Luis Alberto de Cuenca, entre lobos

28 de Abril de 2026
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Luis Alberto de Cuenca Javier Gurruchagfa   Loquillo

Hoy he visto un milagro. Un milagro pequeño, pero importante. Un tipo de milagro que, personalmente, practico con frecuencia y sin apenas pensarlo. Para convocarlo, dentro de mí mismo, utilizo una suerte de magia mental: Time Folders, lo llamo.

Verlo fuera es más inhabitual y extraño.

Sucede en la Casa Del Reloj. Arganzuela. Madrid. Mad Madrid.

"Luis Alberto de Cuenca, poeta. De Madrid… al cine".  Es el título de una exposición maravillosa comisariada por David García y auspiciada por el Ayuntamiento de Madrid, a través de la Junta Municipal de Distrito de Arganzuela, y en cuyo marco se engloba la mesa redonda en la que se va a hablar de la relación del poeta de Madrid y el rock.

El principio es difícil. Un atasco, clásico atasco en la ciudad donde vivimos, ha hecho que Luis Alberto y su mujer, Alicia Mariño, lleguen casi media hora tarde respecto al horario previsto. El público espera, los otros invitados esperan, y por lo tanto hay muchas personas mandándole lo mejor de su energía al poeta…, que por fin ya está aquí. Yo estoy en la puerta y soy el primero, o el segundo, en saludarlo.

Empieza la mesa. A Luis Alberto de Cuenca, nuestro mayor poeta vivo, le flanquean el loco Loquillo y el aún más loco, mucho más loco, Javier Gurruchaga.

Y enseguida dos músicos, Alicia Varela y Santi de la Riva, comienzan a interpretar  una versión de VIAJE CON NOSOTROS. Y ahí ya sucede algo divino. El imprevisible, y esencialmente genial, Javier Gurruchaga se levanta de su asiento, se arranca por "popochadas", y se suma al dúo.

Ma-ra-vi-lla.

A partir de ahí todo ya todo es fiesta y alegría. Y magia, pequeña magia. Milagro, pequeño milagro. Luis Alberto de Cuenca y Gurruchaga cuentan la mítica historia, parece inventada, pero cada palabra es cierta, de cómo se compuso la canción Hola mi amor, yo soy el lobo (tu lobo, pero esa es historia).

Y cuentan los viejos amigos -cómplices, semidioses el uno para el otro- que sucedió en la legendaria biblioteca de la calle Don Ramón de la Cruz. Javier llevaba un caset con una  base musical sobre la que cantaba, improvisaba,  palabras inventadas en inglés. Y en la biblioteca estaba el lobo. El del famoso cuento, sí; pero no era cualquier dibujito sobre el lobo, porque era el del grabado de Doré. Hay pocos lobos como ese lobo de Doré. ¿Pocos? Ninguno. Ese lobo es una musa, es un poeta, es un cantante de rock que se apellida Gurruchaga, y es también un poeta que se llama Luis Alberto.

Y mientras hablan entusiasmados, entre ellos, es cuando sucede, el pequeño milagro. La magia. Lo imposible. Rejuvenecen. A ojos vista, rejuvenecen. A su lado Loquillo parece un anciano. Ambos. Pero yo me fijo especialmente, claro, en Luis Alberto de Cuenca. Time Folders, las carpetas que contienen todas las edades dentro. Un salto sin red de cincuenta años. Cómo mira, cómo habla y se entusiasma: Luis Alberto de Cuenca. Hasta la piel emprende el viaje y se tersa y tensa.

Habría podido, de quererlo, el poeta la ciudad, el “Kavafis” de Madrid, el muy erudito lobo, arrojarse sobre cualquier caperucita del público y comérsela a bocados.

Estaba allí y lo vi. Y nunca voy a olvidarlo. Feliz, y aullando.

CODA: No querría terminar este artículo sin dejar constancia del análisis, sublime, que hizo Loquillo, José María Sanz Beltrán, sobre la obra del poeta, explicando que se pueden seguir todas las edades del hombre a través de la misma. Desde cualquier momento de su vida todo lector puede encontrarse a si mismo.

 

Excelsior

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