Groucho Marx y Lydia "the Queen of Tattoo" en una ilustración de Mark Fredrickson.Sin necesidad de recurrir a sesudos discursos académicos, tatuarse tiene implicaciones sociales y eso lo sabe todo hijo de vecino. Significa no poder acceder a determinados trabajos, privarse la entrada a determinados círculos. En cierta medida equivale a un suicidio social, y esto era precisamente lo que tenían en mente Sean Suhl y Missy Suicide al escoger el nombre de su portal, inspirándose en un pasaje de Chuck Palahniuk. La modificación corporal como vía de escape para insatisfechos o inadaptados es un tema recurrente en las novelas de Palahniuk; la protagonista de Monstruos invisibles, hastiada de su vida como modelo fotográfica y sonriente presentadora de teletienda, se vuela media cara de un disparo de escopeta: “Quería la seguridad diaria de estar mutilada. Buscaba la felicidad de una chica tullida, deforme y desfigurada, que puede conducir con las ventanillas abiertas sin preocuparse de que el viento la despeine.” Pues bien, a mí me parece que la visión de Palahniuk de la mentalidad norteamericana contemporánea tiene mucho que ver con la que ofrece Matt Groening en Los Simpson: bajo un cascarón de sátira social sangrante, provocación y humor vitriólico se esconde un espíritu acomodaticio, amodorrado por un nihilismo conformista y, al fin y al cabo, profundamente conservador. Con el fenómeno Suicide Girls pasa tres cuartos de lo mismo: bajo una fachada de rebelión contracultural, se esconden los mismos mecanismos del porno casposo y machista de toda la vida.Suicide Girls presume de que la mitad de sus suscriptores son mujeres. En efecto, el portal está concebido con tanta astucia comercial que sus contenidos resultan apetecibles a consumidores tipo de los dos sexos, aunque por distintas razones: los voyeurs heteromachos se pasan horas segregando saliva frente a la pantalla, perdidos en un inmenso catálogo de lolitas tatuadas, mientras que las chicas modernas frecuentan compulsivamente la página como si del Vogue se tratara, a la caza de ideas para su próximo tatuaje o su próximo peinado. Además, el portal es participativo: a diferencia de la fórmula más convencional de la pornografía online, donde el objetivo es garantizar el incógnito a los usuarios (versión doméstica del espejo espía instalado en las cabinas de peep show), Suicide Girls es una red social en toda regla, donde tanto mirones como modelos tienen un perfil abierto a interacción.
Suicide Girls: seducción a la carta.Pero el verdadero golpe de genio en la concepción de este rentabilísimo negocio reside en el hecho de que las modelos no son profesionales, sino chavalas de todos los rincones del planeta (había una que mandaba fotos desde una base científica en la Antártida) con la aspiración común de pertenecer a la selecta familia de chicas suicidas. Para que los mandamases del ciberchiringuito se dignen a conceder este honor a una aspirante, esta tiene que pasar un exigente proceso de selección, que implica enviar un nutrido álbum de posados eróticos a un interlocutor corporativo invisible. Al igual que el ejército, la masonería o los clubes moteros, el serrallo de Suicide Girls es una confraternidad exclusiva y excluyente que se rige por un estricto sistema jerárquico. Así, la iniciada que ha recibido autorización para publicar sus fotos recibe el título de hopeful. De entre el magma de hopefuls (en torno a 30.000 a día de hoy), la cúpula de la organización escoge diariamente una chica de portada, que asciende a la ambicionada categoría de suicide girl y es remunerada con quinientos dólares, menos los impuestos. Pero ellas no hacen esto por el vil metal, sino por el épico subidón de autoestima que supone ser públicamente reconocida como diosa del porno alternativo y referencia indie de la belleza femenina. Lo hacen por un fogonazo de gloria, por aquellos quince minutos de fama que decía Warhol.Por otra parte, la marca de Sean Suhl y Missy Suicide sigue unas directrices muy específicas en lo que se refiere a la estética de sus modelos. Las musas que habitan este peculiar parnaso punto com son siempre muy jóvenes, con una imagen entre virginal, de chica dura de videojuego (pensad en Lara Croft de Tomb Raider) y de femme fatale tarantinesca (pensad en la pandilla de Death Proof). Y no esperéis mujeres mutiladas como la protagonista de Monstruos invisibles o artistas de performance políticamente incorrectas que reivindican radicalmente su cuerpo. Si prescindimos de la particularidad puramente epidérmica (nunca mejor dicho) de los tatuajes y los pelos raros, las fotos que se exhiben en la web muestran perfectos especímenes de pin-ups, mujeres cosificadas por antonomasia, que lucen cuerpazos normativos, escrupulosamente ajustados a los cánones y medidas que encontramos en la publicidad o en los concursos de belleza. Me remito a las palabras de Brighid, modelo suicida de la Villa y Corte, en una reciente entrevista para Vice: “no suelen comprar los sets a las que tienen muchas pintas”. Claro, no sea que resulten demasiado alternativas y ahuyenten al consumidor.seEn lugar de ofrecer, como publicitan, transgresión y liberación de las convenciones estéticas, los artífices de Suicide Girls encorsetan a la mujer en otro canon de belleza, alternativo al mainstream pero igualmente exigente y deshumanizado. Intentan hacer pasar por mujer sujeto a quien no ha dejado de ser mujer objeto: cuerpo convertido en producto cárnico, convenientemente etiquetado y expuesto en las ciberestanterías del supermercado global. Una vez más, se ha operado la mercantilización de un movimiento underground, poniéndolo al servicio de las estrategias de seducción à la carte de las que se vale el sistema para atrapar al consumidor, sujeto deseante, en una líquida urdimbre de tentaciones. Aun así, la web de Sean Suhl y Missy Suicide se arroga el mérito de haber revolucionado el imaginario sexual de la era de Instagram invitando a las chicas del mundo a desinhibirse y a lucir con orgullo sus tetas y sus tatus frente a millones de anónimas retinas.Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita
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