No encuentro el adjetivo, por eso no lo he puesto en el título. Enorme, deslumbrante, inolvidable, gigantesco, casi inverosímil… Cualquiera de ellos sería cierto, pero ninguno suficiente.
Había visto a Carlos Bueso en ese mismo local, el Jazzville, hace tres o cuatro años… quizá hasta más, no estoy seguro. Le había visto, escuchado, y me gustó mucho. Le dediqué un artículo para este mismo periódico (que antes de fusionarse con Sabemos se llamaba simplemente Diario16), y conservaba en la memoria, y en el corazón, ese concierto. Añado que conocí/descubrí a Bueso porque es de Torrijos, y de Torrijos es también el poeta, y gran periodista cultural, Jaime Cedillo, a quien a su vez conocí gracias a José Ángel Mañas.

Pero volvamos al concierto de ayer, escribo el 25 de octubre de 2026, en el Jazzville. Me acompañaba mi hijo, que también es músico y supuse que lo disfrutaría. El verbo, como ha pasado antes con los adjetivos, se queda corta. Ambos tuvimos la sensación de estar ante algo único e inolvidable; si así lo quisieran el azar y el destino hasta mítico. Bueso venía de una larga gira por pueblos y ciudades de España e Hispanoamérica, pero en el Jazzville sólo estaban los amigos. Más de dos horas de concierto. Le miraba, le escuchaba, y pensaba: “No es posible”.
Al borde del abismo, desafiando sus límites. ¡Cómo lograba musicalizar el silencio! La guitarra, su único acompañamiento, parecía un terremoto al que sus manos no dejaba expandirse.
Hasta aquí llego para intentar explicarme. Explicar lo que vi en el Jazzville el 24 de octubre de 2026. A un artista tan grande como el más grande. Único.
Gracias, y mi más entusiasta aplauso.
Me quito el sombrero.
Excelsior.
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