Ovronia, el concepto extraño que puede salvar la universidad de la crisis de la IA

Entre prohibir la IA o rendirse a ella hay otra vía: la ovronía. Conoce la teoría que mezcla arte, ética y algoritmos para reinventar la investigación en pleno siglo XXI

14 de Febrero de 2026
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Ovronia IA

La ovronía irrumpe en la universidad como una palabra incómoda para nombrar lo evidente: ya no es posible enseñar ni investigar ignorando la inteligencia artificial generativa en la educación superior. Lejos de tratarla como un simple gadget o como un enemigo a prohibir, el estudio La Inteligencia Artificial como herramienta de la Investigación Artística Transdisciplinaria: hacia una pedagogía ovrónica de Pablo Alejandro Cabral, profesor de la Universidad de Querétaro, Rubén Buren, director de cine y profesor de la Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología (UDIT) y Pamela Jiménez, profesora de la Universidad de Querétaro, propone un giro de fondo: pasar del estudiante que copia respuestas al ovronauta que co‑crea con la máquina en procesos de investigación artística transdisciplinaria, dando lugar a una nueva pedagogía ovrónica anclada en la ética y el pensamiento crítico.​

El texto sitúa la irrupción de la IA al nivel de otras grandes revoluciones tecnológicas: así como el petróleo y la electricidad transformaron el siglo XIX, los modelos generativos reescriben el siglo XXI desde una “fuente generativa algorítmica” que atraviesa el trabajo, la comunicación y, de forma decisiva, la universidad. En este contexto, la discusión sobre “usar o no usar IA” está superada por los hechos; la cuestión urgente es cómo integrarla en la práctica pedagógica de manera que potencie las capacidades humanas en lugar de sustituirlas, especialmente en las titulaciones artísticas donde la creatividad, la sensibilidad estética y el pensamiento crítico son el núcleo de la formación. La educación superior se enfrenta a tres imperativos: personalizar el aprendizaje, automatizar tareas repetitivas y gestionar volúmenes masivos de información sin caer en una dependencia acrítica de las herramientas digitales. Prohibir la IA solo la empuja a la clandestinidad estudiantil, mientras que una adopción acrítica la convierte en muleta intelectual; de ahí que los autores apuesten por una integración regulada por marcos éticos claros, por una formación docente sólida y por una visión transdisciplinaria que evite la fragmentación del conocimiento.​

Cabral, Buren y Jiménez plantean que la IA debe ser entendida como un “socio estratégico” de la pedagogía contemporánea, no como un buscador mejorado ni como un corrector ortográfico de lujo. La IA no reemplaza la inteligencia natural, sino que puede amplificar el pensamiento crítico, la capacidad de síntesis, la organización de ideas y la creatividad siempre que se inserte en una formación triple: técnica en el dominio de cada disciplina, tecnológica en el uso crítico de herramientas digitales y profundamente humana en términos de ética, juicio y responsabilidad. La integración de los modelos de lenguaje de gran tamaño se vincula así a una pregunta política de fondo: qué tipo de profesionales y qué tipo de sociedad se quiere construir desde la educación superior. No basta con enseñar a usar IA; el reto consiste en formar sujetos capaces de gobernarla, de comprender sus límites y sesgos, y de orientarla hacia fines humanísticos en el marco de la investigación artística.​

En este punto, el ensayo introduce el framework CLEAR para el diseño de prompts, reformulado como A‑CLEAR al añadir la dimensión Algoritmo. El diseño de prompts deja de ser una cuestión técnica menor y se convierte en una nueva alfabetización crítica: definir el perfil de razonamiento que queremos que adopte la IA (“como si fueras una investigadora experta en curaduría y crítica de arte contemporáneo…”), situar el contexto, precisar la labor, indicar la estructura deseada, identificar la audiencia y marcar restricciones explícitas como “si no encuentras la información, por favor no la inventes”. Esta lógica obliga al estudiantado a reflexionar sobre qué pide, por qué lo pide, para quién escribe y cómo evaluará la calidad de las respuestas, transformando el prompting en un ejercicio metacognitivo central para una metodología de investigación responsable.​

El núcleo conceptual más potente del texto es la ovronía, categoría acuñada por Buren para pensar la cocreación humano‑IA en clave artística e investigativa. A partir de ovum (huevo), “obra” y el sufijo “‑ónico”, la ovronía se define como “la acción artística para producir obras artísticas o intelectuales desde un embrión digital que tiene todos los elementos a su disposición para crecer y formarse”, es decir, desde el propio modelo entrenado con datos, arquitecturas y patrones estadísticos. Buren describe una cadena de ecos: el ECO 0 es la primera respuesta de la IA, aún pegada a la copia y a la repetición estadística; los ECO 1, ECO 2 y siguientes corresponden a las iteraciones en las que el estudiante ovronauta reformula, restringe, recontextualiza y transforma las respuestas; la Voz Ovrónica aparece cuando el resultado final se ha alejado lo suficiente como para no remitir ya ni a la voz humana inicial ni a la lógica algorítmica pura, configurándose como un lenguaje emergente propio. La ovronía se distancia así de la traducción fiel y apuesta por una “traducción impura” y una “transcreación radical” en la que el sentido no se conserva, sino que se desplaza y se reinventa a través del desvío y la fricción con el dispositivo.​

Esta perspectiva redefine el uso académico de la IA y el debate sobre el plagio: un estudiante que entrega el ECO 0 sin transformación se queda en una “artesanía algorítmica”, una reproducción sistemática sin aporte creativo, equivalente a una copia. En cambio, quien documenta su viaje desde el ECO 0 hasta una Voz Ovrónica genuina ejerce una autoría expandida, legítima y rastreable, en la que la IA actúa como interlocutora cognitiva y no como sustituto de la subjetividad. La figura del ovronauta designa a ese estudiante o investigador que navega un territorio híbrido entre inteligencia humana e inteligencia artificial, asumiendo la responsabilidad de seleccionar, descartar y articular los ecos generados. La ovronía, en este sentido, no es un método cerrado ni una técnica replicable, sino una epistemología en acto para repensar la investigación artística y pedagógica como procesos necesariamente impuros, situados y abiertos.​

A partir de una experiencia en la asignatura de Metodología de la Investigación con estudiantes de Actuación en la Universidad Autónoma de Querétaro, el ensayo propone una metodología en tres fases para integrar IA generativa en la investigación artística sin sacrificar rigor ni autoría. En una primera fase de exploración temática y contextual, la IA se usa para acelerar la revisión documental y la síntesis de información, generando fichas bibliográficas y panoramas iniciales, siempre bajo la consigna de no inventar fuentes. En una segunda fase de análisis conceptual e interdisciplinario, la IA funciona como asistente de análisis: desglosa conceptos, identifica elementos constitutivos, compara enfoques y traza conexiones entre disciplinas, permitiendo al estudiantado construir problemáticas más complejas y preguntas de investigación vinculadas a la realidad. Finalmente, en una tercera fase de “tecnología inversa y estructura creativa”, la Inteligencia Natural asume el liderazgo en la redacción científica mientras la IA revisa estilo, estructura y profundidad teórica, ofreciendo sugerencias que refinan el texto sin suplantar la voz del autor. Cuando este proceso recursivo se consolida, la producción resultante se aproxima a la Voz Ovrónica, una escritura con “firma de autenticidad” que ya no puede reducirse a sus ecos algorítmicos de origen.​

El ensayo conecta la ovronía con la transdisciplinariedad formulada por Nicolescu, entendida como un saber que circula entre, a través y más allá de las disciplinas, capaz de abordar la complejidad de un mundo que la especialización extrema ha fragmentado. El “embrión digital” de la IA, alimentado por datos de múltiples campos, se convierte en un espacio natural para estas hibridaciones, donde lo que Buren denomina “lenguas mestizas”, inspiradas en Gloria Anzaldúa, permiten pensar la traducción ya no como operación lingüística, sino como negociación afectiva y corporal. En diálogo con Édouard Glissant, los autores reivindican un “derecho a la opacidad”: la interacción ovrónica no busca transparencia total ni equivalencia semántica perfecta, sino la coexistencia de diferencias irreductibles, un sentido que puede no llegar nunca a completarse. La obra ovrónica resultante no es pura en ningún sentido tradicional: no es solo del estudiante, ni solo de la IA, ni solo de una disciplina; es producto de una negociación híbrida, y precisamente en esa impureza radica su potencia.​

Desde el punto de vista ético, Buren recupera la célebre afirmación de Barthes, “el autor ha muerto”, para recordar que, en la ovronía, la obra no desaparece, pero la autoría se vuelve múltiple y compartida: hay autores, hay mezclas, hay “traperos artísticos” que recosen y recombinan materiales humanos y algorítmicos. Frente a este escenario, el ensayo defiende que la evaluación académica debe desplazarse desde el producto cerrado hacia el proceso ovrónico, exigiendo al estudiantado que documente prompts, iteraciones, decisiones críticas y transformaciones. Nombrar la ovronía no significa cerrar el fenómeno, sino exponerlo a la responsabilidad ética y política, evitar tanto la demonización simplista como la fascinación ingenua por la IA en la educación.​

En su tramo final, el texto plantea dos caminos posibles para el futuro del arte, y por extensión para la formación universitaria: o se deja que los ovronautas se encarguen de una artesanía algorítmica de obras estéticas sin técnica, liberando al artista tradicional para refugiarse en lo tangible; o el propio artista se convierte en ovronauta, combina su técnica, su interior y su visión con la velocidad de la máquina, y se refuerza para llegar a territorios más complejos con menos tiempo invertido en la fase exploratoria. La apuesta es nítida: la universidad debe formar ovronautas críticos, capaces de jugar “contra el programa”, en términos de Flusser, y de buscar la autenticidad de la reproducción en lugar de la comodidad de la copia. Eso implica, de manera ineludible, una transformación del profesorado, que ha de convertirse también en ovronauta competente para guiar estos procesos desde una pedagogía digital ética, humana y transdisciplinaria.​

En un momento en que la IA se ha instalado de forma irreversible en las prácticas cotidianas, la propuesta de Cabral, Buren y Jiménez funciona como hoja de ruta para una pedagogía ovrónica que integre la inteligencia artificial como coautora sin renunciar ni a la profundidad humanística ni a la responsabilidad en la producción de conocimiento y en la creación artística. Frente al riesgo de una universidad que se limita a perseguir trampas o a entregar sus criterios de calidad a los algoritmos, la ovronía aparece como una invitación a reconfigurar la investigación artística desde un diálogo tenso, crítico y creativo entre Inteligencia Natural e Inteligencia Artificial.

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