirás…

Debió ser la tan traída y llevada intuición femenina, pero Carmen comenzó dando en el clavo, como si hubiese podido leer mis pensamientos descubriendo mi apocamiento.

  • Claro que le voy a decir, doctor. No necesita usted comportarse como un niño pillado en falta – me sorprendió que utilizase el usted - Un profesional con su experiencia y sus conocimientos no necesita disculparse por un simple olvido cuando atiende tantos pacientes cada día. Sin embargo, lo que me confunde un poquito, es que me proponga que hablemos en la consulta, de cosas ajenas a mi salud, máxime cuando me he esforzado en hacerme con su última consulta de la tarde para poder hablar con tranquilidad en algún lugar relajado en que nos sirvan algo para “refrescar el gaznate” como se decía en nuestro siglo de oro.

Con una sonrisa tan divertida como sincera, me espetó:

  • Le aseguro doctor que, si deja de comportarse como un infante, recoge sus bártulos y nos vamos a tomar un refrigerio nunca más volveré a tratarle de usted y “jamás y nunca”, como dicen en su amada Medellín en su Colombia del alma, volveré a tratarle como a un niño apocado.

Después de dejar la consulta adecuadamente ordenada como era mi costumbre, salimos a la calle. El atardecer era esplendido y también una temperatura tan agradable que ayudaba a olvidar el duro calor que el asfalto contribuía a elevar en los anocheceres de estío.

Encontramos acomodo en una mesa un poco apartada, en la terraza del quiosco de un tupido jardín cercano a la consulta. Una vez atendidos, y con una relajante bebida fría entre las manos, sin mediar palabra por mi parte, Carmen comenzó a hablar:

 

  • Desde hace unos años, cuando enviudé sin haber tenido hijos, a pesar de tener una extensa familia comencé a sentirme sola. Cada uno de mis hermanos y sobrinos, a pesar de vernos mucho y estar pendientes de mí, tienen sus propias familias y siempre me he preocupado de ser muy cuidadosa para no transgredir su intimidad.

A medida que iban pasando los días después de la muerte de Ramón me fui haciendo amiga de mi soledad con la que, por razones lógicas, compartía más ratos, hasta que un día, cansada de llorar y lamerme mis heridas, determiné que, de seguir por ese camino, tan solo conseguiría hacerme más daño que el que la vida me acababa de endosar. No estaba dispuesta a convertirme, en una estatua de sal con la vista perdida en el pasado como la mujer de Lot al volver su vista atrás para ver Sodoma.

Reflexioné profundamente durante aquellos días. Por primera vez en muchos años me obligué a pensar en mí, consciente de alguna manera, de que la vida me había convertido en el centro de mi pequeño mundo. Poco a poco fui asumiendo mi nueva realidad. Dudé, recapacité, discurrí y planifiqué de cara al futuro hasta el agotamiento antes de tomar decisiones…

Se contuvo para refrescarse con un sorbo de refresco.

  • …Y ¿las tomó?  - le dije relajadamente invitándole a continuar.
  • ¡Claro que las tomé! – se apresuró a responderme con una sonrisa – había compartido los mejores años de mi vida con un hombre al que quería y que siempre correspondió a mi cariño, y como te decía hace un momento si algo no quería ser es la mujer de Lot, y esa era la clave. Mi marido, donde esté, no debe verme llorar… - después de un breve silencio para enjugarse unas lágrimas, traicioneras, que surcaron sus mejillas, se repuso para continuar – aunque para vivir juntos hube de renunciar a una parte importante de mi vida siempre me consideró una mujer fuerte, y, aunque solo fuese por lealtad a todo lo que aportó a mi existencia, pretendo seguir siéndolo.

Aunque después de casarnos decidí renunciar a mis responsabilidades docentes en la Universidad, no me distancié de mis compañeros de cátedra. Es más, siempre que podía me dejaba ver en seminarios y congresos, además de aprovechar mi tiempo libre para mantenerme al día y continuar escribiendo, y publicando siempre que me era posible. En una palabra, que no me abandoné y me mantuve tan próxima a mi profesión como mi nueva vida me permitía.

Ahora, desde que se fue, Ramón debe haber asumido el rol de ser como mi ángel protector desde arriba. Nunca le agradeceré bastante que respetase mi libertad académica sin interferir en mi vida cultural. Gracias a su actitud, en estos momentos, en que gozo de la saneada economía que me ha dejado, he podido reanudar, años después, mi actividad académica. Eso es lo que he decidido. Me compensaría, aunque no me pagasen un euro por ello.

De repente se quedó en silencio. Después de trasegar un poco de cerveza, comencé a hablar.

  • Perdóname, Carmen, me sorprende que fuese esto lo que me querías contar porque pudiera ser de mi interés. Todo lo que les ocurre a mis pacientes tiene siempre interés para mí, porque me amplía el conocimiento de sus costumbres, sus problemas, formas de vida, hábitos sanos o no, etc. que me facilitan alcanzar un juicio clínico acertado.

Sin embargo, la mayor parte de lo que me has contado ya la conocía por haberte acompañado durante la enfermedad de Ramón. Únicamente puedo entender la decisión de retomar la actividad docente como algo innovador…

No pude continuar mi perorata. Tan solo con una sonrisa me paró en seco.

  • Ya contaba yo con una respuesta así, no te preocupes que te lo aclaro. Verás… cada profesional tiene sus manías, pero igual que tu observas a tus pacientes, entre los que me incluyo, los pacientes tratan de conocerte y así decidimos en manos de que médico nos queremos poner, entre otras muchas cosas.

Creo que es una actitud más que razonable conocer, lo mejor que uno pueda, al médico que le atiende, y más aún cuando, como en tu caso, se trata de un especialista en Medicina Familiar, el más próximo al paciente.

Con el paso de los años he ido aprendiendo que te entusiasman los libros. En muchas ocasiones te he escuchado decir que hay que leer en papel, que el libro electrónico daña los ojos y que es muy fácil perder lo que lees. Como acostumbras a decir eres “vieja escuela”

Con el paso de los años he ido aprendiendo, Nochebuena tras Nochebuena, que además te encanta escribir cuentos de Navidad para siguiendo la estela de Dickens, felicitarnos a tus pacientes y amigos.

Así las cosas, repasando durante el vuelo de regreso desde Perú, las anotaciones del viaje de prácticas con mis alumnos, me topé con unas observaciones que garabateé sobre mi cuaderno. Es algo muy tierno que me ocurrió cerca de la zona de excavaciones que teníamos asignada, y se me ocurrió que te podría interesar en tu vertiente de médico de perfil humanista que ama la escritura y la lectura. Sin ánimo de ser pretenciosa, me pareció que te podría servir para componer tu narración navideña para este año.

En fin, que después de redactarlo con tranquilidad para que te fuera inteligible, te lo imprimí y lo tienes en este sobre. Si te gusta y lo ves útil como argumento puedes utilizarlo con dos condiciones a mi juicio razonables y necesarias, que respetes tu secreto profesional, sin utilizar mi nombre y que tengas conmigo la delicadeza de permitirme que lo lea antes de hacerlo público.

Con cara de asombro, balbuceando al arrancar con dificultad mis palabras emocionado por el gesto, casi no pude responderle.

  • ¡Menudo regalo! ¡No tengo por menos que admitir que esta Navidad habrá cuento!, no se repetirá lo del pasado año, que se quedó a medio escribir por falta de tiempo material.
  • Recuerda que no se trata de una obligación, sino de un regalo para mí siempre que mi anécdota te convenza

Después de aquella lacónica frase, nos despedimos y quedamos en hablar.

Aquella tarde fui paseando hasta casa mientras trataba de ordenar serenamente mis pensamientos.

Pasé algunos días abrumado por mis cargas profesionales hasta que pude disfrutar de un relajado oasis profesional que me permitiese tomar una decisión y, armándome de valor, que no existe mayor riesgo que la ignorancia, decidí aceptar un reto tan audaz.

No me sería fácil contar una historia no vivida por mí y ocurrida en un lugar para mí desconocido, aunque fuese tan querido como toda Hispanoamérica y estuviese tan cercano culturalmente como Perú, por muy bien que me documentase.

Así las cosas, cuando el otoño comenzaba a apuntar maneras, me atavié el mono de trabajo de cuentista y comencé a dar forma a este relato de Navidad que tenéis entre las manos con la esperanza de no defraudar.

Como había pactado con sus alumnos del curso práctico de arqueología incaica, la clausura sería una visita a Machu Picchu para regresar a España después.

Al sur de la cordillera, Urubamba era la última etapa del viaje. Allí el clima, atemperado por el río que da nombre a la ciudad, es más amable que en otros valles andinos. Aquel día se disfrutaba de una temperatura deliciosa.  

Después de la comida, el equivalente a nuestra cena por aquellos pagos donde los refrigerios de cada jornada se distribuyen en desayuno, almuerzo y comida, Carmen se despidió de sus alumnos con intención de disfrutar de un relajante paseo antes de irse adormir.

Al ausentarse del hotel, tomó conciencia de que por esas latitudes los atardeceres eran sustancialmente diferentes a los de la península. Si bien es cierto, discurrió sonriente, que aquí amanecen más temprano para irse antes a descansar.

Ya en la calle, acomodada la vista a la dulce intensidad de la luz crepuscular, quedó extasiada ante la imponente majestuosidad de las montañas. Se acomodó en un banco de la Plaza de Armas para disfrutar del maravilloso panorama con que se despedía la jornada, dando la bienvenida a la noche en lo más profundo del corazón del valle sagrado de los incas.

Mientras paulatinamente iban encendiéndose las farolas, que aportaban su suave calidez al espectáculo del anochecer. Las campanas del Templo de San Pedro Apóstol tañían llamando a la oración del fin del día, y dos gruesas perlas surcaron las mejillas de Carmen. Por un instante fue como si los más profundos sentimientos de Manco Cápac, primer Gobernador de los incas, hubiesen querido aflorar en sus ojos desde lo más recóndito de su alma.

Cuando la noche había terminado de apropiarse de Urubamba, decidió Carmen continuar su paseo por la plaza y las calles aledañas entreteniéndose en cada uno de los múltiples puestos que iba encontrando a su paso.

Quitando algunos, los menos, que ofrecían ciertas piezas de plata repujada, pequeños tapices de lana de llama y copias en lienzo de Vírgenes al estilo cuzqueño del Virreinato, casi todos ellos presentaban similares mercancías: camisetas estampadas de vivos colores, manualidades diversas y artesanías que, con mayor o menor acierto, recordaban el pasado incaico de la zona, collares, pulseras, anillos, manualidades, amuletos y guerreros, cada cual con parecidas baratijas y con idéntico valor de recuerdo para el viajero.

Cuando Carmen comenzaba a aburrirse de una oferta tan limitada como repetitiva, y que alimentaba constantes discusiones entre las vendedoras para atraerse el interés de los turistas, fijó su atención sobre una humilde mujer menuda, sencilla, de grandes ojos oscuros y facciones indígenas. Como la arqueóloga me contó, la única que no llamaba a gritos en medio de aquel gallinero humano.

Al toque, rebosando tanta amabilidad como la esperanza de vender, que refrendaba su mirada, le fue mostrando su reducido repertorio. Brazaletes, sortijas, abalorios, colgantes, broches y amuletos, bailaron entre sus dedos al son de una seductora danza donde cabriolas rebosantes de colorido se permutaban con los lentos compases de una balada, mientras que Carmen, aun disfrutando de las delicadas guirnaldas que adornaban las vistosas cuentas, no terminaba de encontrar un azul que le sedujese.

Después de explicarlo, cuando ya se disponía a marcharse sin comprar nada, con la cara ilusionada de la vendedora trasmutada por desaliento escuchó, lánguidamente, “¡pucha, qué pesar, señorita, que vaya a marcharse sin nada! ¡Qué palta!, por favor, acompáñeme a mi casa, está acasito no más, a dos cuadras, que seguro que allí encontramos algo de su agrado”

Sin saber bien por qué, accedió Carmen. Quién sabe si la proximidad del su regreso a España y la necesidad de traerse algunos regalos; quizá la empatía que logró transmitirle aquella humilde mujer; tal vez la posibilidad de distraerse, o quizá la curiosidad por descubrir el interior de una casa peruana como una peripecia más que contar a la vuelta, el hecho es que levantado el tenderete por la mujer en un abrir y cerrar de ojos, se apresuraron a iniciar la marcha a buen paso.

Dos cuadras son dos cuadras tanto en Urubamba como en Madrid y en unos minutos. Sin llamar, aquella mujer empujó la puerta de una extenuada casa, a pie de calle, que se abrió mientras saludaba con el agudo chirrido de unos deteriorados goznes.

Ya en el interior, el frío y la imagen de desorden que ofrecía el zaguán, provocaron en Carmen, una cara de sorpresa. A la débil luz de una bombilla suspendida desde el techo de la estancia, sobre un suelo de humilde cemento sin embaldosar, vislumbró un sinfín de bolsas de plástico cargadas de barro para modelar, yeso, arcilla, polvo y pinturas de mil colores, espátulas, barnices, cola, brochas, rodillos, etc.  todo ello dispuesto concienzudamente como una anárquica barahúnda. Al fondo, como enmarcada por la colorida vorágine de materiales e instrumentos, divisó una silenciosa niña atareada en la creación de manualidades.

Sigilosamente, para no desviar la atención de la pequeña, se fue acercando para contemplar su trabajo. La criatura, que rondaría los nueve años estaba embebida en su faena, modelando entre sus manos un pegote de barro rojizo. Se esforzaba por modelar una cueva del tamaño de media manzana reineta. Dentro de la oquedad, sus finos deditos, aun en crecimiento, ayudándose con un estilete, iban dando forma a unas figurillas.

Esta chiquilla apunta maneras de alfarera, pensó para sus adentros, en tanto disfrutaba observándola. Entonces, no pudiendo aguantar más la emoción contenida que le había generado, le preguntó con interés acentuado con una sonrisa.

  • ¿Qué es lo que estás haciendo, pequeña?

Al toque respondió la niña, azorada por no haber sido consciente de la presencia de Carmen hasta ese momento.

  • Vea, señorita, estoy modelando un Belén, un Nacimiento, que dentro de nada llega la Navidad y en estas fechas es lo más solicitado.
  • ¿Cuánto quieres por el que estás componiendo ahora?

La jovencísima creadora quedó en silencio por un instante, quien sabe si en un intento de recibir alguna ayuda de su madre o calculando hasta que, sonrojada, respondió balbuciendo.

  • Diez soles, señorita.

Ahora fue la arqueóloga española quien se ruborizó, al conocer con un simple calculo mental que el coste no alcanzaba los dos euros. Sin embargo, caviló, su valor emotivo, era impagable.

Carmen, desbaratada por las humildes condiciones de vida de aquella criatura, y conocedora del falso nivel de vida de los niños de la vieja Europa, donde ni siquiera se les enseña a distinguir entre el precio y el valor de las cosas, convirtiéndoles en pequeños tiranos, se sintió desgarrada. Espontáneamente, dos crecidos regueros inundaron sus ojos, surcando sus mejillas.

Al darse cuenta de lo que ocurría la chiquilla que, aunque algo retraída, conservaba aún la espontaneidad y la inocencia de los niños, abandonó por un momento su labor para acercarse a Carmen con unos ojos que expresaban sobresalto y preocupación.

  • ¡Señorita!, ¡Señorita! No se preocupe, por favor. Si le gusta y no puede pagarlo, se lo regalo.

Aquel gesto de la pequeña alfarera había horadado su alma.

Con la mayor naturalidad, como si la conociese desde siempre, asió Carmen la cabecita de la niña acariciándola suavemente con una mano, al tiempo que con la otra se enjugaba las lágrimas, mientras se afanaba en serenarse.

Trataba de contener las emociones encontradas que la frase de aquella criaturita le acababa de producir, cuando apareció su madre con las manos colmadas de collares azules.

Ni que decir tiene, que la arqueóloga se quedó con media docena de ellos, aunque no consiguió pagar un euro más de lo acordado, aunque no podía salir de su asombro en un ambiente donde, invariablemente los turistas acostumbraban a regatear sin el más mínimo atisbo de piedad para con aquellos que disponían de un nivel de vida, a todas luces, insignificante.

Después lo que acababa de vivir la sociedad le parecía aún más ruin y egoísta. Tan avara y mezquina como en tiempos de Dickens. Ciento cincuenta y cinco años después de su muerte, el personaje de Mr. Scrooge continúa vigente. ¡No aprendemos!, se recriminó interiormente, entre la rabia y la pena.

La artesana y Carmen caminaban hacia el zaguán de la humilde vivienda por un angosto pasillo en penumbra, dispuestas a despedirse, cuando mi paciente percibió que reclamaban su atención con suaves tirones de la ropa.

Era la niña que, con una enorme sonrisa subrayando unos ojos tan oscuros como relucientes, me ofrecía su Nacimiento, húmedo aún, entre sus menudas y enlodadas manos de alfarera.

  • ¡Señorita!, olvida esto

Se detuvo. El gesto de aquella chiquilla le hizo sentir cómo se aceleraba su corazón mientras intentaba contener unas inoportunas lágrimas. Emocionada, principió a responder con voz trémula arropada en ternura, mientras que en cuclillas acariciaba su cara.

  • Pe… ¡perdóname, cariño!, que me olvidé de ti platicando con tu madre – se sorprendió a sí misma al comprobar que acababa de salir de sus labios una acepción del lenguaje más frecuente en Hispanoamérica que en España – te propongo un trato: te lo compro a condición de que tu madre y tú me acompañéis a cenar.

La pequeña exhibió una inocente sonrisa con ojos brillantes. Sin embargo, enmarcado todo ello en un mohín tan vacilante, que empujó a Carmen a mirar a la madre con el rabillo del ojo para percibir como con suaves movimientos de cabeza acompañados de algunos ademanes negativos.

Ante el riesgo de haber sido inoportuna, la arqueóloga, se dirigió sin más a la mamá con toda delicadeza.

  • Perdóneme, señora, si le molesté o he sido inoportuna al dirigirme directamente a su hija, pero nada más lejos de mi intención. Quizás haya pasado por alto no contar con su marido, con el padre de la niña…

No dio pie a que pudiese continuar hablando.

  • ¡Asu mare! no, ¡por Dios!, no se preocupe por eso. Vea, señorita, nos abandonó hace ya mucho tiempo. ¡Menudo cara e palo! Vivimos de la alfarería. Trabajamos el barro como me enseñaron mis padres. Con la ayuda de mi hija y la protección de nuestro Diosito nos vamos defendiendo en la vida.

Haciendo gala de su hispana tenacidad, nuestra protagonista volvió a la carga, aunque con flexibilidad, que no pudiesen confundirse sus palabras con un intento de chantaje moral. Lo que acababa de ver, le había impactado, le había alcanzado el alma.

  • Pues razón de más. Son mis últimas noches en Perú antes de regresar a España. Aunque sin ser conscientes de ello me enseñasteis muchas cosas. Habéis alentado en mí vivencias, principios y valores que habían quedado adormecidos en mi alma y me gustaría celebrarlo con vosotras. ¿Me harían vuesarcedes el honor de compartir conmigo mi última comida en Perú?

Madre e hija cruzaron sus sonrisas con una mirada alegre que reflejaba serenidad, calidez y confianza. Con una sincera sonrisa y unos ojos que expresaban satisfacción, se despidió Carmen prometiendo volver a buscarlas en media hora.

Para amenizar su espera, eligió pasear por las calles de Urubamba para despejar su cabeza y ordenar sus ideas, un tanto desquiciadas emocionalmente después de lo que acababa de vivir.

Con la imperceptible ayuda de unas calles casi vacías a la caída de la tarde, cuando el anochecer nos regala una de las luces más bellas del día, mientras los límpidos cielos de la cordillera andina van abriendo el telón que permite deleitarnos con las estrellas del hemisferio austral, dio Carmen en preguntarse por qué se había dejado llevar por la intuición, siendo tan cartesiana como era.

¿Por qué el último día en Perú, en lugar de compartir la velada con su equipo, había optado por ausentarse para cenar con unas extrañas?

Sentada en un banco del parque, libre ya de artesanos, disfrutó del lienzo estrellado y, mientras respiraba intensa y sosegadamente, concluyó que cuando a una la educan en un sistema de principios y valores desde niña, al alcanzar la edad adulta, ya con un nivel de autoexigencia bien conformado, no necesita otra cosa que dejarse guiar por su bagaje moral más que por su intuición para tomar decisiones.

Mi equipo siempre me tiene a su disposición, pensó, mientras que a estas mujeres solo Dios sabe por qué las ha puesto en mi camino. Si no lo hago ahora, jamás podré hacerlo. Con el espíritu tranquilo, puso fin a sus disquisiciones reafirmando en su interior que si en algo nos diferenciamos los españoles de los sajones es en la generosidad, y punto.

Con la precisión de un reloj suizo, a la hora acordada, Carmen acudió a recogerlas, y con idéntica puntualidad aguardaban ellas a la puerta de su humilde hogar sencillamente ataviadas y sonrientes. A pesar de que no vestir a la última moda, lucían con luz propia por su primoroso aseo y delicadeza.

En silencio, con la mayor naturalidad y siguiendo las indicaciones de nuestra protagonista, caminaron las tres juntas unas cuadras, hasta topar con una coqueta pizzería, Biga. Un local tranquilo, muy dignamente decorado y sin estridencias, que había Carmen descubierto durante su corto paseo.

El maître que las recibió dejó entrever un rictus de extrañeza. Sin entrar en consideración ante el detalle solicitó una mesa redonda, para tres comensales con la mejor de sus sonrisas. Amablemente les ofreció una en un rincón cálido, agradable y acogedor.

Con ánimo de darles bola al percibirlas, lógicamente, un punto apocadas, se decidió a romper el hielo para conocer sus nombres.

  • ¡Menos mal que he comprobado que sabéis hablar!, porque si no… ¡A ver jovencita!, yo me llamo Carmen. Sé que tu mamá se llama Rosita porque así le nombraban las artesanas de la plaza, pero no conozco el tuyo …
  • Me llamo Adara, señorita…
  • Mi nombre no es señorita, por favor, Adara, es Carmen

Le atajó, trasmitiendo toda la empatía de que fue capaz, en tanto el camarero les entregaba las cartas. Ya se había retirado el mesero cuando, inopinadamente, las tres se vieron envueltas en un profundo silencio…hasta que nuestra protagonista cayó en la cuenta de que… ¡ninguna de sus invitadas sabía leer!, sus ruborizadas mejillas avisaron a Carmen de que tenían las cartas invertidas de donde dedujo que nunca habían visitado un restaurante como aquel.

Con la mayor naturalidad, como tan solo una señora sabe hacerlo, tomó la carta y les propuso un menú sencillo, pero sabroso, que les hiciese disfrutar. Solicito al camarero que les sirviese bebidas sin alcohol al gusto de cada cual: juguitos, agua mineral, Coca-Cola, disfrutando al ver la cara de felicidad de Adara.

Haciendo gala de mesura acompañada de buen gusto, encargo Carmen una crema de verduras calentita y unos segundos variados que les hiciesen disfrutar, convirtiendo aquella noche en algo para recordar: pasta con salsa rosa, una pizza de cuatro quesos, la preferida de la niña, ensalada de palta, maíz y tomate y de postre, pensando también en Adara, un delicioso tiramisú.

A medida que iban llegando las viandas a la mesa iba fluyendo una conversación que con el discurrir del tiempo se fue tornando más espontanea. Poco a poco Rosita y la niña se fueron abriendo como los retoños de un rosal en primavera.

Nadie podría haber vaticinado a la arqueóloga lo que iba a disfrutar y también padecer, durante aquella cena. No quedó un palo sin tocar de la pequeña historia de aquellas dos mujeres peruanas tan humildes y sencillas como corajudas en su lucha para salir solas adelante.

Cuando el padre de la chiquilla desapareció de Urubamba sin despedirse, la situación, que nunca fue buena, se complicó más aún. tenían cobijo, pero no plata y había que comer para subsistir. Trabajaban las dos en lo que encontraban que no era mucho. La caridad no era moneda de cambio en un país con poca opulencia y mucha indigencia.

Muchos días estaban ni michi. En ocasiones acudían a las limitadas ayudas de la Iglesia, habitualmente más menguadas que voluntariosas, para alcanzar a un mayor número de necesitados. Algunas veces, las menos, recogiendo restos de comida en los restaurantes, por las noches, En conclusión, que, en semejante escenario, Adara no podía acudir a la escuela.

Hablaba poco Carmen, cuyo semblante se ensombrecía a medida que escuchaba. Intervenía para preguntar al hilo de la conversación tratando de entender aquel desastre mientras que, en lo más profundo de su alma, agradecía a Dios lo mucho que recibía cada día.

Preocupada por la situación, que ya sospechaba, y de la que terminaba de percatarse, cuando consideró que ya había escuchado todo cuanto necesitaba conocer, cambió su semblante y comenzó a hablar dirigiéndose a Rosita con una suavidad no exenta de ternura y el máximo cariño.

  • Verás amiga, no me gusta dar consejos, pero siempre me apetece charlar con los amigos porque de una buena conversación suelen nacer ideas que a todos nos ayudan. Tengo la mala costumbre de opinar, y quizás por ser profesora de universidad, quizás porque siempre me he sentido tan afortunada que constantemente me he preocupado por todos los que en mi entorno se encuentran en apuros preguntándome como podría ayudarles. Tal vez por eso me haya atrevido ahora a hablar.

Se que estáis en misión imposible. Ayer, cuando te encontré en tu puesto de artesanías algo me decía que eras distinta a las demás vendedoras y cuando conocí a Adara al entrar en tu casa sentí que algo ocurría. Ahora, con lo que me habéis contado, comprendo que no me equivocaba.

Aún no sé cómo podría echaros una mano desde esa España tan lejana en kilómetros, aunque tan próxima en el corazón. Toda mi vida he escuchado que “al que madruga Dios le ayuda”, pero creo que a ese refrán le falta una coletilla, “aunque no siempre suficientemente”, claro que como el refranero es muy sabio siempre alguien te lo refuerza con este otro, “a Dios rogando y con el mazo dando”.

Se que no tenéis un “mazo” con el que dar más o más fuerte. Te admiro por tu esfuerzo como admiro a Adara por su ayuda y su comportamiento. Es casi una mujercita que será una gran mujer por la dura prueba que le está imponiendo la vida y que está afrontando sin vacilar y con una madurez impropia de su edad. Sin embargo, esta niña necesita, y se merece ir a la escuela. Solo así podréis, forjaros una mínima estabilidad de cara al futuro, para las dos, con esfuerzo, voluntad y conocimientos suficientes.

En fin - les dijo con una inspiradora sonrisa – algo se nos ocurrirá.

Después de darle las gracias, cuando salían del restaurante Biga, Adara, muy juiciosa, se dirigió a Carmen.

  • ¡Que palta, Carmen!, estoy un poco triste porque no te he podido traer tu Pesebre. Es un trato que tengo contigo y como está tan tierno que se va a desmadejar.
  • Mi amor – le respondió restándole importancia – no te preocupes. Lo guardas y en el próximo viaje me lo entregas.

Las tres se despidieron con sentimientos encontrados a flor de piel, entre la tristeza, la emoción y el agradecimiento…

De madrugada y con algo de temor al soroche de los Andes, salió Carmen con sus alumnos y el guía que los acompañaba para conocer Machu Picchu. Un baño en la Historia y el Arte de la Civilización Incaica. Como ella misma me comentó tiempo después se quedó sin palabras. “Una jornada inolvidable y una experiencia que merecía vivirse una vez en la vida”.

Al final de la tarde, cuando la naturaleza comenzaba a avivar la mágica luz del crepúsculo, volvieron al hotel los excursionistas. Caras fatigadas de cansancio, ojeras y sed. Entraron en avalancha al bar clamando por una chela, que tal era su avidez de líquidos.

Nuestra protagonista se desplomó sobre un confortable sillón del bar, quedando adormilada con tal expresión de felicidad en la cara que el camarero dudó su debiera importunarla para pedirle la comanda. Le pidió un zumo de piña con mucho hielo que tardó mucho tiempo en apurar disfrutando cada sorbo mientras rememoraba la riqueza artística y el anecdotario de su última jornada en Perú. La cafetería del hotel ya estaba vacía cuando decidió subir a su cuarto.

Al pedir la llave de su habitación, le interpeló el recepcionista.

  • Señora Carmen, ¿estuvo usted cenando en el restaurante Biga con una mujer de Urubamba y su hija?
  • Claro que sí, Sebastián - le respondió ella un tanto sobresaltada, con cara de asombro – pero ¿cómo puede usted saberlo?, ni que alguien me hubiese estado siguiendo.
  • No se intranquilice, señora Carmen que nadie la estuvo espiando - el conserje comenzó a hurgar en un cajón, bajo el mostrador - simplemente que esta tarde, mientras se encontraba usted en el paseo a Machu Picchu, se presentaron aquí la madre y la hija, me dijeron que desconocían su nombre, pero me describieron su fisonomía con tanta minuciosidad que me fue muy sencillo imaginar a quien se referían. Además de contarme lo que usted había hecho por ellas – continuó – me describieron con todo tipo de detalles ese anillo que lleva en su dedo corazón.

Con la mejor de sus sonrisas le entregó un pequeño paquete burdamente liado en un deslucido y rugoso papel de estraza. Mientras buscaba la llave de su cuarto prosiguió hablando.

  • ¡Ojalá viniesen más turistas como usted!, señora Carmen, porque por acá a los indígenas, y más si son pobres, no se les trata bien. Ha regalado usted un soplo de felicidad a esas dos mujeres que, de verdad lo necesitan.
  • No me sobrevalore, Sebastián. Dentro de cada persona conviven una hiena y un perro faldero. No es fácil prever cuál de los dos va a surgir en un momento dado. Los taoístas lo entienden como dos fuerzas opuestas y complementarias al mismo tiempo, por eso a los mortales, que no somos dioses, nos es tan difícil alcanzar el necesario equilibrio emocional para relacionarnos con serenidad – de repente paró en seco su perorata – ¡aunque disculpe Sebastián!, parece que estuviera dándole una clase magistral sobre un tema que no domino. Buenas noches y ¡muchas gracias!

Una vez en la apacible soledad de su habitación, presumiendo, de antemano, lo que iba a encontrar en el interior del paquete que habían entregado al conserje, comenzó a abrirlo con primoroso cuidado.

Aun conociendo lo que iba a encontrar, cuando tuvo el Misterio entre sus manos no pudo por menos que romper a llorar, tan emocionada que las lágrimas casi le impedían leer con claridad la nota que le acompañaba, sin duda escrita al dictado, por alguien con tosca caligrafía: “Señorita, aquí tiene su Nacimiento. Muchas gracias. Con su visita llegó a nuestra casa y a nuestras vidas como un milagro al acercarse la Navidad. ¡Que chévere! Con ese dinero, Adara podrá ir a la escuela y estudiar”

Su última noche en Perú, al menos por aquel año, la señorita Carmen, pudo dormir como un lirón, aún a pesar de encontrarse agitada por tantas emociones, se murió el payaso, como dicen los peruanos cuando algo se termina.

Durante el vuelo de regreso a Madrid, después de la cena, decidió ponerse un antifaz, más que para intentar dormir para que no le aburriesen los alumnos que volaban con ella, interrumpiendo sus reflexiones.

Mientras cruzaban el Atlántico a casi doce mil metros de altura, nuestra arqueóloga, se sentía casi cuarenta mil pies más cerca de las estrellas. Simplemente, se sentía feliz y relajada. Parapetada entre la manta y la máscara que impedía la llegada a sus ojos de la luz, ya de por sí tenue, en los vuelos de noche, repasaba despaciosamente los avatares de la experiencia que acababa de concluir.

De pronto, sin ser ella consciente, una generosa sonrisa engalanó silenciosamente su semblante, al tiempo que rememoraba su conversación con el conserje al llegar al hotel la noche anterior. Realmente, caviló para sus adentros, cuando Sebastián me interrogó sobre la cena de la noche anterior, me llevé un susto de los que no se olvidan, ¡uffff!, al torturarme pensando que las autoridades podrían estar siguiéndome la pista por haber olvidado, a conciencia, en la mesa de trabajo de Adara un sobre con alrededor de mil quinientos dólares norteamericanos, una buena porción del dinero con que contaba para terminar mi viaje. Por un instante creí que una cantidad tan elevada pudiera hacerles pensar que trataba de blanquear dinero con fines espurios, ¡menos mal que me serené y mantuve el tipo!

En esas estaba cuando quedó profundamente dormida hasta muy poco antes de aterrizar en Madrid.

Fueron pasando los días hasta que una tarde volvió a mi consulta. Había completado todas las pruebas que le solicité para evaluar su estado de salud y encontré todas dentro de la más absoluta normalidad. Quedamos en cenar juntos antes de Navidad.

Como no podía ser de otro modo, y a pesar de que no me agrada el ceviche, diez días antes de la Nochebuena invité a la señora Carmen a cenar en un clásico restaurante peruano de la capital, El Inca, donde casi cincuenta años antes había cenado con un ilustre político de Perú.

Allí, después de un delicioso Pisco sour, y picoteando entre el ceviche, tamales, ají, lomo saltado, papas y suspiro a la limeña de postre, disfrutamos de una cena de Navidad para recordar. En ella nos agradecimos mutuamente, por mi parte el argumento entregándole dedicado el primer ejemplar del cuento y por la suya que lo hubiera escrito, fiel a mi promesa, respetando escrupulosamente el secreto profesional, y es que la generosidad en secreto es, de verdad, amor al prójimo.

¡Ah! me dejaba en el tintero contarles que aquella noche yo también tuve un regalo de Navidad que cada día puedo ver frente a la mesa del despacho de mi casa, donde acostumbro a escribir, leer y estudiar, como ahora mismo. El Nacimiento de arcilla que Adara regaló a Doña Carmen.

Aquella Navidad, como cada día, el Niño Jesús volvió a demostrarnos como todas las buenas personas son su herramienta más efectiva.

Para todos vosotros, como cada año, mi deseo de una feliz Navidad que podamos llevar durante todo el año dentro de nuestros corazones.

 

RELACIÓN DE MODISMOS PERUANOS EMPLEADOS

  • AL TOQUE – Al momento
  • QUE PALTA – Que vergüenza
  • PUCHA – Expresión de pena, de pesar
  • A SU MARE – Expresión de sorpresa
  • DIOSITO – Dios
  • CARA E PALO – Sinvergüenza, persona sin remordimientos
  • VEA – Mire usted
  • DARLES BOLA – Tener interés por alguien
  • PALTA – Aguacate
  • SAROCHE – Mal de altura
  • ESTAR EN MISIÓN IMPOSIBLE – No llegar a fin de mes
  • ESTAR NIMICHI – No tener nada de comida
  • CHELA - Cerveza
  • QUE CHÉVERE – Que bueno. Excelente
  • SE MURIÓ EL PAYASO – Se terminó una situación larga.
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