Sin paz entre los hombres de Dios

Reseña de El hereje, de Miguel Delibes, escritor vallisoletano

05 de Enero de 2026
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Sin paz entre los hombres de Dios

 

Reseña sólo apta para quienes han terminado el libro. Se desvelan partes importantes de la trama. Para leer el resumen/análisis completo, con el contexto histórico y religioso bien desarrollado, dejo aquí el enlace al documento PDF en versión completa (es gratis).

«Preguntada finalmente la atestante si vio u oyó alguna otra cosa que, por una razón o por otra, considerase que debe declarar al Santo Oficio, la atestante manifestó que, en todo caso, de lo que vio aquella tarde, lo que más la conmovió fue el coraje con que murió su niño, que aguantó las llamas tan tieso y determinado que no movió un pelo, ni dio una queja, ni derramó una lágrima, que, a la vista de sus arrestos, ella diría que Nuestro Señor le quiso hacer un favor ese día. Preguntada la atestante si ella creía de buena fe que Dios Nuestro Señor podía hacer favor a un hereje, respondió que el ojo de Nuestro Señor no era de la misma condición que el de los humanos, que el ojo de Nuestro Señor no reparaba en las apariencias, sino que iba directamente al corazón de los hombres, razón por la que nunca se equivocaba».

No hay paz, ni siquiera, entre quienes creen en Dios y dicen regirse por los valores que caracterizaron a Jesús: humildad, sencillez, compromiso, sacrificio... Tomando como base para su novela un episodio truculento de nuestra historia de España, y más concretamente de la villa que Valladolid fue a principios del siglo XVI, Miguel Delibes revive para el ciudadano de la edad contemporánea dos autos de fe que, según explica uno de los nietos del escritor vallisoletano, su abuelo fusiona en la novela en uno solo.

En este auto de fe, se condenó a morir en la hoguera a una parte de los cristianos que libremente escogieron otra forma de relacionarse con Dios y sus semejantes. Fray Domingo de Rojas, Agustín Cazalla, Carlos de Seso y Ana Enríquez son cuatro de los procesados por la Inquisición en la Valladolid de Felipe II. A todos ellos, Miguel Delibes los transforma en personajes de libro. Huelga decir que el escritor de obras tan recomendables como La sombra del ciprés es alargada, Señora de rojo sobre fondo gris y Cinco horas con Mario publicó El hereje con casi 80 años. Por ende, es más

que comprensible que el tomo sobre el que hoy hablo impresione por su fuerza y dramatismo, pero también por la habilidad con que Delibes hilvanó unos hechos históricos de gran complejidad moral.

La narración, los diálogos, las descripciones del lugar y de los implicados en el auto (católicos en el más estricto sentido del término y creyentes en plena transición al protestantismo) son ejemplo de la admirable lucidez con que Delibes —en una tercera edad bien consolidada— abordó las discrepancias religiosas entre cristianos; unas discrepancias que caracterizaron a la España, y también a la Europa, de aquel entonces.

La novela a grandes rasgos

Para leer el resumen/análisis completo, con el contexto histórico y religioso bien desarrollado, dejo aquí el enlace al documento PDF en versión completa (es gratis).

El «hereje» de Miguel Delibes tiene nombre y apellidos. Cipriano Salcedo es el único de los condenados antes mencionados que debe su existencia a la pluma del autor. No existe en la realidad ni como hombre de bien ni de carne y hueso, sino sólo como personaje de ficción. La vida de Cipriano se caracteriza por la constante búsqueda de la espiritualidad, por su resolución a vivir de acuerdo a unos principios elevados y por su relación con Minervina, su nodriza.

Huérfano de madre, encuentra en esta muchacha una figura materna inigualable que le quiere como a su propio hijo y que le brinda el cariño que el padre es incapaz de profesarle. Es el padre un comerciante severo y arrogante que tacha a su hijo de «parricida»; le acusa de haber asesinado a su madre, pues la esposa murió tras haber dado a luz. Sin embargo, interesado en reforzar su imagen de prosperidad, decide financiar la educación de Cipriano en el Colegio de los Expósitos.

Pronto, el niño destaca por la rapidez con que aprende latín; aventaja a sus profesores, quienes no siempre se sienten halagados por los avances del alumno. También allí amplía los conocimientos que, en casa del padre, Minervina le había transmitido sobre la fe católica.

Durante la etapa escolar, Cipriano es testigo por primera vez de la brecha que se ha abierto en el seno de la Iglesia católica; una división de la que también son conscientes sus compañeros de clase y profesores. El mismo año en que él nació, Lutero colgó sus 95 tesis en la puerta de una iglesia, en la ciudad alemana de Wittenberg. Desde el principio, desde el día en que su madre lo

trajo al mundo, todo apuntaba a que Cipriano entraría en contacto de algún modo con el protestantismo, como en efecto sucedió. El nexo de unión fue el cura Pedro Cazalla, el hermano del también religioso Agustín Cazalla.

Los sermones de este otro, conocido orador de cierto prestigio, generan desazón en Cipriano, todavía joven pero ya adulto. Lejos de apaciguarle, inquietan su espíritu, siempre dubitativo sobre la naturaleza de su propia bondad: Cipriano nunca se cree lo suficientemente bueno. Pedro Cazalla, el hermano de Agustín, viene a aliviar la opresión que Cipriano siente en el pecho cada vez que, en la iglesia, escucha un sermón de Agustín.

Para empezar, le comunica que el «purgatorio no existe», que en la Biblia no aparece por ningún lado y que el sacrificio de Jesucristo fue más que suficiente para borrar el pecado. También le explica que ambos —su hermano y él— sólo son católicos de cara a la galería; en verdad, abrazan las ideas del protestantismo, una corriente cristiana disruptiva que reconoce como principal exponente a Lutero, su responsable.

Por esta razón, porque su hermano (Agustín Cazalla) también forma parte del conventículo —un grupo clandestino de carácter protestante—, los sermones dejan a Cipriano con muchos interrogantes y pocas respuestas: los hermanos no se pueden expresar con más claridad.

La Inquisición está detrás de cualquiera que profese el protestantismo en Valladolid o en cualquier otro punto de España, así que denunciar públicamente los excesos cometidos por los diversos cargos católicos (curas, obispos, sumo pontífice...) implica arriesgar la vida; máxime cuando esta crítica va acompañada de propuestas que alteran la tradición y las costumbres católicas.

Ligeras pinceladas del contexto

Cipriano Salcedo nace en un reino gobernado por Carlos V de Alemania y I de España. A la muerte de Fernando el Católico (abuelo materno), Carlos V heredó la Corona de Aragón, una parte del reino de España. Como también asumió el gobierno de la Corona de Castilla, todos los territorios que integraban ambas coronas pasaron a estar bajo el gobierno de un mismo rey. Por primera vez, las coronas se unieron en la misma persona.

Tanto Carlos I de España como su hijo Felipe II apoyaron a la Inquisición en su lucha contra la «herejía», que se convirtió en un afán por procesar y condenar a personajes que, como Cipriano Salcedo, se habían salido del redil marcado por un catolicismo que no se vino a razones con quienes creían en Dios y en Jesús sin la intercesión del clero.

Por consiguiente, podemos decir que Cipriano nace con Carlos V de Alemania y I de España y muere con el hijo del monarca, Felipe II, quien presencia el auto de fe en que los miembros del conventículo a los que antes mencioné (Fray Domingo de Rojas, Carlos de Seso y Agustín Cazalla) son, junto a otros cuantos, pasto de las llamas. En el caso de Ana Enríquez, la pena consistió en tres días y tres noches de ayuno, por lo que conservó su vida a pesar de haber participado también en las reuniones clandestinas de los protestantes. Quizás, sus padres movieron algunos hilos, pues era hija de marqueses.

Retomando la novela grosso modo

Huelga decir que algunos de los asistentes a estos conventículos eran católicos en plena transición al protestantismo; no todos se encontraban en el mismo punto de su evolución espiritual. Para el resto, incluidos el criado de Agustín Cazalla y el criado de Ana Enríquez (el mismo que, cuando la Inquisición le arresta, delata a todos), se decreta como condena quemarlos vivos por «herejía». Así es como murieron los condenados en la vida real y así es como también fallece el personaje ficticio de Cipriano Salcedo. Con cuarenta y dos años, Cipriano se convierte en polvo antes de tiempo, víctima de la pira que prende la Inquisición.

A diferencia de sus compañeros de conventículo, Cipriano —que ha multiplicado las ganancias de su padre de una manera justa y honrada— sigue considerando importante hacer buenas obras, tanto si éstas influyen en su salvación como si no. El pensamiento de que «sólo la fe es suficiente» no hace de él un holgazán al que le basta con decir que cree en Dios y en Jesucristo para que todo esté bien. Al contrario, Cipriano necesita involucrarse activamente en un cambio social a mejor.

Por eso, decide repartir sus ganancias a partes iguales con quienes contribuyen a su riqueza como comerciante; los convierte en sus socios. Además, propone subir el sueldo de sus empleados. Para no elevar el coste de la mano de obra en el mercado y despertar así la inquina de otros comerciantes, que tendrían que igualar o superar el nuevo sueldo introducido por Cipriano, él y su tío deciden implementar una especie de paga extra anual en lugar de un aumento directo del salario. De este modo, los empleados ganan más y los comerciantes permanecen apaciguados.

Sin embargo, ni su solidaridad ni su posición social —su tío es oidor (juez) de la Chancillería, un organismo de suma importancia que impartía justicia en la época— impidieron que Cipriano se librara de la quema. La proximidad y el buen trato que, por su cargo en la Chancillería y por su catolicismo practicante, pudiera tener el tío con la corte real y los inquisidores sólo

sirvieron para aliviar una parte ínfima del sufrimiento de Cipriano durante su etapa en prisión. La falta de luz en la celda y, a consecuencia, el estado tan deteriorado de sus ojos le hicieron especialmente vulnerable el día del auto de fe, que se celebró al aire libre.

El único consuelo que se llevó de este mundo antes de convertirse en ceniza fue la imagen de Minervina. Igual que apareció cuando más la necesitaba (en su nacimiento), su ama de cría surgía de nuevo para apoyar con su presencia física y su cariño a Cipriano, momentos antes de su ejecución.

Agradecimientos

[...] decía Cervantes: saber sentir es saber decir. Palabras de Luis Landero en su libro El huerto de Emerson. Yo espero haber sabido decir lo que esta lectura me ha hecho sentir. Muchas gracias por dedicar tiempo a este artículo. ¡Nos vemos en la siguiente ocasión!

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