La obra de Juan Miguel Garrido Peña (Sevilla, 1960) es poesía de barrio, “de semáforos, / mercadillos / y ciudad”, apegada a nuestro yo más cercano e íntimo sin ocultar un sentimiento sincero, ya sea de amistad o amor profundo, a sus seres queridos más cercanos, y en las antípodas de grandilocuencias ridículas que impostan realidades vacuas solo aptas para la galería de egos. Así es también el poeta, un funcionario felizmente jubilado y hombre comprometido con la lucha por la igualdad y los derechos humanos más fundamentales que transforma la vida que contempla en su día a día en puro arte poético, como si se tratara de un artesano de otro tiempo, de otro mundo. Un rara avis a descubrir, la persona y el poeta a partes iguales. Tienen una inmensa oportunidad de hacerlo entre las páginas de Un aviador en la joyería (Platero CoolBooks).
¿De dónde surge esa necesidad de un hombre felizmente jubilado de expresarse a través de la poesía?
Tal vez hemos dado por hecho que, al llegar a cierta edad y dejar el trabajo “productivo”, solo nos queda distraernos, llenar el tiempo como sea. No estoy de acuerdo. Al liberarnos de esa obligación, descubrimos quiénes somos de verdad, sin las etiquetas con las que solíamos presentarnos (profesor, fontanero, periodista…) y afloran deseos que siempre estuvieron ahí —en mi caso, la poesía—, aunque los hubiéramos dejado a un lado por otras prioridades.
Ahora disfruto del simple hecho de sentarme en un banco sin hacer nada, ni siquiera pensar, y no sentirme mal por ello. Disfruto de leer, de escribir, de pasear. La poesía me acerca a mí mismo y también a los demás. Y aunque no siempre encuentre respuestas mientras escribo o reflexiono, sí hallo caminos que me ayudan a vivir de un modo más coherente.
“La poesía me acerca a mí mismo y también a los demás. Y aunque no siempre encuentre respuestas mientras escribo o reflexiono, sí hallo caminos que me ayudan a vivir de un modo más coherente”
Aunque mantiene el tono intimista, familiar y cercano de poemarios anteriores como El ritmo de la tortuga, usted subraya en el prólogo que Un aviador en la joyería nace del lugar que ocupa la memoria. ¿Qué ha encontrado ahí? ¿Reconforta, da miedo?
No da miedo. Volver a la infancia, a través de la poesía, no es tanto intentar recuperar al niño o al joven que fui, sino comprender al hombre que soy. Creo que somos lo que fuimos; el presente es solo un instante fugaz, y es el pasado quien nos da forma.
La infancia es un territorio esencial: allí se construye la persona que seremos. También es memoria viva, historia no contada, la verdad más íntima que se perdería sin el ejercicio de evocarla. Las cosas, las personas, las calles, los juegos y las canciones trazan un mapa sentimental de lugares y afectos. Olvidar la infancia sería olvidarnos de nosotros mismos. Ese cielo azul, ese sol primero del que hablaba Antonio Machado, siguen acompañándonos.
Propio de la humildad que le caracteriza, como pueden rubricar aquellos que lo conocen de cerca, asegura que “no hay voluntad de estilo ni afán de ocupar un lugar en el mapa literario”, pero qué duda cabe que hay de todo ello en su poesía. ¿Cómo encontró y mantiene en todos sus poemas ese estilo poético del que dice carecer?
Siempre he creído que escribimos como pensamos y como sentimos. Mi poesía es un reflejo fiel de lo que soy. A lo largo de mi vida he huido del protagonismo y de la grandilocuencia; tampoco he tenido ocasión para lo contrario, pues soy un hombre común. Quizá por timidez prefiero una voz baja, pausada y sencilla. Me interesa lo cotidiano, aquello que suele pasar desapercibido y que, sin embargo, sostiene la vida.
No sabría escribir de otro modo. Dicen que detrás de todo poema hay una mentira. Tal vez también en los míos, pero poca: casi todo nace de mi experiencia, vivida, soñada o imaginada. Jaime Gil de Biedma dijo que le hubiera gustado no ser poeta, sino poema. A mí me pasa algo parecido, aunque no un poema brillante, ni de academia, sino un poema de barrio, de mujeres, migrantes, personas trans, personas sin hogar, personas racializadas. Un poema de los márgenes. Como escribió Roger Wolfe, me gustaría escribir para quien no tiene otro lugar donde caerse muerto que la superficie de un poema.
“Quizá por timidez prefiero una voz baja, pausada y sencilla. Me interesa lo cotidiano, aquello que suele pasar desapercibido y que, sin embargo, sostiene la vida”
“Amor profundo por la palabra y por la vida que la sostiene”, asegura. No puede existir mejor carta de presentación de este poemario. ¿Se puede expresar mucho con muy poco?
Sí. La poesía, cuando es verdadera, condensa el mundo en pocas palabras. No necesita adornos; le basta la honestidad.
La palabra es un medio, no un fin. Un medio para expresar ideas, miedos, belleza, emociones y también propuestas de futuro.
Hace poco estuve en Zagreb visitando a una de mis hijas, que estudia allí, y escribí un poema titulado ‘Así en Sevilla como en Zagreb’. Decía algo como:
«Son iguales los muebles,
es la misma la lámpara del salón
comedor,
la televisión…
cambian poco las cosas».
Porque, en el fondo, los seres humanos nos parecemos mucho más de lo que creemos.
Los poetas no somos seres excepcionales. Somos personas comunes que intentan poner nombre a una vida común. Y tal vez el problema —como bien dice mi hermano Paco— sea que en ocasiones olvidamos eso, nos creemos distintos y dejamos de escuchar cómo piensa, cómo habla, cómo escribe la gente común.
Yo hablo de filetes de pollo, de paradas de autobús, de pasos de cebra, de sábanas arrugadas. Hablo de lo que veo y de lo que vivo.
Esa es mi vida.
Y en ella, exactamente en ella, está mi poesía.
¿Por qué ha elegido precisamente el poema Un aviador en la joyería, donde remite a la memoria de su infancia, para dar título a este libro?
Porque me conduce a los recuerdos de mi infancia. Esa memoria me reconforta y aflora de manera natural en mi escritura. No se trata de un regreso deliberado: simplemente aparece, sin que yo la invoque. Si la memoria insiste, ¿quién soy yo para negarle su lugar?
El amor también tiene una importancia destacada en esta obra. Incluso tira de un humor socarrón en una de las siete partes del poemario, titulado ‘El edredón como trinchera’. ¿Por qué el amor verdadero con mayúsculas no está en los grandes hechos ni las grandes palabras ni los grandes gestos?
Porque el amor romántico, tal como lo hemos imaginado, es en parte una ficción tejida de ideales que a menudo desemboca en la frustración y en la posesión. El amor verdadero, en cambio, suele ser silencioso, el de una madre: sin alardes ni gestos solemnes, sin egoísmos ni jerarquías. Habita en lo pequeño, en una sonrisa diaria, en la paciencia, en la ternura de lo cotidiano. Teresa de Jesús lo expresó con lucidez al decir que Dios también está en los pucheros. No hacen falta flores en San Valentín ni promesas grandiosas; a veces basta con hacer una cama o preguntar, con sincero interés, cómo ha ido el día.
“Tal vez la madurez consista precisamente en eso: en aceptar la fragilidad sin dramatismo, en reconocer la debilidad sin vergüenza, en convivir con la finitud sin renunciar a la esperanza”
¿Por qué el amor resiste “cuando toda pesa”? ¿Dónde reside el secreto de este misterio?
No sé dónde reside su misterio, pero sí sé que es lo que nos sostiene. Estoy convencido de que sin el amor no habríamos existido, del mismo modo que Joan Margarit afirmaba que sin el dolor no habríamos amado.
El amor nos define, nos moldea, nos vuelve irrepetibles. Nacemos marcados por esa huella: la necesidad de amar y de ser amados. Tal vez sea en esa condición primera donde se oculte la respuesta que tanto anhelamos.
Apuesta tanto por el amor sobre todas las cosas que asegura en ‘Bajo cero’ que “se congela / pero no se va”, que “Está en el frigo, / junto a las lentejas”. Sin duda, no tiene nada que ver con el amor de Garcilaso de la Vega, pero tampoco con el amor de otros grandes poetas más recientes en el tiempo. ¿Cómo es ese amor al que usted le escribe en este poemario?
No escribo al amor como una idea abstracta; es mi forma de amar la que escribe a través de mí. También se puede escribir desde el dolor o el rencor, porque incluso en esas heridas late una forma de amor. Sin amor, ninguna poesía sería posible.
El amor, tal como yo lo concibo, no habita en los grandes acontecimientos ni en fechas señaladas. No se deja encerrar en instantes solemnes.
Mi idea del amor está en la vida misma: en lo cotidiano, en aquello que hacemos casi de manera automática y a lo que ni nosotros ni la sociedad solemos conceder importancia.
El amor al que escribo vive en los cuidados, en esos gestos mínimos que nos sostienen como personas y sin los cuales no podríamos existir.
Está, en definitiva, en todo aquello que creemos que no es amor.
«Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera», decía —creo— un poema. Algo de esa misma resistencia habita también en el amor cotidiano.
El compromiso social, la lucha contra las masculinidades tóxicas y el activismo, que han marcado su trayectoria personal durante años, también se notan en muchos destellos de esta obra. ¿La poesía debe ser también compromiso o debe dejarse este para otros formatos literarios?
Existen distintas corrientes al respecto. Algunos sostienen que la poesía no debería tratar ciertos asuntos de forma directa; yo no comparto esa idea. Si quienes me leen dicen que mi escritura se inscribe en la llamada poesía social o civil, no me incomoda. Para mí, la poesía es voz íntima, pero también protesta y deseo de transformación. No me interesa una poesía neutra o equidistante. Debe conmover, sí, pero también encender el pensamiento. Sin caer en el panfleto, ha de caminar a ras de suelo, entre las personas y sus conflictos. La poesía no es fuga ni entretenimiento: es una necesidad vital, una manera de intentar cambiar el mundo.
Los poemas agrupados en 'Viéndolas venir’ cierran el libro en clara alusión a “lo que aún no ha llegado”. De nuevo estremece la sencillez y serenidad con la que afronta su mirada poética hacia esta penúltima etapa de la vida, que cierra con un estremecedor poema titulado “Cuando no esté”, donde confirma: “Existiré”.
La jubilación no es una orilla tranquila, como tantas veces nos prometieron. Se acumulan los años, pero también crecen las preguntas. Hay más memoria, sí, pero menos certezas. Y en ese equilibrio inestable aparece el vértigo: la conciencia nítida de que el camino ya no es infinito.
Saber que uno se acerca al final no es una idea abstracta; es una sombra leve que acompaña. A veces me sorprendo pensando que llegará un día en que cerraré los ojos y no habrá mañana. Los seres humanos somos los únicos animales que saben que van a morir, y esa lucidez pesa. Saberlo nos hace profundos, pero también vulnerables.
Sin embargo, no todo es temor. Hay una serenidad nueva, una forma más limpia de estar en el mundo. Las metas se vuelven pequeñas: una conversación sin prisas, un paseo, el gesto sencillo de cuidar y dejarse cuidar. Busco una felicidad menos ruidosa, más consciente, más amable conmigo mismo.
Tal vez la madurez consista precisamente en eso: en aceptar la fragilidad sin dramatismo, en reconocer la debilidad sin vergüenza, en convivir con la finitud sin renunciar a la esperanza.